lunes, marzo 10, 2008

el factor Cuevas


Es perfectamente sabido que en Chile para hablar "nos comemos" las eses finales, que hablamos como dicen ciertos diccionarios de español para gringos, con un deje andaluz, que entre otras cosas nos hace hablar así: "pelao", "comío", "gracia", por: pelado, comido, gracias. Son cosas de por acá y una trata de hablar con todos los fonemas consignados en letras en el papel porque aunque hablamos así, escribimos como si no habláramos así, al menos yo, la mayoría de las veces.

Pues bien, adopté de mi hermana (que creo que adoptó de una prima, cuyo primer apellido es el segundo mío), el que cada vez que alguien me pregunta mi segundo apellido (Cuevas), respondo, en clave de joda: "cuea". Bueno, no siempre lo hago, sólo a veces, dependiendo del contexto, obvio. Pero siempre logro carcajadas cuando digo en vez de Cuevas "cuea" porque la cueva o cuea está asociado a un montón de cosas, cosas todas que yo no poseo en demasía o no poseo en absoluto.

Partiendo por el poto, o trasero, para que no se me espanten en Bogotá o en Madrid, o donde sea que no sea Sub-América andina bien abajito. Es cierto, se usa poco para eso, por ejemplo, para decir "mansa cueva que tiene la mina" (por decir tremendas nalgas). Pero se usa, a veces.

Siguiendo por la suerte, porque eso sí que se usa y en cantidad, asociado a la cueva. "Mansa cueva", se dice por decir: tremenda, tamaña suerte. O, "por cueva", por decir: por suerte. Pongamos por ejemplo "alcancé a llegar a tiempo al examen de pura cueva", o "me salvé de cueva de quedar atrapado en el metro", en fin. Se entiende, supongo.

Con este hecho tengo algunas anécdotas universitarias. Ciertos compañeros de estudio (si se puede llamar estudio a lo que uno hace cuando se junta a cualquier cosa menos a eso en la universidad) llegado un momento de la noche o de la madrugada, cuando ya habían cachado que no se habían estudiado ni el diez por ciento de la materia que entraba en el certamen acudían a mí, los muy simpáticos, y frotaban mi cabeza, mi espalda o mis hombros con vehemencia, diciendo, los muy, pero que muy simpáticos "apelaremos al factor cueva". Había otros que ni habían "estudiado" conmigo y llegados a última hora al aula, me veían y se iban derechos sobre mí, a hacer el mismo ritual. Según ellos, yo, al tener el apellido, tenía también el factor, el factor cueva, es decir, el factor suerte y aplicaban la cábala del flojo, de frotarme pensando que yo les transmitiría la suerte que no creo poseer. Yo estudiaba, mejor, estudiaba poco, estudiaba al peo a veces, pero estudiaba algo, mejor, y no me frotaba a mí misma ninguna parte en especial, y si estaba urgida de suerte o de ayuda divina me ponía a rezar, la muy fresca, a un Dios que dejé abandonado por largos y penosos años, y al que recurría sólo en casos así, de extrema urgencia.

También se dice "estar cueva" (en realidad se dice "estar cuea") al hecho de estar muy borracho. "Estábamos todos los huevones enfermos de borrachos, pero ése huevón estaba cuea" es un buen ejemplo de ello.

Ninguno de los tres usos para mi segundo apellido me viene mucho. No tengo poto, no tengo suerte, y no suelo quedar cuea jamás, o en muy contadas ocasiones, una vez cada dos años, como mucho, pero ni eso, lo que hago es quedar borracha, pero nunca llego al estado de quedar cuea.

Así que mi segundo apellido era eso, no más. Mi padre tenía los mismos dos apellidos que yo y mis hermanos, su madre (por cueva) también se apellidaba Cuevas y era divertido para nosotros eso, extremadamente chistoso llamarnos con los mismos apellidos que él, y confundir a los profesores y demás empleados públicos cuando de llenar fichas se trataba. Apellido del padre. Tanto, decíamos. Apellido de la madre. Cuevas, decíamos. Nombres y segundo apellido del padre, y ahí venía lo divertido. No puede ser, me decían a veces, sobretodo cuando era muy pequeña (la gente grande siempre, históricamente, tiene la mala costumbre de no creerle mucho a la gente chica). Ya, decía yo, pero así es, mi abuelita equis (mi primer nombre) se apellida Cuevas, y así no más es, señor profesor.

Estaríamos con eso, decía yo. Mi madre es Cuevas, yo soy Cuevas de segundo apellido, y así no más es. Nunca me había detenido a pensar en ello, asumía que una es lo que es, que los apellidos no son nada más que eso, que la sangre y su llamado no es algo de mucho peso, que los Cuevas que yo conocí en mi ciudad natal maleva eran todos los Cuevas que tenía que conocer, y sanseacabó con respecto al temita.

Pero no. No se acabó. Mi abuelo Cuevas (al que no conocí jamás, ni siquiera mi hermano, ni mi hermana, la primera) tenía un hermano. Tenía varios hermanos, digamos. Pero uno de estos hermanos se vino al centro del país, muy cerca de Santiago-es-Chile. Eso fue hace muchos años. En el siglo pasado, los años treinta, por ahí. Durante veinte años no se vieron. En medio de eso, ambos se casaron y tuvieron hijos. Se habrán comunicado de algún modo, porque para cuando mi madre tenía trece o doce años, en más o menos mil novecientos cincuenta, mi abuelo agarró a sus tres hijos, entre ellos mi madre, y partió por tren (en un viaje de tres días) a visitar a su hermano por un mes. Ahí mi madre y su hermana se hicieron amigas de sus primas.

Es curiosísimo lo que voy a relatar, pero es cierto. Dos primas tenían los mismos nombres que mi madre y mi tía, y además eran de edades parecidas. Habían más primas, eso sí, menos mal, y más primos, también. Otro primo chico tenía el mismo nombre de mi tío, también chico pero de edad no tan parecida al primo paralelo. Es decir, durante veinte años estos hermanos no se vieron pero tuvieron hijos más o menos coincidentes en edad y en nombre. Loco de locura total. Loco de Cuevas, no más. O simplemente, pura cueva.

OK. Sigamos. Mi madre cuando niña y adolescente siguió yendo, de vez en cuando (siempre en tren, siempre en un viaje de tres días) a aquella ciudad, pero luego, entre otras cosas, se casó, y no fue más. Pasaron de nuevo casi veinte años, desde su última visita a sus primas. Hace algún tiempo recomenzó sus visitas a esa ciudad, a visitar a sus primas y primos, que más encima, viven casi todos juntos. Eso cuando vivía en Santiago. Ahora ya no vive en Santiago, pero viene de visita. Y se hace siempre un tiempo y los va a ver todos los años. Ya no a la misma casa, pero en la misma ciudad rural cercana a esta ciudad capital. Siempre me comentaba de ellos, de las primas tal y cual, del primo tal (creo que está de más decir que los nombres de mi familia Cuevas en mi ciudad natal maleva se repetían una y otra vez, aunque menos mal, no siempre, en las generaciones de pequeños Cuevas).

Yo escuchaba todo esto fascinada, prestaba atención a cada detalle, y me iba haciendo en mi mente imágenes-Cuevas cada vez más locas. Hasta este año. Hasta hace poco, muy poco. Febrero de dos mil ocho. Mi madre, de visita en Santiago, anuncia visita a la ciudad de sus primos. Yo le digo "me dan unas ganas tremendas de acompañarte". Mi madre responde encantada que vamos. Y voy.

No puedo explicar del todo lo que me pasó allá, pero se puede resumir en lo siguiente: el año pasado escribí Cuba, cuento que este año por fin pude retomar y afinar como nunca antes pude. Ahí pongo a alguien que de pronto llega a visitar a familiares que nunca ha visto y que sin embargo lo tratan como si nunca lo hubieran dejado de ver. Me dije: es cosa muy loca que esto pase en realidad, pero le viene de perillas a mi cuento. Bueno, a mí me pasó. Llegué allá y de inmediato me conocieron todos los que me saludaron. De inmediato me tiraron tallas, de inmediato me abrazaron, y de inmediato me sentí en casa. Así, automática, instantáneamente. Yo los miré y los reconocí de inmediato, también. Éramos todos Cuevas, simplemente, y no había que decir nada más, excepto pasárnosla muy bien y estar todos encantados de estar juntos. Es increíble, me dije. Esto no me puede estar pasando, que las primas de mi madre sean tan parecidas a mi madre o a mi tía (hay una que es un clon de mi tía), que las cejas de mi tío-primo sean las mismas de mi tío, que el guiño para la broma sea el mismo en los hijos de las primas que en mí misma. Ahora comprendo que yo soy muy, pero que muy Cuevas. Que todos los Cuevas somos chistosos y payasitos. Que todos los Cuevas somos ingeniosos para usar el lenguaje, y nos gastamos bromas a cada tanto que podemos con sus juegos ambiguos. De hecho, en algún minuto lo dije: "somos todos cuea" y se cagaron de la risa, como sólo los Cuevas parece que nos reímos.

Ellas me miraban tierna y detenidamente (las primas de mi madre) y se impresionaban de mis gestos lo mismo que yo me impresionaba de los suyos. Era como ver un espejo, era como verse a una misma, con otra edad, pero una misma. Me preguntaban por mi hijo y mi hermano con total familiaridad, como si ya los conocieran (lo que dadas las cosas es en parte verdad), pidiéndome que los llevara. A mi hermana le dije, oye, tienes que ir, te vas a morir de la impresión. Es como ver a mi tío y a mi tía, y a todos nuestros primos. Somos demasiado parecidos.

Así que ahora le hago cariñitos a mi segundo apellido, entendiendo por fin rasgos míos que siempre he tenido, entendiendo esta cosa mía, loca y delirante, de hablar como hablo, sintiendo por fin que tengo una tremenda cueva, la cueva de apellidarme Cuevas.

Mansa cueva.

jueves, febrero 07, 2008

Óscar Hahn

Lo primero que le leí, y hace un montón de años, fue La sábana de arriba. De ahí en más, le fui leyendo de a poco, cada vez que me caía algo de él en mis manos. Luego me encontré con la reseña de su Antología virtual[1], reeditada el 2004, en el diario del domingo. De vez en cuando, escuchaba comentarios sobre él, o derechamente, alguno de sus poemas en el programa de Warnkern[2]. La cosa es que me sentía profundamente en deuda con Hahn. Traté de comprarlo en librerías de viejo, pero los precios con que me lo vendían me parecían excesivos. “No es libro usado, es nuevo, de la Editorial”, alegaba mi librero. Yo no reclamaba el precio, jamás lo hago, para mí los libros tienen un valor difícil de poner en un precio. Reclamaba que no tenía ese dinero ahí frente al libro. Pasaba cada tanto, a ver si se conmovía y me lo rebajaba, pero no, el librero no cejó jamás.
Pero en la feria del libro del parque forestal lo encontré, lo volví a encontrar. Y a un precio ridículo. Menos de la mitad de lo que me cobraba el librero aquel. Justo lo que tenía en mis bolsillos. Ni siquiera lo pensé; lo compré y ahora lo tengo conmigo. Cada tanto lo tomo y le leo algunos poemas. Estuve con una amiga, a la que le leí La sábana de arriba, y también el Soneto manco, que alguien, alguna vez, me nombró en línea, en tiempos en que aún nos comunicábamos. No hubo caso. No logré entenderlo. Pero me perturbó lo mismo. A Etxe algo le leí, también. Esos mismos y otros pocos más, pero no en el momento adecuado, me parece a mí. A Hahn hay que leerlo en un estado no alterado de conciencia. Hay que leerlo lúcido y con el alma despejada.
Me encanta tener conmigo a Óscar Hahn, sentirlo conmigo, dispuesto a, en cualquier momento dejarme en éxtasis melancólico o en otros estados difíciles de definir, por ejemplo, lo que me pasa cuando leo ¿Porqué escribe usted? que de alguna manera me lleva al mismo lugar en que me deja Porque escribí de Lihn. Ambos poemas me dejan húmedos los ojos y el alma.
Casi me muero cuando leí la última parte, Flor de enamorados. Los que me conocen un poco más saben de mi debilidad por los romances antiguos, como los antologados por Dámaso Alonso en su Romancero Español, libro que descubriera con horror que mi madre quería regalar o derechamente botar a la basura. No me deshago de ese romancero bajo ningún motivo, ¿cómo, si no, he de suspirar y llenarme de un gozo simple y redondo? Serán romances antiguos pero no han perdido su frescura, alego mientras una vez más encolo su lomo para fijarlo al cuerpo del libro (lo hice mal, lo pegué de atrás para adelante, qué más da, es la tercera vez que lo encolo, y lo peor es que ahora sí que quedó fijado más o menos permanentemente). El libro de Alonso lo he visto en librerías de viejos (libros usados) a la mitad de un euro, un chiste. No importa que lo vendan a esa ridiculez, que nadie o casi nadie lo lea como yo, me da lo mismo. Óscar Hahn hizo un viaje parecido: “trascripciones y reescrituras a partir del cancionero anónimo medieval Flor de enamorados, publicado en Barcelona por la Casa Claudi Bornat en 1562”. Me sentí feliz. Era un plus, algo que no esperaba, conocía muy poco de Hahn, y lo poco que conocía no iba por ese lado.
Ahora lo tengo para siempre conmigo y no lo presto ni cagando. Feliz presto a Bolaño, me siento en deber moral de hacerlo incluso. Pero Hahn es de esos pocos, escasos libros, que tengo conmigo y que bajo ningún punto de vista soltaré de mi vida, jamás. Nunca pienso cansarme de él, nunca terminaré de extasiarme en su sabio bucear en la palabra.
Ni idea qué es la poesía, Etxe. No te lo puedo decir, no soy tan patuda como para definirla. Por ahora, puedo decir sin duda alguna que lo que hace Hahn es poesía, y es de la poesía que a mí más me gusta. Con eso es suficiente, más que suficiente, me parece a mí.

[1] La Antología virtual fue editada por primera vez en 1996, y reeditada en 2004 en la colección Poetas Chilenos Tierra Firme, por el Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile. Dicha colección incluye, entre otros poetas, a Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, y Enrique Lihn.

[2] La belleza de pensar, de canal trece. Hace relativamente poco tiempo Warnkern pasó, con el formato del programa y todo, a TVN, con el nombre Una belleza nueva. Canal trece mantuvo el nombre del programa y el formato de Warnkern, pero con un equipo de entrevistadores que hacen valorar aún más al susodicho. Hay, al menos, un tío argentino gordísimo, que estaba poco menos que echado sobre la misma mesa de vidrio característica de ambos programas y que hablaba todo el rato como si le diera flojera pensar, interrumpía y hablaba más que el entrevistado, en fin, un duro contraste. Algunos programas de Warnkern me son especialmente valiosos, por ejemplo, donde entrevista a Francisco Varela (sólo le pude ver un pedacito) y el mítico (y a estas alturas, de culto) donde entrevista a Roberto Bolaño (que nunca he visto, aunque me lo han contado). Pero no sólo ha entrevistado a chilenos top, lo ha hecho con todo tipo de intelectuales, escritores y artistas del mundo. Lo pongo acá confiada en la posibilidad de la internet, a ver si ustedes, que tienen net a destajo, logran encontrar algo de lo que yo considero el mejor programa de la televisión abierta en Chile.

lunes, enero 14, 2008

To blog or not to blog, that’s the question

Bloguear o no bloguear, de eso se trata. Pobre William. Esa frasecilla de su Hamlet debe de ser la más citada (y cambiada a discreción) por gente que en su vida ha ido al teatro o que le ha leído una sola de sus obras. Yo le he leído, muy poco, la verdad, creo que los muy clásicos, incluyendo al príncipe aquel, que me dejó a su Ofelia para siempre metida en el alma, aparte del clásico to be or not to be.

Una vez vi una representación en inglés de Romeo y Julieta, en la facultad de Lenguas de mi alma máter. No entendí ni jota lo que hablaron, pero bueno, uno se sabe los textos en castellano y más o menos los iba encajando con letritas subtituladas en la mente. No sé en qué momento comencé a entender más y más el inglés, pero claramente en ese tiempo no lo entendía casi nada. Menos si se privilegiaba (o intentaba) el inglés británico. Era una cosa muy loca, porque Julieta era representada por una alumna gordita, simpática, que en nada se parecía a la imagen que uno se hace de la más famosa de las heroínas románticas. Romeo era, a su vez, demasiado alto y flaco, es decir era a todas luces una pareja dispareja. A todo el mundo le quedaba claro que los alumnos-actores habían sido repartidos según su nivel de inglés y/o de memorización de textos. Yo creo que más bien lo primero. Igual la vi hasta el final y aplaudí generosamente cuando terminó. Siempre aplaudo mucho cuando voy al teatro, creo que más que nada porque siempre voy a funciones gratis, y el aplauso es lo único que les puedo entregar a los actores, aunque pensándomelo bien, jamás he visto una obra que me haya desagradado. Las dos obras que le he visto a la señorita actriz me han gustado, creo que más la primera que la segunda, pero eso es sólo porque había más gente en escena, y porque Edipo es un clásico, y la puesta en escena fue muy buena. Me gusta mucho ver cómo mi amiga se transforma y pasa de ser una simple y común amiga en la madre y amante de Edipo, o como se transforma (sólo un poco) para reclamar al desaparecido… sólo un poco, lamentablemente, porque mi amiga sí que tiene un desaparecido por reclamar.

En fin, nada como tener la casa patas pa’rriba para que te bajen unas ganas locas por actualizar tu blog (todo con tal de no tomar la escoba, hacer camas, ni lavar loza). Este blog es un blog que pone a prueba la paciencia, la verdad. A pesar de mi distanciamiento (que fue como un trozo de iceberg interpuesto en mi alma) con Antonio, pienso que aún me lee. De hecho, le voy a avisar cada vez que escriba. El resto de la gente que me lee es la señorita actriz, y cuando tiene internet, Etxe. Le he dado mi blog a mucha más gente, pero que yo sepa, jamás me lo han leído, así que se pueden ir tranquilamente a la chucha, perdonen el chilenismo. No escribo el blog para ser leída masivamente, la verdad. Lo que es raro, dada la naturaleza del “rollo blog”, pero es cierto. Otra cosa es la gente que me ha descubierto, como Xavier, que creo que se ha retirado de blogger (no tengo certeza, la verdad, pero un par de comentarios de Mia, me lo ha dado a entender). De todas maneras, Xavier, espero que me leas, sigas o no blogueando. Cada cual sabe lo que hace, y si decidiste salirte, me parece respetable.

En fin, a los pocos que me leen, espero aparecerme un poco más seguido. Tengo pocas novedades, alguna que otra invitación, y el mismo alacrán verdoso apretándome el alma. Ah, y leí por fin (completo) Los detectives salvajes, y espero hacer lo propio con 2.666. Ambos habían sido leídos sólo hasta cierta parte, por razones muy difíciles de explicar sin un par de güisquis o una botella de ron en medio. Es impresionante, realmente. Insisto, si no le han leído, léanlo. No basta con leer acerca de él, sobre todo en España donde se habló mucho de él, antes, durante y después de su muerte. Eso va para Antonio, obvio.

Siento una nostalgia increíble: de nuevo verano, un par de días sola en casa; pero no estoy escribiendo ninguna novela (no sería mala idea, eh), no está mi vecina (supongo que son muy pocos los que no lo saben, entre ellos Antonio y la actriz, pero se fue de su casa, al parecer para siempre) y no hay que armar bolsitas-transantiago. De hecho, tengo frente a mí el mapita famoso, entero pegoteado con poemas, dibujos, la letra de No renunciaré, y la foto de Bolaño. Todo junto y mezclado, tal cual mi anterior verano. Saudade galopante.

lunes, noviembre 12, 2007

la paz en el alma, o Wan Chang huyendo del compromiso

Siempre hablo de lo mismo, quizá no puedo evitarlo. Mi amado amigo Etxe dale que dale con torbellinos que clavan espinas en su cabeza, siempre. Dice que yo lo he curado mucho. Puede ser. Recuerdo haber llorado muchas veces en su casa, algo insólito para mí. No necesariamente por él, quizá más bien a propósito de él. Bueno, un día, cansada del daño, de ese daño que Etxe no sólo lleva dentro sino que revive a cada rato en un ciclo morboso, pensé que era agotador estar demasiado cerca de quien trataba de esa manera, al mundo y a sí mismo, siendo que se muere más bien por dar amor. Me pregunté qué mierda me hace juntarme con él.

Aún no tengo respuesta, aparte de la odiosa respuesta de mi calidad de enfermera del alma. Lo he sido con amigas, lo he sido con parejas (al menos, con el padre de mi hijo lo fui, me reventé, conocí el abismo, resistí solo con aire, todo por ver que se curaba, que, a ratos, su herida disminuía, su alma resplandecía, permanecíamos, aún, vivos, sólo si estábamos juntos, juntos, conmigo asistiendo su eterna herida).

Con amigos y amigas, he sentido que ha sido mutuo. Etxe me cura, aunque él no lo sabe o no lo admite. Me cura saber que existe alguien con quien puedo juntarme a hacer literalmente nada sin el menor asomo de remordimiento, la menor pizca. No sé si me curan sus halagos, porque, la verdad, es raro, últimamente he recibido varios cumplidos y no me da nada. Ni siquiera los literarios. Quizá por fin me curé de la enfermedad del ego recalcitrante, qué sé yo. Quizá entré en una especie horrenda de anestesia (Ciudad Anestesia cumpliendo su cometido).

El caso es que pienso y pienso, y llego a la conclusión que tampoco me caería muy bien juntarme con quien represente una eterna paz en el alma. No lo sé, quizá sería lo que yo necesito, pero no me figuro, así, de mejor amiga de Wan Chang Cane (el protagonista de Kung Fu, para más señas). Mal ejemplo. Con Wan Chang sería súper. Porque él de verdad estaba en paz. Pero sería imposible, el tipo le tenía alergia al compromiso, jamás se quedaba en un lugar, siempre estaba huyendo o buscando, no permanecía y evitaba hacer lazos.
La cosa es que no le creo mucho a la gente que pretende estar en súper paz. Quizá los que conozco que andan así por la vida, no son tal. Eso exaspera mucho más que la abierta herida de mi Etxe. No soporto a los huevones que andan así, dándoselas de budistas zen, creyéndose en la última etapa de la evolución espiritual. Creo que por eso trago a duras penas a los esotéricos y cuantos más que se enjuagan la boca con frases muy (pero muy) bien hechitas, aprendidas de memoria y regurgitadas en el momento adecuado. No sé si todos son así, la mayoría de la gente no lo es. Así que disculpen ustedes. Tampoco la mayoría es como Etxe, poca gente soporta tal dolor constante para existir. La mayoría deambula a tientas en el difícil arte de vivir. A ratos más que difícil.

En fin, creo que me junto con Etxe porque sí. Excelente respuesta. Me encantan ciertos porque sí. Me junto con él porque me gusta estar con él, y punto. Me hace reír mucho con sus estupideces. Yo lo hago reír sin la menor intención. La cosa es que nos reímos montones. Por un rato, distraemos de nosotros ese enorme peso (el alacrán acechante en mi alma, sus espinas perpetuas atravesándole la mente). Basta una mirada, o una frase, y ya está. Alguien debiera hacer una película de nosotros, estoy segura. Saldría algo lindo, yo creo. Nuestros diálogos en persona son buenos (los en línea son francamente prescindibles), y no lo hacemos pretendiendo. Así no más es. Da lo mismo porqué me junto con él. Es mi amigo y punto. Además, se parece un poco a Wan Chang, a él también le incomoda enormemente el compromiso, vaya cómo. Y no responde directamente, da a entender que la evolución implica desapego, que la palabra dependencia es poco menos que una mancha. Y luego, por teléfono me cuenta de su corte en la mano derecha, y a pito de nada, dice "te he echado de menos".

viernes, agosto 03, 2007

vaga de día, el Naitún y el Caco, sobre todo el Caco

De día, dije, la cosa cambia. Me da por el barrio Brasil de manera obsesiva, de alguna manera ese barrio en hace sentir en casa, aunque nunca he vivido ahí, me da la sensación de que me contiene y lo contengo, que podemos ser amigos, que no sobro, no molesto, y eso lo agradezco paseando de ida y de vuelta por sus calles que ya me reconocen tanto como yo a ellas, y termino siempre o casi siempre sentada en el altillo del Naitún, recordando, como siempre, la última vez que lo vi con vida al Caco, la misma tarde pegoteada de febrero (era un ocho de febrero, cómo no olvidarlo), cuando me dijo que tenía el maldito virus en su sangre, el mismo que le mató en Ciudad de México apenas unas semanas después, y no sé porqué (no es por sufrir, creo), me ubico invariablemente en esa mesa, la misma, la que enfrenta la ventana enorme que devora Cumming, ahí mismito donde le toqué al Caco el brazo, y le dije que lo quería muchísimo, que por favor nunca lo olvidara, que me era muy querido, mientras aguantaba el enorme nudo en mi garganta para llorarlo recién llegando a mi casa, huyendo de las ganas de quemarme la piel con la brasa de mi cigarro.

El Naitún será para siempre el Caco, aunque ha sido para mí mucho más que eso, ha sido amigos, amores, amantes fugaces, intentos por celebrar la vida. Ha cambiado de formato y de escenografía muchas veces, los pilares cayeron, se redistribuyeron los espacios, se abrió y se cerró el espacio superior, y lo mismo el inferior. Pero permanece en lo esencial. Cumming, llegando a Catedral, me parece, a media cuadra del metro Cumming. Si lo conocen, saben de lo que hablo, y si no lo conocen, pues qué esperan, los viernes y sábado hay show en vivo con música latinoamericana por lo general muy buena. Y a veces, obras de teatro.

Saliendo del Naitún uno puede acercarse a la famosa plaza Brasil, que es la plaza más plaza de toda Ciudad Anestesia, con juegos infantiles que si yo fuera cabra chica celebraría entusiasta, con un ambiente de provincia extraño pero agradable, con mucha gente libre y otra queriendo ser libre, con libros, con café, con viejos (por supuesto), que se sientan a no hacer nada, con amores eternos y calenturas pasajeras, en fin, tanta vida, y a toda hora, y por sobre todo, niños, entre ellos el mío, gritándome que lo mire tirarse por el lomo del dinosaurio o aparecerse en la base de la nave espacial.

Es caminable el centro de Santiago, además. Uno se empina un poco y llega a la plaza (de Armas, esta vez), sin problemas, a los peruanos que sin pudor alguno se han tomado todo un pedazo de por allí, a la Catedral, a las librerías y a esos extraños seres que son los santiaguinos, siempre apurados, urgidos, enojados, y de pronto uno que otro diferente, sonriente, feliz, simple joya en medio de la locura. El centro me encanta, hay de todo para mirar, de todo donde indagar, galerías especializadas en cosas extrañísimas, otras en que se concentran en exclusiva especimenes de lo más estrambóticos, de vestimentas, gestos, y lenguajes crípticos, cerrados, ocultos. Uno puede estar todo el día en eso, en sólo observarle el ritmo al centro, hasta que la hora recomiende volverse al feudo, subirse a un bicho enorme articulado, bajarse en Maipú, y subirse a otro bicho menor verde (pero no agua), y llegar a la casa a contarle a las paredes lo que uno vio, y que por supuesto, se estuvo en el Naitún y que aún perdura por ahí la silueta del ilustre e insigne, del inolvidable Caco.

Dedicado a toda la manga de huevones que querían sinceramente a ese ser extraordinario que fue el famoso Caco, en especial a la Pito. Donde quieras que estés, Pito, un abrazo.

viernes, julio 27, 2007

I Love Ciudad Antestesia (and I hate it)

Graffiti, el lenguaje de la niebla, el culto al gris, la ciudad como fondo e inspiración, el grito desde lo profundo, el trabajo incesante, exigente, que parece no notarse al ver esos trazos sutiles.

Ni idea de arte, pero hay varios graffiti que me encantan, que son como puentes frágiles, que se sostienen de la misma viga, que comparten, por tanto, el alma, que se alimentan del mismo fruto, diría yo, un fruto difícil de digerir a veces, que intoxica para siempre de una sed, de una búsqueda.

Me encanta Ciudad Anestesia, es una contradicción, y no me importa, yo misma soy una contradicción, yo, que debía ser otro, y sin embargo soy yo. Me encanta, sobre todo vagar: la ciudad se me presenta enorme, agresiva, con buses que lo cambiaron todo de un plumazo, que hacen que todo apriete los dientes, que agregan aún más incertidumbre, más espera y más soledad. Acá, no saber para dónde va la micro es una expresión de incertidumbre existencial, de orfandad ontológica, comparable a la expresión perder el norte, y yo, que soy del norte, del norte del sur, si se entiende, comprendo perfecto que ahora, en Ciudad Anestesia todos estamos más o menos en lo mismo. No es que no sepamos para dónde va la micro (acá se les dice en femenino, aunque por supuesto debiera decirse el micro, el microbús, aunque de micro no tienen nada los enormes bicharracos articulados), a veces sabemos para dónde va. Lo que no sabemos nunca es si ha de pasar o no, y, lo más importante, si ha de detenerse y abrir sus fauces o sus agallas para filtrarnos, desesperados, en el inútil intento por llegar a algún lado. Tampoco sabemos si estamos o no en el paradero correcto y lo único que nos queda es observar o preguntar, y si preguntamos, pues inevitablemente nos vamos haciendo amigos, porque estamos, como dije, todos en lo mismo, apretando contra el estómago una estúpida tarjetita electrónica donde pagamos por adelantado, de manera disciplinada, el servicio humillante que nos brindan.

Con todo eso, la anestesia de Ciudad Anestesia está aseguradísima, ante tal perspectiva es complicado sonreír, pensar en poesías, o en frutos que nos intoxican de una sed de belleza y trascendencia.

Nada, estamos así, en pause, en stand by, esperando por, ateridos, porque justo ahora el clima se nos puso durísimo, con la temporada más fría en años y años, y entre el frío y la espera nos vamos anestesiando, nos vamos olvidando que llevamos luz adentro, que alguien nos necesita (aunque ese alguien seamos nosotros mismos) estamos así, congelados sintiendo poco o nada, lejos de todo, sobre todo de nosotros mismos.

Y de pronto, en este deambular de paradero en paradero en busca del bicharraco articulado que probablemente me deje en la plaza de Maipú, me tercio con estos graffiti y me dan ganas de llorar de pura belleza, de tomar yo misma los spray y dejarlo todo manchado del oscuro animal que me aprieta el alma, el alacrán verdoso que me atenaza, a ver si por un rato me suelta y él también toma un color (verde, por favor, pero no agua) y hace un garabato que quizá no sea tan garabato, pobre alacrán verdoso.

Todo de noche, por supuesto, que de día me asusto menos. En la próxima les cuento acerca de mis salidas de día, mucho más caminadas y menos dependientes de bichos articulados. Y quizá les muestre un graffiti hecho por mí, en honor a la ciudad anestesiada.

lunes, julio 23, 2007

ciudad anestesia

Lo que más cuesta es mostrarse. Por eso voy oculta en la niebla. Por eso amo el invierno, sobre todo en las noches y en las mañanas. Me levanto con la niebla, me oculto. Tiemblo de pensar en que alguien me llegue a tocar. Como la niebla, lo rozo todo, pero nada me toca, el calor me disipa. Así deambulo, con frío, con miedo. De pronto veo cuerpos y deseo, de verdad deseo, correr y chocar con ellos, pero me acuerdo, y entonces vuelvo a ser niebla, vuelvo a ser rincón, margen.

Cuando era joven, escribía sólo en los márgenes. Es cierto, en mis cuadernos ordenaba, de manera siempre difícil, las materias que en ese tiempo me enseñaban o aprendía, pero lo importante eran los márgenes. Escribía sin darme cuenta, como siempre, o como casi siempre, en los márgenes, oculta de mí misma, al fin refugiada. Ahí podía, el margen era el espacio perfecto para lo que yo no permitía ser. Más bien, en el margen yo me deslizaba sin drama, en el margen nada era áspero, digamos que podía fluir. Ahí el lenguaje tenía un sentido que antes no tuvo, que jamás tuvo y yo miraba al resto de la clase sabiendo algo que nadie más sabría, lo que tenía en los márgenes era mi mayor tesoro, mi mayor secreto, había allí un pacto que ellos no habían firmado con sangre, como yo, que desde que la vi, quedé prendada de ella, de la palabra, la muy puta.

Así que ahora voy oculta en la niebla. Eso es todo, aunque, por supuesto, es sólo el principio de todo, más bien.

Desde la niebla en la que he estado he buscado redimirme, reconciliarme, y he recibido bastantes bofetadas, y he tenido todo congelado adentro, y no he podido siquiera rozar los gritos en la cabeza, y ha sido todo (por supuesto) difícil, claro, difícil, y se me ha enredado el deseo con el dolor y con los muros contra los que choco, porque ahora la cosa es simple, animal, y sin embargo, es más difícil todavía, porque el cuerpo que yo quiero, me quiere a veces, y eso es casi peor a que no me quisiera nunca, y los otros, bueno, son simples otros, cuerpos de quienes he intentado amar por esos breves minutos, enternecida de lo feroz de su propia herida, porque yo de heridas sé suficiente como para llenar mucho más que las 240 páginas de mi novela. Y no sé si es mejor estar anestesiada, vivo en Ciudad Anestesia, donde todos van dormidos o muertos, donde los sueños apenas aparecen en unos hermosos graffiti incomprensibles para quien los mire desde la anestesia, y esos graffiti me dicen que, como yo, hay varios ocultos en la niebla, que, como yo, hay varios que seguro sufren, respiran y quiera Dios que amen, también.

Yo no amo, es decir, amo a mis amigos (Etxe, Pom, Veritas, a mi ex vecina que me abandonó, y los otros, no nombrados, a los que de seguro mandaré esto en un link). Me refiero a ese amor que antes me visitó dejándome descalabros no menores.

Sueño con Eo, que le entrevistan, un tipo muy joven, supuesta promesa del periodismo serio en pro de la literatura. Eo dice “todos los días temo morir”. Con esa frase titulan su entrevista. Dice cosas muy bellas, muy de Eo, honestas, desnudas, como suele ser él, el señor-lenguaje-correcto. Pero el título la caga. Lo llamo para decirle eso, que la entrevista muy bien, pero que el título, y él contesta que qué quiero, que es cierto, que no puede sacarse la muerte de la cabeza.

No sé porqué sueño tanto con Eo, creo que le quiero sinceramente, le tengo un cariño muy grande, me importa mucho saberlo feliz, pero no es tan cercano a mí, creo, como para merecerse tantos sueños de mi parte. He soñado con la señorita actriz, con el Etxe, incluso con Anto. Pero con Eo sueño muy seguido. No encuentro el menor sentido a ello, pero bueno, los sueños no suelen tener mucho sentido, por algo son sueños.


Quizá él represente en mí al lenguaje, mal que mal no he conocido a nadie en Chile que hable mejor, de manera más correcta (que haya nacido en Chile, digamos, porque los peruanos… en fin, ya he hablado de eso en otras partes). Quizá el lenguaje tema morir. Me da ataque de risa esa explicación, pero no es tan descabellada, después de todo. El pobre lenguaje, reducido a su condición humillante de ser mala copia de otros lenguajes (“hacer sentido”, “terapista”, “tributo a…”) o de sí mismo, con todo el malevo tratamiento de la ortografía, la flojera de demorarse en pensar, en ordenarse un poco, en hacer de él una fiesta.

Leo a Neruda. No tanto porque me guste, si no porque lo tengo conmigo. Y porque, ahora lo noto, me encanta esa cosa desparramada con que trata a la palabra, sin el menor respeto nos deja manchados para siempre de todo tipo de colores, olores, sabores. Nos cuenta el mundo desde sus ojos-Neruda y de inmediato el mundo cambia y nos queda para siempre así, nerudiano, cósmico, telúrico, y definitivamente, más entretenido. Parecido a lo que sucede cuando uno se topa de frente con unos de esos graffiti.

Dedicado a todos los que me han tocado, y a todos los artistas que, armados de colores, pintan Ciudad Anestesia.


lunes, julio 16, 2007

dieciséis de julio

No sabes cuánto se te extraña en la ciudad que despreciaste, en las calles de pronto tan frías, como si el frío fuese un castigo de tu ausencia, como si así se te extrañara menos, Vero, Veritas, las calles se sienten espantosas cerca de donde antes vivías, Ñuñoa ha perdido la mitad de la gracia, te la llevaste a la France, y te fuiste, sin el menor asomo de duda ni arrepentimiento, te fuiste tan entera, tan segura, así no más fue que te fuiste, y yo, la tonta, todavía de pronto armo viajes a verte, a tu casa, y antes de un segundo me acuerdo que te fuiste, que más encima te casaste (ahora eres una señora, joder), que ni sé parlotear francés, que apenas me desenredo en inglés, y me da risa enterarte que ahora y por tiempo indefinido tus cumpleaños han de ser feriados en honor a vos, aunque oficialmente se dice que es en honor de la virgen del Carmen, y que por eso, y de manera extraordinaria, hoy estoy en casa, a solas porque el crío se lo llevó el padre por unos días de vacaciones, y por eso, y repito, de manera extraordinaria, toco el teclado para tejerte unas palabras en espera que esto supla mi ausencia en tu cumpleaños que espero haya sido tremendamente lleno de amigos, de risas, de copete, mientras acá todo el día te he recordado supongo que junto a varios, claro que no se nos ocurrió juntarnos a echarte de menos, tan sólo lo hicimos por separado, y espero que la hora en Francia esté lo suficientemente corrida como para que esto te llegue como te llegaron hace un año las rosas del que ahora es tu marido, claro que estas son palabras, las palabras de la que las tiene todas en la punta de los dedos, es decir, yo, la que escribe, y que por eso esto está en tu correo y también en mi blog, a ver si alguien más se acuerda y dice “verdad que hoy está de cumpleaños la Verito” y te saluda, a la distancia, que no nos queda otra, y viva Chile, mierda, y saludos a Eric, y que sean muy felices.


sábado, junio 30, 2007

no soy imaginaria, pero casi

No quiero recurrir a frases de otros para explicarme a mí misma. Pero, anyway, no soy un invento de Larry Mejía (que quedaría mil veces mejor Laary, pero bueno).
Hace algún tiempo, el pajarraco renacentista, autodenominado poeta negacionista (¿o era tan sólo negacionista, nada de poeta?) Samael Menjura (que, de seguro no se llama así, pero al que he visto por cam, cuando hablamos en línea, incluso vi a su hija, que menos mal no se parece a su padre, así que existe, como sea que se llame) me dijo, tras intenso intercambio de mails, que yo era eso, un invento de ese señor, don Larry (insisto en que es mejor Laary).
Yo estaba con fiebre ese día, así que no pesqué mucho.
Pero, días después, me lo vuelve a plantear, desde la fría y alta Bogotá. Ahí me entró risa. Incluso me dijo, con un desparpajo impresionante “total, estoy seguro que eres un invento de mi amigo negacionista, Larry Mejía” o algo así. El muy patudo. Porque yo jamás lo había tuteado, me carga hacerlo por carta o mail, siempre trato de usted, y ustedes seguro lo saben.
Luego de eso, me quedé pensando si era un insulto o un cumplido. O una broma. El tipo lo dijo muy en serio, pero también ha dicho muy en serio que se ha tragado varias estrellas en descomposición, entre otras cosas de ese estilo. Eso es lo malo de conversar con gente que evita a toda costa pensar. Ha sido un intercambio bastante jugoso, pero el tema es que él persiste en lo de ser negacionista. Menos mal no ha insistido de nuevo en lo de mi origen imaginario.

De pronto me gustaría eso, ser imaginaria completamente, ser el producto de una bella broma entre este pajarraco y el otro (que asumo pajarraco igualmente negacionista). A veces casi lo soy, completamente imaginaria. Este blog, un blog imaginario, escrito por alguien que les hace creer a los lectores que soy una mujer chilena, que escribe, que pasa penurias, que se ilusiona, que escribe novelas, cuentos, etc. Me recuerdo uno de los poemas favoritos de don Nica, El hombre imaginario (qué buen poema, hay que decirlo). Bueno, no soy imaginaria, aunque a veces soy estrictamente virtual, a veces no existo más que en las palabras, a veces, incluso, tengo amigos virtuales, como este pajarraco bogotano, como el rockero del sur de Chile.
He estado un poco fuera de este ejercicio del blog. Hoy, sin embargo, me llegó un mail de otro negacionista (es muy raro, a veces me llegan mails de otros negacionistas bogotanos, pero jamás son personales, son simples explicaciones del retorcido e indescifrable camino negacionista). El mail me manda a leerles el blog negacionista, que no me sé en este minuto (ustedes recuerden que yo escribo todo en mi casa, lejos de la net, luego me conecto y copio y pego, y así ustedes me leen). Lo leo, un poco, apenitas. Porque no puedo leer algo tan largo, me quedaban tan sólo unos minutos de internet. Es un blog con “monitos”, entretenido. Bien escrito, parece, por lo poco que leí. Traté de dejarles un comentario, pero no pude. Ah, de pasada me entero ayer, que mi blog no permite comentarios anónimos. Extraño, muy extraño, eso yo no lo configuré así. Espero arreglarlo, me da lo mismo que me dejen comentarios como sea.
Así que le mando un mail, a este señor. Pablo, dice llamarse. Le he leído varios cuentos (Pablo escribe cuentos, parece, no sé si se aventura con la poesía, espero que no, tanto poeta, ¿para qué?). Me gustan mucho sus cuentos, aunque no se los he podido leer todos. Con un estilo distinto del mío, pero igual me gustan. Espero que pueda dejarles comentarios, que Pablo me conteste, que algún día yo pueda llegar a Bogotá a sacudirles las plumas a todos los pajarracos, sobre todo al que me creyó imaginaria, que pueda meterme en esas calles que parecen una matriz lógica y fría (por la cresta, no hay derecho a nombrar las calles así, con números y letras, olvidando las alamedas de las delicias, o la calle de la esperanza, o la de la inspiración, qué sé yo, acá las calles tienen nombre, como corresponde, y a nadie se le ocurriría mandarme a una dirección como “C34/G12”). Capaz que me guste Bogotá. Algo me dice que puede ser, total, allá yo seré totalmente imaginaria.


Ah, y la última, me enteré hace ya bastante, que me publicaron un “cuento” o más bien micro-cuento, en el libro que sacó Plagio con los mejores cien intentos de los dos últimos años por llevarse el millón del concurso Santiago en 100 palabras. No sé si el resto de los intentos son o no cuentos. Hay unas cosas que no me atrevo a llamar cuentos. El mío, sí, estoy segura de que es cuento, pero da lo mismo. Había perdido ya la esperanza de ser publicada, porque ya sabía con certeza que no había ganado. Así que me alegré mucho cuando me avisaron que había sido publicada. Santiago en 100 palabras es cada vez más importante, más visible, más un referente en la cultura de por acá. Es buena onda porque todos se sienten llamados a leerlos, a criticarlos, a escribirlos en busca del esquivo y puto millón de pesos. Es re poca plata, un millón de pesos, considerando que es un concurso que convoca tanto, la gente participa por el honor, parece, más que por el millón. O por ambos. Yo, por el millón, claramente, si me declaro escritora, la idea es poder ganarme unas lucas con este ejercicio. Además, fue muy entretenido participar, conseguí hasta un “método-cien-palabras”, ayudé a mi amigo Exte, fue de lo más guay.

Les dejo.
Saludos a Uruguay (mande el mail, yo le escribo), a Colombia (manden ron). Espero poder escribir con un poco más de constancia.
Dejo un montón de plumas volando en el aire y un saludo pajarraco a todo aquel que hable pajarraqués: ¡Cueeeegk!

miércoles, junio 27, 2007

no more virtual friends

No more virtual friends, I said. I said, I’m sorry, I can’t. I can not stand it again. It is so sad to me, to tell every one that I don’t believe anymore in the virtual friendship.
I had a few virtual friends, indeed. The first one was in Granada. He said that his name is Antonio, but now, I don’t know. He said a lot of things; I said a lot of things. The difference is that I said the truth. I can’t say the same about him. And, even, he continued telling me a lot of lying, dishonest stories, still the last conversation we had.
I am so sad, so confused, so tired… and a little paranoid.
The only one that remains to me like a virtual friend is my rock star, my southern friend. He and I can not have a conversation, since a month or more. So, I tell him: Hi, friend, you are the only virtual friend to me by now. But, I really hope to see you soon. Come to Santiago-is-Chile, or I will go to the south. I am a little hurt about the virtual friendship; I believed that I had a Spanish friend, but I was wrong.
Soon, folks, I will write in Spanish. By now, I am just taking revenge, because I need it so much. And over all, because this guy never understand the English. So, goodbye, "Antonio" or whatever was your name.

miércoles, mayo 02, 2007

no estaba muerta. (afírmense que he vuelto).


No exactamente de parranda. Pero no estaba muerta, menos mal. Me pregunto cuántos me habrán echado de menos en el blog. Hay algunos que incluso se “me” aburren y ya no abren la paginita en busca de una nueva entrada de la escritora. Ha habido otros, peores, que han presionado espantosamente, a ratos de manera insufrible. Ahora tan sólo la señorita actriz me lo ha reclamado. No sé si menos mal, no lo sé. Ella tiene una forma de pedirme las cosas que jamás me hace sentir abrumada. Creo que ella entiende perfecto, así, sin grandes necesidades de palabras ni de códigos, muchas cosas mías. Alguna vez escribí, por ahí, en una cosa muy bella, que ambas compartimos un cierto asunto intuitivo común. No sé si he hablado acá de Madame Lupita, me parece que no. No importa. Bueno, la señorita actriz no tiene a la Mme. Lupita consigo (como yo, que cargo con ella, prestándole el cuerpo y la voz cada tanto, a veces por paga y la mayoría de las veces de puro buena onda, no más). Pero la vida nunca te quita nada sin darte alguna cosita a cambio, y a ella le quitaron un tremendo pedazo, y a cambio le dieron una tremenda cabeza, que además tiene otra cabeza sabia, interior, antigua e intuitiva. Yo estoy convencida que es con esa otra cabeza con la que ella, esa bella actriz, me entiende sin necesidad de tanta parafernalia lingüística. No va sólo en ser mujer, porque tengo muchas otras amigas mujeres que me quieren y me aceptan, pero no siempre me entienden, así tan fácil. Debo explicarme y aún así, a veces, no me entienden. Ella no. Ella me entiende siempre. Por lo que, viniendo de ella el reclamo amoroso por mis letras en este espacio (que ella jamás llama blog, porque no hay caso, no se aprende que esta cosa es un blog, que este servidor se llama blogger, que, yo, al escribir acá me transformo en blogger, etc.) yo me lo tomo en serio y rompo el silencio. Por último para que vea que le tomo el reclamo, y que, viniendo de ella, no lo siento presión. Viniendo de ella, jamás es presión. Así como yo le digo “actúa”, “alimenta tu alma”, a pesar que conozco perfectamente las circunstancias estresantes en las que se desarrolla su vida actual, y sé que es muy probable que sea imposible que, al menos por ahora, ella logre pisar las tablas. Sé que ella entiende que, viniendo de mi parte, no es presión. Es aliento, o mejor dicho, es saberle leer lo profundo. Respetarla en lo que ella es. Porque muy luego (la vida pasa últimamente tan rápido, joder, mi hijo ya tiene diez años, mi pequeña sobrina que siempre fue mi niñita adorada ahora es una adolescente preciosa, y ya debo irme resignando a que va a crecer, va a madurar, se va a enamorar y etcétera) tendrá otra profesión, al parecer más rentable que la inestable ruta de las compañías de teatro, donde hay poca gente-gente y demasiado ego. Sí, muy luego ella va a ser profesional en otra cosa. Pero ella jamás dejará de ser lo que es. Me refiero a que siempre va a ser actriz, esa cosa estrambótica y excéntrica. “Cuática” digo yo. Esa gente cuática, le digo yo, cuando hablo de la gente del teatro. Esos huevones cuáticos que son exagerados, histriónicos, simpáticos, sensibles y que, menos mal, existen en este mundo tan condenadamente frío y aburrido. No sé si son todos iguales a ella, pero yo siento cosas parecidas a las que me provoca ella cuando conversamos, al ver muchas entrevistas a algunos actores buenos. Actores-actores, como dice ella, gente que tiene teatro, por estudios o por último por trayectoria real. No esa gente que es simplemente linda y que ponen a actuar para rellenar una teleserie. Sí, la señorita actriz seguirá actriz hasta su muerte, que espero sea en muchos, muchos años más. Y, como partí hablando de la intuición, agregaré que creo que así será, que en muchos años más será su despedida de este mundo y que seremos amigas siempre, y eso me alivia enormemente. No es malo tener amigos así. Más bien es bueno, en estos tiempos en que ser a veces duele, y ser con ella, menos mal, no sólo no duele, sino que además es dulce, es agradable, es tan lindo. Es simplemente ser. Así como me pasó con mis grandes amigos históricos, con el Checho, por ejemplo, en la ciudad de las almas pusilánimes (por la cresta, me cuesta quitarme el odio por esa ciudad infame).

Con el Checho recuerdo haber simplemente estado, horas de horas, sin hacer nada en particular, a veces incluso sin cruzar palabra. Echados en una cama enorme, ambos, mirando el techo, riéndonos de cualquier estupidez. Caminando en la noche, tan contentos de estar juntos, simplemente, juntos. Todavía recuerdo la mirada de perro guacho que puso cuando ya era un hecho que me vendría al Sur a estudiar. Yo huía del Norte, y me iba lo más al Sur que me permitía mi elección vocacional. No era chiste, eran varios kilómetros, yo no me iba como la mayoría, a lugares más bien cercanos, para estar cada tanto de vuelta. Yo me iba, y volvía con suerte en vacaciones de invierno, y si no, volvía en el verano. El Checho lo sabía todo, por supuesto, lo supo desde que nos hicimos amigos, un año y poco más antes. Sabía en todos sus huesos que yo me iría sin vuelta de esa ciudad, que era un hecho que me iría como me fue en la prueba de aptitud académica, y que iría muy poco de vuelta. Lo sabía todo, pero como que lo olvidó, hasta que faltó un día para que yo me subiera al bus. Ahí me dijo “y yo qué hago ahora sin la Pigú en esta ciudad de mierda”. Fue muy triste, tanto como dejar a la dulce Claudia, mi primera amiga verdadera, que me enseñó a querer incondicionalmente. Fue muy triste, lo siento. Aún así él sabía que lo correcto era eso, irme.

Luego, en mis visitas a esa ciudad (yo, en mi corazón, me fui ese día de marzo, con diecisiete años, el resto de las veces fueron visitas, a veces más largas, otras más cortas) nos reencontrábamos y la cosa volvía a su punto normal, como si nos hubiésemos dejado de ver apenas ayer. Con la única diferencia que ahora debíamos contarnos un par de cosas de nuestras vidas, yo le contaba de mis novios o amantes, de la universidad, de las nuevas amigas (nunca tuve otro amigo, creo). Él me contaba de sus asuntos. A veces, porque tampoco me contaba mucho. Eran tiempos muy duros, en su vida. No siempre me enteraba de lo que él hacía, la verdad. Una vez fue a verme, a mi casa, en el verano. Tal cual, me fue a ver. Golpeó la puerta, venía con su primo, creo que ni siquiera me habló. Se sentó en el sillón, frente a mí, mientras yo trataba de hablar con su primo, porque él no me habló en lo absoluto. Pasados unos minutos, se puso dificultosamente de pie (nunca supe si estaba sólo borracho o borracho y perdido de drogado, la verdad), y fue hacia la puerta, y se fue. Así como lo cuento. Y cuando, ya en la puerta, se me ocurre preguntarle “qué onda” me respondió (les juro que es verdad palabra por palabra, su respuesta) “quería verte”. Claro, ya me había visto. Ahora se iba. Y se fue.

Sé que el Checho no era el mejor partido amistoso para un hijo, menos para una hija. Sin embargo, por alguna extraña razón, mi madre no lo hostilizaba demasiado. Menos mal, ese día de su visita ella no estaba, parece. Creo que, de hecho, yo estaba sola. En verdad no recuerdo muy bien muchos detalles, pero sí que recuerdo perfecto esa visita del Checho. Recuerdo su mirada absolutamente perdida, sus pasos vacilantes, sus gestos lentos, y la forma en que se sentó en frente de mí y me miró, sobre todo recuerdo su mirada, que en esos minutos, en el sillón frente a mi sillón, no fue perdida.

Hay muchos, demasiados momentos-Checho que son dignos de contar, y de hecho, se los he contado a casi todos mis amigas, e incluso a algunos amigos (luego, en el tiempo en que sí tuve amigos, primero el Jorge, luego Etxe). Pero mi favorito, en el recuerdo, siempre, es el de la visita a la cárcel. Es así, muy triste, pero tiene una cuota de belleza difícilmente superable, al mismo tiempo. No lo voy a relatar con detalle, pero sucedió así: mi padre muere, y viajamos al funeral todos en la familia, mi madre, mi hermano, y mi hermana ya casada y embarazada, con casi sus nueve meses (mi sobrina adorada nació 18 días luego de la muerte de mi padre). Luego del funeral, estando aún en esa ciudad, me avisan que el Checho está en la cárcel. Yo lo voy a ver. Lo encuentro solo, en día de visita, porque ese día le darían permiso para asistir al funeral de su abuelo, que, nótese, era la persona a la que él más quería en esa casa. ¿Qué es lo lindo de esto? Se preguntarán ustedes. Lo lindo de todo esto es el abrazo que nos dimos, porque nos lo empezamos a dar desde lejos, en cuanto él me vio, a muchos metros de distancia abrió sus brazos y los mantuvo así hasta que yo me hundí ahí, me escondí ahí y lloré lo que aún me quedaba por llorar de mi padre. Lo lindo de todo esto es que ni él, ni yo, supimos de nuestros respectivos duelos hasta que nos encontramos adentro de esa cárcel. Lo lindo de esto es que a mí me importó un comino ir a verlo a la cárcel, y que muchos de sus supuestos amigos no lo habían ido a ver. No hablo del dolor de saberlo preso, porque eso duele siempre (los amigos jamás deberían estar en la cárcel ni en el hospital, me parece a mí). Me refiero a las circunstancias, a recién haber enterrado a mi padre y luego, casi de inmediato, ir a verlo al Checho a la cárcel. A mí me dio maní, no me hice el menor problema por eso, a pesar que no fue muy agradable el hecho de tener que ser revisada, por todos lados, por una gendarme, antes de pasar al patio de la cárcel.

En fin, el Checho y yo luego nos fuimos distanciando, pero extrañamente no fue un distanciamiento sin amor, sin interés. Simplemente ambos entramos en las ligas mayores de la vida, él se casó, se separó casi de inmediato y luego se volvió a juntar en pareja con otra mujer, y yo dejé de ir a esa ciudad por nada menos que once años. Y en medio de eso me embaracé de mi hijo. Volví llena de nostalgia y tenía sólo una cosa clara en la mente: debía verlo. Como fuera que fuera, pero debía verlo. A la Claudia también me costó ubicarla, dos días, luego de mi llegada, pero luego de eso, nos vimos todos los días, cada vez que yo podía. Pero al Checho, tan sólo lo vi dos veces. Fue una especie de odisea el poder verlo, y se confabularon a mi favor su hermana y su madre. Un asunto tremendamente triste para mí, porque era debido a su pareja, que según la hermana y la madre, era una especie de arpía manipuladora, hipercontroladora y posesiva. Me dio una pena atroz todo ello, inevitablemente reviví episodios violentos en mi cabeza, sólo que esta vez era otro el protagonista del chantaje por el terror o la manipulación. Me contaron tantas cosas, la verdad, de ella, y lamentablemente pude confirmar algunas. No sólo por la madre y la hermana, sino por mí misma. Su propia madre me lo llevó a mi casa. Sentí el timbre y supe de inmediato que era él, aún no cambiaba su forma de llamar a la puerta. Fue hermoso verlo, me lancé a sus brazos y lloré mucho, aún no sé muy bien el porqué, pero no podía contener las lágrimas. Fue un abrazo muy rico, además. Nuestras pieles nunca se llevaron mal, por otra parte. Recuerdo sesiones enteras en que él se dedicaba a sacarme las canas de mi cabeza, una por una me las detectaba y arrancaba. Ahora era él el canoso y yo, sorprendentemente, no parecía canosa. Creo que nunca tuve tantas canas como en mi adolescencia, y claro, ahora que miro las cosas hacia atrás, lo comprendo perfectamente. Es impresionante como el cuerpo habla a veces. A gritos. Fue muy divertido, porque él en un minuto lo notó, se rió y me dijo, “Oye, ahora no tienes canas, ¿Qué fue de tus canas?” y yo le respondí lo más lógico que se me ocurrió: “Es que tú me las sacaste todas”. Ahora, mirando hacia atrás, creo que dejé las canas en esa ciudad. Es increíble, sólo ahora, al escribirlo, me doy cuenta de ello.

Lo siento, ando muy demasiado nostálgica (de hecho, en mi msn sale “con saudade galopante”). Creo que tiene que ver con ciertas fechas ancla en mi vida, cierto aniversario o qué sé yo, asuntos nostalgiosos, repetitivos. Suele pasarme que escucho o leo de ciertas personas, más cercanas al presente, partes del discurso de este hombre, mi querido e ilustre Checho. Cuando fui a la ciudad infame, me conecté en línea con el Eo, y le dije, para poder resumir, que no había habido un día sin que yo llorara, por nostalgia, por recordar daño. Le dije “voy a necesitar escribir un libro para poder exorcizarlo”. Creo que algún día escribiré ese libro pero no sé si seré culo de mostrarlo. Es complicado ser autobiográfico, yo jamás lo soy. Digo, aparte de este blog. Sólo tomo prestado trozos de situaciones, por lo general no mías. Incluso cuando trato de ser autobiográfica, siempre me cuesta poner el límite entre lo que fue, lo que recuerdo con certeza, y el mito que en mi interior he ido tejiendo acerca de ciertos hechos. Escribir acerca de uno es siempre mentir, lo sé. Pero lo triste es que son mentiras muchísimo más blandas que lo que pudo ser el horror, al menos en mi caso. Estando ahí, en esa ciudad, de pronto recordaba sin querer cosas que de verdad tenía olvidadas. Una cantidad de ausencias, por sobre todo. Ausencia, eso resume muy bien. Ausencia de adolescencia, ausencia de fiestas, ausencia de pololos, ausencia de dignidad, de libertad, de paz, de calma. Hubo sólo miedo, a cada rato, no siempre presente pero siempre acechando. Y amigos, eso sí que sí. Estuvo el Checho, por supuesto, y estuvo mi Claudia. Con ellos me bastó para sobrevivir, para protegerme, para respirar. Ellos me fueron leales, incorruptibles, férreos. Recuerdo un par más de amigos pero claramente, no fueron leales. La prueba de honor está en cómo se refieren al infame en mi vida. Si pretenden hacerlo pasar por algo simpático y livianito, dudo de su lealtad. Bueno, hay un par más por ahí, también. Que me fueron leales, en el fondo, pero no me eran tan cercanos. El resto se sumó a la cobardía y la infamia del infame. Pero el Checho no, ni tampoco mi Claudia. Con esos dos me basta. Y no saben cuánto los extraño a ambos, ahora, justo ahora.


¿Querían blog? Bueno, ahí tienen. Y se viene la Welele, aviso. Ya se viene escribir de ella, la querida Welele. Afírmense, familia H-C.

jueves, febrero 22, 2007

with a little help from my friends

Esa cancioncilla se hizo mundialmente famosa, y hasta el día de hoy se ha asociado a Joe Cocker, no sé si en Woodstock, Monterrey o por ahí en esos festivales llenos de alucinógenos, amor libre y borrachos por doquier. El tiempo de Sexo, Drogas y Rock & Roll. No tengo la menor idea de cómo se escribe, “you cóquer” se pronuncia. Muy poca gente (que no sepa de rock) sabe que en verdad la canción pertenece a los Beatles. La versión de los Beatles es irreconocible para aquellos que hemos escuchado aquella versión aguardentosa y reventada de Cocker. A mí me parece que hacer una versión de una canción de los Beatles y hacerla de manera tal que en verdad parece una canción distinta es un gran mérito de Cocker, como sea que se escriba ese apellido.

Pero a mí me gusta el título y la letrita, que es igual para ambas versiones, o casi. Eso “de lo voy a lograr siempre y cuando mis amigos me peguen una ayudadita”. La traducción es libre, mía, chilena, pero se acerca bastante a la versión inglesa. Lo puedo lograr, lo voy a alcanzar, lo conseguiré, sí, con una pequeña ayuda de mis amigos. Qué bonito. Qué lindo que a Lennon o a McCartney se le haya ocurrido poner aquello en una canción. Aquello que es como obvio en verdad para nosotros, los latinos, que no hacemos nada sin el otro, sin el vecino paleteado, sin la amiga de la universidad, sin el compañero de furgón escolar. ¿Qué sería de nosotros sin los amigos? Los amigos sirven, aunque te de lata reconocerlo. Los amigos que no sirven no son amigos me parece a mí. No digo que uno vea al amigo como algo útil, pero los amigos sirven.
Es decir, y poniéndolo desde el otro punto de vista, si tú tienes un amigo y él tiene un problema, cualquiera sea (no puede poner la funda limpia de su plumón o edredón; o no sabe cómo calcular el Chi cuadrado; o se le están cayendo las cosas de la bolsa de supermercado; o su guagua llora a grito pelado mientras el amigo tiene que cocinar y ya está atrasado) y tú lo estás viendo, si eres su amigo, lo vas a ayudar, no vas a esperar que te pida ayuda, lo más probable. Ahí vas a ir tú y le ayudarás a meter el plumón adentro de la funda, tarea siempre titánica para quienes no saben la técnica del panqueque; le vas a decir cómo miéchica se calcula el bendito Chi cuadrado, que sabe Dios para qué sirve; te vas a agachar de inmediato a recogerle las cosas del suelo; vas a tomar a la guagua, la vas a mecer, le vas a cantar, o te vas a ir a la cocina si sabes cocinar…

Lógico, ¿No? Obvio de obviedad diáfana y absoluta. Tengo, sin embargo, una amiga que me agradece cada vez que yo la ayudo en su vida hiper-estresada de madre separada con dos pequeñuelos, un padre que escasamente ayuda, un trabajo absorbente y agotador. Las pocas veces que he estado en esa casa, la he ayudado la máximo, lo que más he podido, por último jugando con sus pequeños monstruitos a ordenar los juguetes, metiéndole comida de juguetes a la mochila que se trasforma en un monstruo devorador de juguetes. O lo que sea. Para los hijos de mis amigos, yo siempre tengo tiempo de jugar, de tirarme al suelo, de escucharles sus historias, de contarles las mías, de hacerles panqueques en la mañana si alojo en esa casa, etc. No me molesta, todo lo contrario. Me encanta llegar y que pequeños pasitos me reciban con cariño y felicidad. Los hijos de mis amigos nunca me molestan, son mis “sobrinos” y los adoro a todos por igual. A Iñaki, a Arantza, a la Cami, a la Isi, a la Anais, al Ariel. Para ellos toda mi paciencia en la medida que mi vida me lo permita. Puedo estar “tomando el té” por largos minutos con la Anais, manejando naves espaciales con Iñaki, matando bichos en el PlayStation con Ariel y mi propio hijo, lo que sea. Me encanta jugar, porque nunca he crecido del todo, gracias a Dios. Así que no es ninguna ayuda, más bien es un verdadero placer.

Los amigos sirven, quieras o no verlo, sirven. Lo hacen sin querer, lo hacen porque te quieren, lo hacen porque de verdad son amigos.

Hay amigos que a uno le sirven para otras cosas, para la cosa muy humana de desahogarse del mundo, de llorar cuando nada parece resultar, el amigo que simple y sencillamente te escucha o te lee un mail desgarrado y te acoge sin juicio alguno, sencillamente te pasa un pañuelo desechable o te avisa que te leyó el mail, y punto. Mis queridos amigos que con paciencia infinita secan mis lágrimas una y otra vez, que cruzan desde Peñalolén hasta mi feudo, un viaje de dos horas, sólo para abrazarte y que tú le mojes la camisa, de tanto llorar, y eso que llevan suéter y camisa. Amigos que te miran con dignidad, que te creen que vas a triunfar cuando parece que nada indica que así ha de ser, que te defienden del juicio de otros, que están siempre leyendo lo que tú les envías, para “criticarte” (cosa que en verdad jamás ocurre, porque o no saben criticarte, o de verdad no encuentran nada criticable en lo que les mandas).
Amigos que reciben al otro lado del mundo todos tus mails, los archivan, los guardan, sobre todo los archivos adjuntos, el trabajo de dos años enteros que han quedado ahí, resguardados en Granada, la bella, y que cada vez que entras en el territorio angustioso de la pérdida de archivos porque el disquete se fregó, el computador murió para siempre, el pendrive cogió un virus, lo que sea, aquello que a mí me pasa más seguido que lo normal parece, te los reenvían todo, sin mayor demora, sin mayor trámite, y que funcionan como secretarios particulares.

Hoy escribo esto en verdad para agradecer a estos dos amigos, estos dos seres, uno en Peñalolén y el otro en Granada, por todo lo que me ayudaron leyéndome a Becca, mi novela que no se llama así, por supuesto. Sólo ellos saben el nombre, por lo demás. Ellos, Antonio y Etxe, me la han ido leyendo por partes, y aunque su mirada de la novela es completamente disímil (Etxe no le cambia nada, o casi nada, en verdad, me dice o me decía que está muy buena, y Antonio no ha parado de achacarme con una dispersión que existe y que en este minuto trato de remediar, cosiendo partes, sacándole otras, en fin, lijando y lijando y lijando, sacándole punta a la palabra de una manera feroz y despiadada), ambos me han ayudado enormemente.

Ahora quizá los necesito a ambos más que nunca, pero no puedo mandarles la versión completa, sé que cansa leer lo mismo tres o cuatro veces. Se la voy a mandar por capítulos a la señorita actriz. No porque ella esté por sobre ustedes, no se me pongan celosos (joder, los hombres son tan posesivos). Ella tiene la ventaja de que no ha leído la historia de Becca, Gastón, Rafael, Amanda, y Fernando, no sabe nada de nada y por lo tanto es la mirada fresca que yo necesito. Ella dice que es un honor, pero no tiene idea en el medio cacho en que se mete al recibirme la novela. Es decir, si lo logro y le mando algo decente, va a ser un honor, pero si no, va a ser un verdadero cacho. La voy a tener como al pobre Anto entendiendo todo al revés, todo cortado, todo fragmentado. No sé si la novela debe ser tan lineal tampoco, acabo de decidir que puede ir un poco fragmentada y dispersa, qué tanto. Mientras estén todos los elementos, quizá no sería tan malo en una de esas hacer pensar un poco al lector, capaz que en una de esas, los lectores piensen. Así como la niña que tenía una vida y ahora no sólo no tiene una vida sino que además es nadie (mi sobrina preciosa), cuando lee, piensa, capaz que existan lectores que piensen, digo yo. Yo leo para entretenerme, la verdad. Me gusta leer novelas que no pretenden nada aparte de entretener, como la saga de la Rowling, del joven mago Potter. Bueno, me gustan otros, menos livianitos como Cortázar, Dostoiewski, Chéjov, Quiroga, Auster (que me van a perdonar, pero no es para nada livianito, La trilogía de Nueva York se mete en aguas bien profundas, sobre todo en Ciudad de Cristal, nada menos que el rollo del lenguaje y lo humano, nada menos que eso). Pero si me gustan es porque se dejan leer, también. Rayuela es una cosa gloriosa pero se deja leer. Los detectives Salvajes, una novela que trata de la nada misma, donde no pasa nada, y en verdad pasa de todo, se deja leer, excepto que a mí me da demasiada comezón el talento de Bolaño. Nunca jamás he podido leer a Joyce más allá de la página cincuenta que es hasta donde me obligo a leer cualquier libro que no me guste, para darle la oportunidad hasta el último minuto. Algunos libros son leídos hasta la última página para darles la oportunidad, o por último no me gustan nunca pero debo reconocer el talento de todas formas, como Deseo, de la Jelineck, por ejemplo.

Ver El Sacrificio de Tarkovskiy significó un verdadero sacrificio para mi persona. Las dos veces que me lo vi, un tremendo sacrificio. De hecho, para mí y mi amiga que fue la única que se quedó a mi lado para el segundo intento de verla, esa película es un guiño que nos hace mearnos de la risa. “El Sacrificio” decimos y nos reímos y reímos. Tarkovskiy digo yo, y más risa, más y más risa. Puede que sea un gran cineasta pero por Dios que es latero Tarkovskiy… Creo que igual voy a verlo, al menos Nostalgia y quizá de nuevo Stalker (que en verdad salva mucho más que El Sacrificio), pero es un latero de marca mayor el ruso aquel. Kafka es un latero. Sastre, hum, no sé a ratos es latero también. Y absolutamente todos o casi todos los filósofos son unos lateros, todos casi sin excepción.

A mí me gusta que lo que leo sea legible, partamos por eso. No le veo gracia alguna a la literatura que no se entiende por no entenderse, por ser chorifay, por ser “más literatura”. No me gusta, no hay caso. Borges, por ejemplo, no es latero y tiene todos los elementos para serlo. Era una enciclopedia con patas, el muy simpático, pero yo no encuentro que sea latero leerlo. Todo lo contrario, uno lo toma y sólo quiere saber en qué va a terminar el cuento, con qué giro genial nos va a embolinar, cómo es que nos va a dejar mirando para otro lado, llenos de preguntas que de a poco nos van cayendo, pasados unos minutos o unos días luego de terminado el cuento. El inmortal, por ejemplo, o La escritura del Dios, o el mismísimo El Aleph. No son cuentos, son naves intergalácticas que surcan el espacio sin mayor ruido ni mayor pretensión, y que de pronto uno encuentra así, a boca de jarro frente a uno y uno casi se hace pichí de la impresión. Por no decir otra expresión más adecuada y menos elegante.

Mi novela no pretende nada más que contar la historia de Becca y sus “hermanos” asociados a ella. Contar lo que no pasa, más bien que lo que pasa, además. Suena raro, pero así es. Mientras cuento lo que no pasa, cuento además otras cosas que sí pasan. Tal cual. Ésa es mi descripción de mi novela. Una novela que se centra en contar lo que no pasa, y punto.

Escribo esto para agradecer, entonces, a mis dos grandes ayudantes en estos dos años difíciles en que Becca fue el hilo conductor de tantas otras cosillas que escribí. A Etxe, muchas, muchas, infinitas gracias por acoger mi novela, por no-criticarla (más bien complejizarme la mirada de algo que yo encuentro de lo más simple y básico), por pelarme a los personajes, de status socioeconómico medio alto y no bajo como según él debiera de ser, por exigirme ser una Manuel Rojas versión dos punto cero, siendo que yo estoy más cerca, mucho más cerca de la simple y entretenida Rowling…

A Antonio, por decirme tantas cosas que me desorientaron y aún me desorientan pero que me entregaron un montón de luces… demasiadas, quizá. No sé si la cosa va a terminar como culebrón venezolano, Antonio, pero si es así, bueno qué tanto, soy latina, soy mucho más simple de lo que tanto vos como el chileno del Etxe pretenden.

Soy lo que soy y escribo lo que escribo, y hago lo que puedo con la palabra, no me da para más. La historia no la inventé yo, estaba en el aire, una musa inmisericorde me la dictó, en noches en que no me dejó dormir, en tardes en que estuve ausente para todos incluido mi hijo. La historia de Becca se me ocurrió que la escribía yo, pero en verdad me la dicta una musa gritona, chillona, impaciente, dictatorial.

Gracias, pase lo que pase, muchas gracias. Esta novela no sería, no habría visto jamás el momento en que ahora está (a punto de estar para la Editorial, a punto, literalmente), sin la ayudadita de ustedes dos. Bueno, parece que fue un poco más que una ayudadita. Gracias, amigos. Sin ustedes, yo, igual que Becca sin Rafael, sin Gastón, estaría perdida, total y completamente perdida. Yo, lo mismo que Becca, no soy nada sin ustedes, sin mis hermanos del alma. Gracias, a Peñalolén, miles de gracias. Y saludos a la familia.

Gracias, a Granada, muchas gracias. Y saludos a los críos adolescentes, y a la mujer fantástica.

Desde el fondo de mi corazón, muchas e infinitas gracias por todo lo que han hecho por mí, ambos. Los amo a ambos, no saben en verdad cuánto. Pase lo que pase, los voy a amar hasta que me muera.

martes, febrero 20, 2007

Mi súper amigo el rockero

Me es virtual. Pero lo conozco en persona. Lo “conocí” en un Chat, pero casi de inmediato me vino la sospecha de que nos conocíamos en persona, aunque de lejos. En efecto, ambos estudiamos en la U de Conce, en los mismos años. Tenemos la misma edad. Él estudió Música, yo, Psicología. Ambos terminamos nuestras carreras más o menos en el mismo tiempo, carreteamos en los mismos lugares, nos emborrachamos en el mismo Foro, etc. Por eso sé que lo he visto, porque la primera vez que lo vi por la webcam le dije que lo había visto con sus amigos rockeros, todos de pelo largo, hablando fuerte y cagándose de la risa de todo. Aquella vez que lo vi, me cayó mal. Me suele suceder que cuando alguien me cae mal, así, sin mayor trámite, me pasa que luego la vida me lo devuelve como amigo y nos matamos de la risa el resto de nuestra vida diciéndonos lo mucho muy mal que nos caímos hasta antes de conocernos.

Pues bien, entonces lo conozco, sé cómo es su cara, su hermosa cara, su pelo largo de rockero, su caminada de macho-macho, etc. Ahora sé cómo es su bella alma. Sé que su alma es un bosque encantado y puro, sé que llegar hasta ahí es de lo más simple y fácil, sólo hay que solicitar entrar con el alma limpia y la mente pura y ya está. Sé que es una gran persona, que tiene bellos valores inculcados por una hermosa familia, sé que ama a sus amigos, a su familia, a su perrito Jordan (que es el perrito más lindo del mundo, su mejor amigo y quien lo saca de la pena cuando tiene mucha penita).

Sé que por sus venas no corre sangre, corre puro rock. Que admira a Steve Vai, que por él se esfuerza cada día más en ser el mejor guitarrista posible, que admira a muchos otros rockeros, que sus alumnos lo aman porque le ven la pasión por la música, sobre todo la música rock, pero en general toda la música-música. Sé que tiene historias muy entretenidas del mundo del rock para quien las quiera escuchar, que lo de Pink Floyd y Syd Barret y Wish you were here es una de las tantas canciones que ellos le escribieron al compañero que jamás abandonaron, y otras muchas más historias sabrosas, incluida la cosa que Bach es quien fundó las bases musicales del rock, o algo por ahí. Como tengo un hermano rockero que me tortura hasta la náusea con ACDC y su Back in Black, a veces y para poder conversar con él, le planteo estos temas que mi amigo rockero me dice y así podemos conversar largos ratos con él acerca de eso, de Bach (mi hermano está de acuerdo con mi amigo rockero, mi hermano también sabe una enormidad de música, y es un agrado sublime conversar con él de Rush, de Iron Maiden, de Steve Vai, etcétera).

A mi amigo rockero lo tengo invitado hace muchos días a que venga a mi casa a alojar, porque él vive en Conce aún, y la idea es que aloje en mi casa. No es que sea mala onda ni egoísta, pero casi preferiría que mi hermano rockero en esa ocasión no estuviera, porque estoy segura que si pasa tal, ambos huevones se van a hacer amigos y van a tocar hasta las dos AM, uno con la guitarra de palo y el otro con la eléctrica, dejando resentidos a todos en el barrio o arriesgando una amable visita de la policía por ruidos molestos.

No es que no me guste el rock, a ratos me encanta, pero vivir con un hermano rockero que sólo escucha rock a una la pone de parte de The Chemical Brothers a ratos. O de la Rocío Dúrcal (No renunciaré, gran interpretación), hasta de parte del Pop a secas en inglés o en castellano, ponte tú Miranda! Que a mí, sin vergüenza alguna, me encanta. Ni a mi hermano ni a mi amigo rockero les va a gustar jamás de los jamases esa música, antes se declaran maricones y se visten de rosado y se dan besos en la boca en lugares públicos. Pero uno necesita desintoxicarse de tanto decibel a ratos, al menos yo. Ellos podrían estar todo el día déle que suene al rock en la radio y luego irse a tocar sin mayor drama, una tocata de tres horas, entre que escuchan a otros y ellos mismos tocan. Ambos son apasionados por la cosita esta del rock y no hay tu tía, es así. No les corre sangre por las venas, les corre puro rock. Del viejo y del nuevo, pero rock, puro rock, en castellano o en inglés (mi hermano escucha a veces ciertos grupos en castellano, como los míticos Tumulto, ni idea mi amigo), pero rock. Si no es rock, no vale.

Bueno, a mí la gente apasionada hasta este punto por una sola cosita me provoca una ternura infinita. Yo me puedo levantar y acostar hablando de literatura, de Bolaño, de Cortázar, de Chéjov (por Dios, qué abandonado lo tenemos a Chéjov y sus cuentos magistrales), de Quiroga, de la Jelineck, de Auster (grandísimo gringo, grandísimo entre los grandes, me importa una cueva que Fresán diga que no es un gran escritor, sino sólo un gran narrador, si es por eso, yo aspiro a ser una gran narradora entonces, y me guardo en el bolsillo mis aspiraciones a ser gran escritora). Yo puedo pasarme sin comer sólo por el placer de prolongar la conversación acerca de literatura. Incluso (pero ya no lo hago más, nunca más) puedo soportar a todo tipo de personajes retorcidos cerca de mí por un par de horas, o por un poco más de un par de horas. Todo con tal de hablar de literatura. Bueno, lo de los personajes retorcidos ya no va más. Mis amigos-amigos me quieren independiente que me hayan leído. Mi vecina mormona, por ejemplo, no necesitó leerme para quererme y admirarme (y creerme que soy escritora). Yo me cansé, sencillamente de ser invisible. Me cansé redondamente de demostrar que soy inteligente. Nunca he escrito para que la gente me quiera más, como la Pizarnick. A mí la gente me quiere por lo que soy, y punto. Y curiosamente los que más me quieren me han leído la nada misma. Me encanta que me lean, no les voy a mentir, pero a partir de cierta fecha de mi vida en adelante, creo que eso de tirarle perlas a los chanchos ya no me va. Como dijo Etxe, a propósito de pasarle o no pasarle a la Jelineck a un pretendido escritorcillo (sólo Etxe lo ha leído, yo no, así que ni idea si será verdad que escribe) “No hay nadie que se lo merezca leer, por acá al menos”. Bueno, Etxe, yo encontré a quien pasarle a la Jelineck, que no me gusta, pero que convengamos en que hay que leer. Un muchacho, un simple muchacho de un ciber, al que he hecho leer a Auster y otros libros que he podido conseguir. El muchacho entra este año a estudiar Ingeniería y yo a toda costa quiero que no pierda su vocación por plantearse las cosas no sólo desde los cálculos y la frialdad. Quiero que conserve esa parte, que deje de leer a J.J. Benítez y lea literatura-literatura. Creo que en este caso no le tiro perlas a los chanchos, el muchacho es inteligente, y opinó de Auster algo muy atinado, que me gustó mucho.

Mi amigo rockero tampoco toca como toca la guitarra para que la gente lo quiera o lo admire. A él se lo quiere aparte. Aunque no tuviera el talento que sin duda alguna tiene, yo lo querría lo mismo. No necesito escucharle un solo acorde, yo lo quiero igual. Ahí veo lo que me pase cuando le escuche, lo más probable es que le admire, si cabe, un poco más. Porque yo le admiro demasiado, demasiado ya. Y no por el rock que en su caso es su sangre. Le admiro su alma, su bello y puro bosque encantado. Su corazón de oro. Su sensibilidad de artista de apariencia dura, pero de interior límpido y perfecto, como el mejor y más perfecto acorde con la mejor caja de resonancia.

Sé que otras personas me lo admiran a mi rockero sureño. Que hasta tiene groupies, lo que me hace mearme de la risa. Groupies, por Dios. Esa cosita que la gente te rodee y te siga por el aura de irresistible qué sé yo que exhalas, me da entre risa y náuseas a estas alturas. Sirve para el ego, parece. Pero mi amigo está tan lejos del ego en su bosque encantado, en que pocos penetramos. Ahí está sólo él, y es un bosque. Y el bosque es calmo y está siempre en armonía. Y en el bosque nada agrede, ni nada importa. En el bosque hermoso que es mi amigo, uno simplemente es.

Yo, no sé si tengo “groupies”, pero tengo un pequeño grupito de gente que dice admirar lo que yo hago con las palabrejas. Muchas gracias, por favor aplaudan de nuevo, y más fuerte. Gracias. Me quedo con mis amigos, mejor. Aquellos que me aplauden, pues me lo tengo muy merecido, yo escribo bien. Aquellos que además de encontrar que escribo bonito, encuentran que soy una persona buena, soy una persona en la que vale la pena invertir un poco más, lo que sea, pues, esos son los que me importan. Y claramente, de esos casi ninguno escribe. Casi. Salvemos al señor M. que escribe y hasta escribe bonito, incluso muy bonito. Salvemos a la actriz que escribe maravilloso pero que dice que escribe feo, dejémosle que piense que escribe feo; total, la cosa es que ella escribe para sanarse y eso siempre es bueno, independiente de las circunstancias. El resto no escribe, el resto dice que escribe pero jamás me ha mostrado nada. O hace mucho que no me muestra nada. Salvemos a Etxe, sólo por Septiembre, cumbre inalcanzable del relato breve. Sólo por Septiembre, se salva Etxe. Y porque me quiere, también. Porque yo sé que me quiere, salvamos al Etxe. Pero no escribo para que me quieran. Me gustaría sentir que Etxe es capaz de quererme afuera del territorio literario, del “motín” con que las palabras se toman por asalto el barco en el que vamos. Repito, yo no soy la Pizarnick, a mí la gente me quiere. No es tanta la gente que me quiere (no tengo un séquito de personas fascinadas con el aura de infinito qué sé yo que exhalo sin querer), pero me quieren, independiente que sepan la trama de mi novela o no, o me hayan leído una sola línea. Me quiere por los panqueques que les hago. Por las roscas que les frío. Por las heridas sobre las que les pongo un parche curita. Por los exámenes que les ayudo a pasar, a fin de año. Por los vasos de agua con el remedio (joder, todo por un maldito vaso de agua) que me esmero en hacer llegar hasta ellos cuando están enfermos. Por los desayunos en la cama con que los atiendo cuando honran mi casa con su presencia (aunque sean amigos borrachos de mi hermano, it’s anyway). Por eso, y por otras cosas que yo encuentro naturales porque en mi mundo eso es cotidiano. Siempre es para los dos lados. Bueno, casi siempre. Cuando me doy cuenta que sostenidamente es sólo de un lado, ahí me planteo que no, que parece que no somos amigos. No doy para pedir de vuelta. Pero sí me canso de dar, eso sí. Y cuando me canso, me canso en serio, muy en serio. Y no sólo dejo de dar, sino que empiezo a herir. Por lo que casi es mejor alejarse en serio de mí.

Mi amigo rockero fue uno de los que en línea se enteró de esto de mi novedad en el mundo editorial, que es una luz de esperanza en este invierno largo en que vivo a ratos. Esa esperanza que me tiene escribiendo y entregando la novela muy luego a ser sometida a escrutinio, así, de verdad, por una editorial de verdad. En cuanto se enteró, se alegró tanto como si le hubiesen anunciado que su CD de rock ya está listo o que se está vendiendo como pan caliente en las disquerías. Se alegró tanto, que me di cuenta que era de verdad mi amigo, y que no lo decía por buena crianza, ni por fórmula social. Él es mi amigo, es una gran persona, además es un medio mino, es guapísimo y está soltero. Pero les ruego a las solteras de mi edad o menores, que se abstengan de tratar de seducirlo si no vienen con el alma pura y limpia. Mi amigo se merece el amor en grande, el amor de verdad, se merece nada menos que a una buena mujer, y punto. Mi amigo se merece todo el amor del mundo, y no se sorprendan un ápice si tamaño mino, tamaño talento, de pronto es alcanzable. Mi amigo es alcanzable, no es ningún divo. Es un artista, y espero de todo corazón que sea cada día más conocido, no sólo en Conce y a ratos en Santiago. Pero aunque sea más conocido y más famoso que su admirado Steve Vai, mi amigo es alcanzable. Ya dije, es muy fácil entrar a ese bosque encantado. Sólo hay que solicitar entrar con el alma pura y listo.

Me siento profundamente orgullosa que me haya escogido como amiga, no saben cuánto. Y presiento que mi libro y su CD van a salir más o menos al unísono. Y presiento que eso es muy, muy luego.

Larga vida al rock.

Que suene a todo chancho, que reviente los parlantes, que la gente se vuelva loca por esa música hasta el fin de los tiempos.

Que un estadio lleno al tope reciba con una ovación delirante a mi amigo, a mi gran amigo Star Rock. Que en primera fila esté mi hermano. No, mejor que mi hermano esté tras bambalinas, calentando los dedos y empinándose un güiski para darse ánimos, porque al menos en un pedacito, va a salir él también, acompañando a mi amigo. Porque si siento que mi amigo es mi hermano, tiene que tocar con ese otro loco, ese otro rockero que está a ratos en mi casa, aunque sea un temita. Ese otro loco al que siempre he admirado, aunque nunca jamás se lo he dicho, de puro estúpida que soy.

Viva el rock. Que viva a todo, todo chancho.

domingo, febrero 18, 2007

la niña que no tenía una vida


By Bro (my beautiful niece).

Tengo una sobrina que se llama Verónica, es muy bonita y ella solía tener una vida… o algo parecido.
Resulta que ella vivía en la pequeña localidad de Maipo-Buin, algo que por supuesto no existe, pero cualquier idiota que lo lee sabe a qué carajo me refiero. Ahí tenía amistades (no muchas, pero tenía) y vecinos; también gozaba de teléfono, Internet, y televisión por cable. Su colegio le quedaba muy cerca de su actual residencia, de manera que si ella no quería estar en el colegio decía que le dolía la guata, llamaban al papá y en cuestión de segundos ella estaba afuera tomando el colectivo o esperando micro. Además, si ella no tenía plata podía simplemente irse en micro (que no le cobraba nada).

Casi al frente de su casa vivía una niña muy amiga de ella, muy simpática, chillona y chistosa, con quién ella podía conversar si no tenía nada que hacer, ir para su casa, etc. En Maipo también vivía un cabro que iba un curso más arriba que ella y él la amaba, lo que le daba un poco de entretención a su vida, algo que hiciera su vida no tan aburrida.

Ahí, ella también gozaba de una maldita plaza, en la cual solían haber ferias artesanales en verano y borrachos tirados en invierno, lo cual también era muy emocionante.

Ahí había una maldita calle pavimentada, a la que se le hacían pocitas con la lluvia y en la cual se podía patinar en primavera. Había un montón de estúpidas y ridículas calles, por las cuales caminar bajo la lluvia en los días de melancolía e invierno.

A minutos de su casa vivían amigas de ella, estaba el McMierda, la plaza, la iglesia, todo, ¡Maldita sea!.
Hasta que un día, un personaje, sin mucho interés por las vidas de la gente con una vida, llamado común y cotidianamente "padre", pensó que sería una buena idea irse a vivir a "Ningún Lugar", que es casi lo mismo que la localidad de "Nada", que es muy parecido en cuanto a estructura al pueblito de "La Chucha" ("¿Dónde vives? En La Chucha"), que es lo mismo que Huelquén.

Bueno, ahí se mudó la pobre Verónica, sin Internet, ni TV por cable, ni asfalto, ni teléfonos, ni gente. Como pueden imaginar, este paisaje rural provocó fuertes cambios en la actitud de Verónica, ella cambió mucho. Ya casi no veía tele. Se dedicó a explorar el pequeño librerito familiar. En casos de aburrimiento extremo estudiaba. Apreció la naturaleza, etc.

Pero todo este repentino cambio para bien de ella la llevó a una sola maldita conclusión:
Apenas hablaba con sus amigos en vacaciones.
No se conectaba a Internet.
No sabía nada de música (por falta de MTV).
No tenía comunicación alguna con el mundo.

En conclusión, ella ya no tenía una vida.

Todo esto no le pareció tanto, ya que sin una vida, uno puede hacer todo lo que uno quiera. Comprendió que no tener una vida es en el fondo la plena felicidad y libertad de hacer lo que uno quiera con su tiempo, ya que si ella tuviera una vida, habrían otras personas involucrados con ella, y amigos, y hermanos, pero todo eso daba lo mismo por que ella NO-TENÍA-UNA-VIDA.

Hasta que un día estúpido de su no-vida su tía escritora le hizo notar que ella no era nadie. Y ella le dijo a su tía que escribiera una historia de ella para que la gente se acordara de ella, al menos de cuando era alguien y tenía una maldita vida… o algo parecido. La tía pensó que era demasiado FOME escribir una historia sobre alguien que no tenía una vida, por lo tanto la sobrina escribió su propia historia, lo cual es patético, pero es lo que los nadies sin una vida suelen hacer.

F I N

Moraleja: si te obligan a irte a vivir al campo o dónde hay demasiada naturaleza, simplemente no vallas, o tírate a un pozo, o pégate un tiro, ya que puedes arriesgarte a dejar de tener una vida y a dejar de ser alguien, y podrías terminar tomando bebida en frascos de mermelada y a jugar carta blanca todo el maldito día, y también pinball… y también podrías dejar de tener una vida. El no tener una vida y no ser nadie también incluye el no bañarse en semanas y usar el mismo pijama por esas semanas, en no hacer absolutamente nada, o simplemente a tirarse en un sillón (o futón, es de su preferencia) a no ser nadie. Como conclusión yo, Verónica, la sobrina, le aconsejo que se conecte a Internet frecuente y saludablemente, que tenga algo así como "amigos" (ya que olvidé el sentido de esa palabra, junto con el de la palabra "gente", "muchedumbre", "vida social", "vida", "amistad", "persona", y todo lo que tiene que ver con ser alguien en la vida!), tenga mucha "vida social" y así, probablemente, será alguien. Si por casualidad dejó de tener una vida realmente no le recomiendo ir a hacer amigos al centro de Everwood, ya que sólo conseguirá ser más patético aún y, lo que es más patético aún que eso, tendrá amigos sin una vida, con los que se podrán juntar a no ser nadie, lo cual es muy confuso, penoso y estúpido, deseche a sus amigos sin una vida, o simplemente hágales notar que no son nadie, para que se sumerjan en un mar de infelicidad y lo dejen a usted tranquilo.

Moraleja dos punto cero (Escrita por la tía escritora): Leer hace mal. Leer hace mal: uno puede coger una vida a través de tanta lectura, más aún cuando uno ya no tiene una vida y ya no es nadie. Leer hace mal, porque hace pensar cosas interesantes, y pensar cosas interesantes hace mal, en este mundo donde los adolescentes no piensan un carajo. Leer hace mal, uno puede súbitamente subir las notas y hasta demostrarle al mundo que uno nunca fue tarada sino que hasta es inteligente. Pero leer hace mal, por sobre todo, porque uno puede convertirse en escritor, incluso a su pesar. Si por casualidad usted es adolescente, hágale caso a la bella, bellísima Bro y tenga una vida (amigos, Internet, MTV, vida social y charlas insulsas). Pero si usted es adolescente y no tiene aún una vida, absténgase de leer a Capote, Chiyo-Uno, Cortázar, etc. Si, por casualidad, usted es adolescente y se aburre rematadamente en el verano no se le vaya a ocurrir bajo ningún motivo abrir un libro. Los libros son extremadamente peligrosos, sobre todo los libros que hacen pensar.

viernes, febrero 09, 2007

los mormones, el béisbol y mi vecina

Me caen bien los mormones, y me molesta profundamente la mirada llena de prejuicios con los que en Chile se los mira. Les voy a decir una sola cosa: no he conocido a ningún mormón mala leche, ni mala persona. Además, su religión no es lo que la gente habla, sin saber en general nada, pero nada de nada, de lo que es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No voy a entrar en detalles dogmáticos o ideológicos, porque la religión yo me la vivo desde otro lado, nunca desde el dogma, y a veces pálidamente desde la ideología, pero tampoco así.

Las primeras a las que tuve el honor de conocer, y en mi antiguo barrio, fueron a las Hermanas mormonas que me ayudaron con mi inglés, y me dejaron la grata confirmación que yo hablaba inglés, que hasta ese momento no lo sabía, pero que hablaba inglés. He olvidado casi todos los nombres de las demás Hermanas y Elders gringos que me han ayudado con mi inglés, pero jamás olvidaré a la hermana Smith, cuando me dijo, bueno, hablemos inglés y empezó a escucharme, tartamudeando y a trastabillones, y sin embargo en inglés. Nunca olvidaré la mañana en que sólo hablamos de baseball, en que les pedí que por favor refrescaran mi conocimiento del juego de pelota que en mi ciudad natal es padre y señor (Campeones Nacionales del jueguito por tantas veces consecutivas que ya ni sé bien). Strike one.

Bueno, ya había conocido a otra mormona, una mujer bellísima que es madre de un compañero de curso de mi hijo. Un día, así, sin venir a cuento, soltó que era mormona, y yo así me enteré de ello. En ese entonces, todavía no unía su maravillosa entrega y su dulzura, al hecho de ser mormona. Strike two.

Pero el Strike three sucedió cuando llegué a mi barrio y me recibió primero que todos ella, mi vecina de enfrente. Bueno, no fue de inmediato, pero desde siempre hubo una química así, genial, entre ambas. Pasó todo el verano, el otoño y el invierno antes que yo cruzara a esa casa y pidiera patudamente hablar con ella, preguntar si la podía ayudar en algo, al escuchar las desalentadoras noticias acerca de su salud entregadas por su marido. Soy profesional de la salud mental y de alguna manera no elegida por mí, mi experticia en la salud a secas pasa por el tema del dolor, por un manejo bastante atinado del dolor físico, que brindo cada vez que alguien cercano a mí lo necesita. Antes de esa ocasión nos habíamos pedido mutuamente muchos favores, lápices, témperas, cuadernos, libros, textos, kilos de harina, de azúcar, tarros de café sucedáneo, iban y venían en un intercambio natural y relajado entre ambas casas. Luego de eso, de esa vez en que entré a su casa por primera vez de manera más íntimamente, hemos ido acercando distancias de a poco. Los favores siguen siendo mutuos y basados en un concepto de solidaridad que es exacto para ambas. Yo no cuento los kilos de harina que “le debo”, ni ella la cantidad de páginas que le analizo, haciéndole resúmenes más digeribles de sus apuntes densos que le pasan para aprobar sus ramos en su universidad.

Yo quiero a toda costa que termine sus estudios y la aliento cuando la veo desanimada y a punto de tirar la esponja. “Don’t give up” le digo en mi mente, cuando la veo así, desesperanzada y acosada de problemas, de tantos problemas a veces que siento que se merece un aplauso por sólo mantenerse en pie todos los días. Sus compañeros de universidad la adoran, y era que no. Puede que le cueste entender conceptos demasiado abstractos, o que le cueste retener ciertas informaciones complicadas de esos apuntes retorcidos que les dan a leer. A cualquiera le costaría aprender estando tan interferido por problemas tan acorraladores a ratos. Pero ella es la mejor compañera, sin duda. Además, se planta frente al curso y deja boquiabiertos a los profesores que ni idea de dónde salió ésta que ni está en las listas del curso, cada vez que le toca disertar. Habla con total seguridad y se maneja perfecto frente al curso. Consigue la atención de todos los compañeros, y los deja a todos claritos en lo que sea que ella les explique. Además es tan patuda que es la delegada del curso, no va muy seguido a clases, ni siquiera está en las listas de curso, pero es la que ordena el gallinero y consigue el DataShow para el compañero que trajo una presentación en PowerPoint y no la puede presentar, arriesgando la nota más importante del semestre. Habla con el don de la palabra amable pero asertiva, golpea todas las puertas por sus compañeros, recorre todos los niveles del conducto regular y consigue para su curso todo lo que su curso necesita.

Ella es bacán-bacán.

La última imagen que retengo en mi corazón de ella y nuestra relación matrística, naturalmente matrística, fue lo de las bolsitas-transantiago. Ella se consiguió una cantidad de cajitas de esos folletitos con el mapita transantiago para componer la bolsitas que ahora inundan Santiago a última hora. Llegué a verla y la encontré así, rodeada de una maraña de folletos, mapitas, volantes, bolsitas, stickers redondos, y cajas que había que llenar a razón de 22,-22, 23- 23, 25- 25- 25- 25 de bolsitas transantiago atadas por un elástico. Eran las ocho de la tarde, y me quedé hasta las seis de la mañana ahí, metiendo el folletito, el volante, y el dichoso mapita en un orden establecido, así de esa forma y no de otra, en una bolsita de plástico que luego dejaba cerca de ella que sellaba, contaba y amarraba (22-22, 23-23, 25- 25- 25- 25), sellando así una caja lista. Eran varias muchas cajitas las que había que hacer, y le pagaban una miseria, así que por supuesto yo en ningún momento consideré que estaba trabajando. Yo estaba en un carrete (fiesta, Anto), un extraño carrete en que sin parar nuestras manos embolsaban, sellaban, abrían nuevas cajas buscando más mapitas (los famosos mapitas era lo primero que se nos agotaba), más folletitos, más volantes. Y nos reíamos. Yo aproveché de contarle a ella unos cuantos pasajes de mi vida que ella desconocía, me reí de mí misma hasta el dolor de estómago con una cierta historia con un señor cubano, en fin, fue un poema. La cosa se me puso rayuelística y empecé a encontrarle una poesía insoportablemente bella al acto sin sentido de rellenar bolsita tras bolsita. En un minuto abrí un mapita, así porque sí, porque ninguno de los tres que estábamos en esa, había tenido el tiempo de hacerlo, ni de leer lo que nosotros embolsábamos a full time para el resto de Santiago. Abrí el mapita y me puse cortaziana, me puse Etienne parece, porque me maté de la risa. A las cinco de la mañana, nadie entendía nada de nada, y me encuentro con una cosa así como:

F 02 Pje. Andino Cno. Internacional.

Oye, pero si esto está clarito como el agua, le dije. Lo di vuelta y más me dio risa. El mapa es un poema, eso sí que es un poema. Lo imaginé de inmediato pegado en mi pared, con una planchita de plumavit al otro lado, y lleno de alfileres de colores por todos lados, como los de las series y películas de policías que resuelven asesinatos en serie. Imaginé de inmediato un alfilerazo de un color lindo para pincharle la casa a cada uno de los que quiero en esta ciudad maravillosa. Imaginé también un alfiler de un color menos amable para pinchar a donde viven aquellos que no me caen muy bien. De pronto me imaginé Santiago lleno de manchitas, mis manchitas de colores. El colegio de mi hijo, pum, un alfiler. La casa de la Pom, otro alfiler, la casa de mi amiga Silvia, otro. El trabajo del señor M, otro alfiler. El depa de la bella psicóloga, pum, otro alfiler. La Biblioteca Nacional, otro alfiler. Luego, y con el tiempo, he desechado la idea de pinchar con colores menos amables a los que no me caen muy bien. Me dije para mí misma, mejor no, para qué.

Me llegó mi bolsita a mi casa. Yo la abrí para leer el folleto, porque no lo había leído, y la volví a sellar. La tengo selladita, y no la quiero abrir hasta que sea absolutamente necesario. Me robé un mapa que sobró de la repartija de mapas en bolsitas. En verdad no lo robé, yo no puedo robar. Me lo encontré en el suelo, y lo pedí para mí, y me lo dieron. Ahora está el mapita al lado mío, pegado en la pared, como el bello poema que es. Sobre él he ido pegando otros poemas, escritos por mí en otros momentos de mi vida. Incluso pegué sobre él una de las pocas tareas que mi hijo copió el año pasado en clases, en un cierto período muy negro para mi compañero poeta de casi diez años. Trata sobre las palabras, y me gusta. Por eso va con su letrita imperfecta y su métrica a su aire, pegado justo sobre el sector J.

Sobre el resto del mapa, he pintado un corazón sobre más o menos donde debiera de quedar la casa de mis amores santiaguinos. Mis amigos, si viven en Santiago, les aseguro que si no están tapados por un poema, están pintaditos con un corazón en el mapa-poema del transantiago.

Ahora ella, mi vecina trabaja para un señor explotador que me recuerda a cada rato la frase esa de Jesús, acerca del camello y el ojo de la aguja. Paga una miseria y los explota a ambos, a ella y a su muchacho “adoptado-allegado” que tiene en casa. Al menos a ella no la explota de esa manera tan física, pero igual no tiene un segundo para sentarse ni para relajarse. Al otro, al muchacho lo tiene descargando y elevando cajas a cada momento. Vende montones, gana increíbles cantidades al día, y sin embargo a ellos les paga un sueldo de hambre. Les prometió el sueldo mínimo pero les pide trabajar 56 ó 60 horas semanales para dárselos. Es decir, trabajar todos los días de la semana para ganar lo mismo que otros ganan sólo trabajando 46 horas, de lunes a viernes. Nos sentamos en la noche, cuando ella llega, a comentar lo muy mala persona que nos parece este señor. No nos sorprende que nadie dure en ese trabajo, el trato que les da sus empleados, aparte de ser extenuante, es a ratos humillante. Ella dice que se va a quedar hasta que logre hacer la plata de la cuenta de la luz, por lo menos. Y es una cuenta abultada, así que va a tener que trabajar a razón de poco más que un dólar por hora, por muchas horas. Anoche le dije a mi vecina:

- Voy a escribir en el blog acerca de este viejo c..., para dejarlo como las pelotas frente a todo el mundo virtual que me lee.

Pero en verdad, aparte de dejarlo mal a él, yo quiero dejarla bien a ella. (En verdad, y actualizando esto, ya dejó ese trabajo donde nadie dura más allá de una semana). Quiero decirle, una vez más, a ella, que yo pienso que Dios, cuando nos mira a ambas y las tonteras de las que nos reímos, se sonríe. Bueno, quizá a veces se tapará la cara con una mano y suspirará mirando hacia sus alturas, cuando nos ve. Pero yo creo, yo quiero creer que cuando nos mira, Dios sonríe.

Home run, y la gallada afuera del estadio vuelta loca para atrapar la bola, a ver si consigue entrar gratis a observar lo que pasa en el diamante (qué lindo jueguito, cielos, qué lindo jueguito, qué bello sonido el del bate dándole con un sonido seco a la bola).