la gente es rara, estamos claros en este punto. de partida, la gente habla de la gente y nunca se reconoce en ella. si hablamos de algún defecto de los chilenos, decimos: es que son muy sucios, la calle está llena de basura, la tiran por cualquier parte.
y ¿quienes son los que tiran basura por todas partes? pues, la gente. pero uno nunca dice "echamos la basura por cualquier lado", no, señores, uno jamás ha botado basura al suelo, jamás, en una carretera, menos que menos en un bus de transporte público. bueno, yo en serio no lo hago, tengo en mi mochila un bolsillo especial para la basura, le he enseñado a mi hijo que no tire basura, de hecho, él mismo la guarda en tal bolsillo.
ya.
la gente en los estadios es loca, desenfrenada, incluso delincuente. es cosa de mirar las imágenes que captan los noticieros, son verdaderas hordas paleolíticas tratando de imponerse frente al clan enemigo. bueno, yo no voy al estadio, justo por eso, o quizá porque es caro, y el fútbol en Chilito no es que digamos, brillante ni de alto vuelo.
a ver a la selección, iría quizá, pero ahí sí que sale caro, y en fin el trabajo, el hijo, los amantes, queda poco tiempo para ver fútbol en vivo, que me gustaría, pero es complicado.
la gente... tiene cosas muy malas, es cierto, pero es divertida, no sé, al menos en Chile, la gente es muy buena para la talla a flor de piel. talla es como un lance, no sé cómo describirlo, es un Think Fast, una respuesta verbal, al voleo, a una situación divertida o inusual. es una tentación demasiado grande no responder, no decirle algo a alguien, algo que nos hermana.
yo venía subiendo al metro, muy cansada, de la casa de Etxe, y me iba a sentar entre dos señores, les pedía permiso y uno nunca se corría para yo sentarme, bueno, me siento lo mismo, y justo el metro inicia su viaje, abruptamente quedo sentada sobre el señor que sí me estaba dando espacio para sentarme (el otro dormitaba sin enterarse de nada). sentada en sus piernas me vino un ataque de risa, pronto me recupero y me siento a su lado, pidiendo disculpas y riéndonos ambos del incidente. y ahí el caballero me dice "en todo caso, me han caído cosas peores encima".
la gente es divertida, buena para la talla, violenta, sucia, xenófona, etc. la gente es toda, entera, humana, y por tanto echamos sobre su concepto todo aquello que nos disgusta de la naturaleza humana, y así nos quedamos, como si nosotros mismos no fuésemos gente.
ah, pero la gente implica otro giro, otra semántica. la gente es lo correcto. sí, tal cual, lo correcto.
tráeme un sándwich como la gente. vístete como la gente. el concierto sonó como la gente.
cuando hablamos del estándar "como la gente" implica el mínimo de aprobación. si algo no es como la gente, es malo, mediocre, reprobable.
si es como la gente es, al menos, pasable, mínimamente aprobable.
incluso más, lo que es como la gente es bueno, correcto, adecuado. un clima como la gente, un escritor como la gente, una página web como la gente.
ah, y está también el concepto de "ser gente". que es como decir, decente. si alguien no es gente, pucha, es marginal, flaite (otro día me explayo en lo flaite que resulta ser como un cáncer en Chile a estas alturas), maleducado, inculto o grosero. ser gente implica saber comportarse como la gente (y aquí ambos conceptos hermanan). si alguien no es gente, simplemente no tiene valor como persona, como gente.
entonces la gente es lo peor, y sin embargo es lo correcto e incluso lo esperado socialmente. claro que ambos significados no se juntan jamás, quizá solo es estas reflexiones sin alcohol de mañana un día lunes lento, aunque como la gente, hay que decirlo.
y ustedes ¿son como la gente? ¿son gente?
¿o consideran que la gente es lo peor?
lunes, octubre 26, 2009
lunes, septiembre 28, 2009
amarillo
Escribo Amarillo, que es sobre los días amarillos, los días del Caco y yo, juntos, amándonos con tanto miedo, con tanto riesgo.
Escribo: los días eran amarillos porque eran tiempos de luz granular, que se partía en miles de granos que a su vez, se volvían a partir, y así, la luz era inmensa, amarilla, costaba dormir luego que el sol se levantaba lanzando sus granitos sobre nosotros.
Y escribí: nos separamos, más bien yo lo dejé, lo dejé, pero él no me dejó, nos encontramos siendo amantes sin sábanas; por falta de oportunidad o por falta de coraje, o quizá por un dejo de decencia no me volví a acostar con él, además, él se emparejó con ella, la Pito, y se puso serio, y hasta se enamoró, y diría que fue feliz, pero sin embargo, cuando nos encontrábamos a solas aún salían chispas de las chispas del sol, la luz granular y los días volvían a ser amarillos.
Y así, muchos años, muchos, él hablando maravillas de mí, yo haciendo un culto de él, mis amigas celebrando mi celebridad (andar con él era como andar con el Ché, o el subcomandante Marcos), la vida seguía y nosotros, desde orillas distintas, nos saludábamos, eventualmente, a veces compartíamos un cigarrillo (tabaco o mariguana o ambos), un café, un desayuno, un trago de cerveza.
Y de pronto estoy desnuda, él en mi cama, me duele, me duele lo que él me hizo o me hace, no recuerdo ni sé muy bien cómo es que llegamos a estar desnudos en mi cama, pero estamos, y él enciende un cigarro, fumamos, y me relata una historia que le pasó en el baño del Di Memo, un tío que le hizo sexo oral luego de mirarle el miembro descaradamente, un pobre mariconcito que le hizo lo primero que le hizo un hombre, porque luego, mucho después, se lanzó a la vida loca, cuando se descubrió homosexual, pero esa es otra historia, la que lo mató por borracho y caliente, o quizá lo mató la vida, porque era demasiado para esta vida, este Caco.
Y de eso escribo, y me desespero de pensar que quiero poner todo esto en mi blog, pero no tengo cómo sacarlo del computador infectado de virus, y no cualquier virus, es el más pérfido, el más tenaz, el más mortal, así que le escribo a ella, le digo, escribí, escribí, y quiero ponerlo en el blog, y termino re-escribiéndolo, lo que es decir, escribirlo de nuevo, de cero, con pequeños atisbos de los días amarillos, recordando la luz granular que se parte en más.
martes, septiembre 22, 2009
la patria-palabra
Ah, qué difícil escribir luego de leerle el blog a Larry Mejía, con su viaje de regreso a Colombia, aún allá en Caracas sufriendo lo indecible, no sólo saudade (nosotros sufrimos saudade crónica), sino una constante desadaptación a costumbres, falta de dinero, falta de agua, Larry, hermano, ¿cómo ayudarte?
Es difícil escribir, cuando uno se lo toma así el escribir, no como antes, que era en libertad, en completa identidad, ahora miro la palabra como es, desnuda y amenazante, fragante a herida recién hecha, sangrante, abierta. La palabra es nuestra patria, nuestra única patria, dijo Larry, dije yo, dijeron tantos, es cierto, vivimos en la palabra, somos palabra y casi nada más, la palabra es nuestro puerto y nuestro naufragio, nuestro alimento, nuestra sal, nuestra miel, nuestro norte, sur, centro. El lugar del que jamás salimos, la palabra.
Y es bello hablarlo con Larry desde Venezuela (¿qué coño haces allá, man?), en nuestro español mestizo, nacido de la espada y del maíz, de la cruz y del zapallo, la palabra acá es morena, tiene ojos enormes que miran con recelo, cuando no con resentimiento, es morena la palabra, aunque nosotros seamos blancos y desabridos, llevamos la piel morena por dentro, y con “se me van los pies”, no sólo se nos van los pies sino la cintura, la cadera, y los hombros, también, todo se nos va en ese ritmo desde Perú, con Mama África enlazada desde siempre en sus morenos labios.
Larry desde Venezuela sin agua (traté de mandarle una par de nubes, pero no se pudo, las nubes se me llovieron antes de salir de Santiago conmovidas por la capa de smog que nos asfixia ahogando los juegos de nuestros párvulos y dando una mala agonía a nuestros abuelos). Yo desde Santiago, con amor a raudales, deseada, deseando, amando con un poco más de relajo que antes, en una burbuja de paz en la cervecería nuestra con Etxe, paseando por la Moneda con Los Jaivas cantando Sube a nacer conmigo hermano, en mi barrio, en mi casa, mi cama, un bus rural, un tren, un paisaje en Paine, la soledad del campo acogiendo nuestros besos.
Y Larry, siempre ahí para mí contestando mis mails de inmediato y acogiendo mi ansiedad, haciéndome sentir menos bicha rara con sus comentarios, qué bueno que existes, Larry, hermano, qué bueno que eres generoso, y qué mal que estés en esas condiciones, pero bueno, algo bueno sale de todo esto, tu blog florece en primavera, se llena de cogollos, de brotes, de frutos tempraneros, yo acá saco banderas para celebrar que se fue el invierno y su muerte, y sus cinco grados bajo cero (y yo sin ella, sin tener cómo abrazar su fría piel sedienta de mi calor), el invierno y sus interminables días de lluvia, lluvia helada, encima, porque podría ser como en el sur, que llueve tibio (¿o es que hace tanto frío que por contraste uno siente las gotas tibias?). Se fue el invierno, menos mal, llega la primavera:
«…Levántate, amada mía,
hermosa mía, y vente.
porque, mira, ha pasado ya el invierno,
porque, mira, ha pasado ya el invierno,
han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra,
Aparecen las flores en la tierra,
el tiempo de las canciones es llegado,
se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra…”
Llega la primavera, y no es maldita esta vez, los gatos se aman a desgarradores maullidos sobre mi techo, rodando enervantes sobre mi descanso y mi amor, todo huele a septiembre, el aire se llena de volantines, y mi alma se eleva por el continente y una punta toca Larry, donde sea que se encuentre, y espera que le haga el favor de comentarme el blog (me lo debe, man).
Y por acá comienzan los festejos por nuestro bicentenario (qué nación más joven somos, apenitas doscientos años, qué vergüenza frente a los europeos, que arrastran consigo miles de años de cultura), y el festejo es popular, en la casa de gobierno, con artistas que sentimos de todos, con canto, con baile, con vino, con payas, con el alma limpia y fresca.
En un instante, más actualización a este blog.
Gracias por leerme.
Quedo suya, hasta siempre.
La que escribe.
lunes, septiembre 07, 2009
Chinoy.
La convocatoria era de Manuel García, y otros, Camila Moreno incluida. La idea era reunirse en torno a lo mapuche: protestar por el trato hacia los dirigentes mapuche, juntar dinero y alimentos para los niños mapuche.
Yo sólo sabía que iba a cantar Chinoy, y que desde hace meses que lo quería ver en compañía de mi Etxe, ojalá con Verita también, para que se conocieran entre ellos y tener a mis dos amores reunidos por fin.
Llegamos con Etxe de los primeros, consultamos al guardia del cerro que nos dijo que subiéramos. Subimos pero no llegamos a nada, es decir llegamos pero no había nada, ni llegaba nadie más. Luego fueron llegando, a pie la mayoría, otros en auto, las chicas todas naturales, pelos lacios o ensortijados, con lanas, bototos, los hombres de negro, abrigados todos, en torno a los paraguas exigidos más que nunca.
Ya era la hora, y no se sabía nada, se asumía que no iba a hacerse, que seguro la lluvia lo echó abajo. Empezamos a conversar con los demás, todos estábamos en lo mismo, ninguno quería renunciar a la posibilidad de verlos, de escucharlos.
Entonces apareció. Una camioneta blanca, con tres tipos encima. Bajo la lluvia que en ese minuto caía con fuerza. Y eran ellos, los lindos. Venían bajo la lluvia, con sus guitarras, su cuatro, su bombo. Manuel García dijo: hay concierto, y antes se hará un ritual mapuche. Nos volvió el alma al cuerpo.
Yo ya estaba empapada, los pies me rezumaban, el viento me cortaba la cara, tiritaba a ratos pero no aflojaba en mi afán por escuchar, sobre todo a Chinoy. En persona, directamente, a un metro de mí, humilde y quitado de bulla, uno no se puede creer que ese menudo cuerpo contenga a tan feroz animal poético, al nuevo trovador chileno, es como imaginar que en un átomo quepa tanta energía, pero así es. Él es Chinoy, el que anda con la guitarra en ese estuche duro, el que anda con esa chaqueta fashion, y esos bluyines ajustados a sus piernas delgadas.
El ritual mapuche fue mágico, lo que es ser redundante, para mí todo lo mapuche lo es, partiendo por el mapuduzún. El agua caía con más fuerza cuando el machi decía ciertas palabras, la naturaleza entendía su lenguaje ancestral, y nosotros íbamos girando a la izquierda saludando los cuatro puntos cardinales.
Luego pasamos al concierto, a plena lluvia, plena, plena lluvia. Empezó Manuel. Mientras, unos pocos se afanaban en prender una fogata, Etxe se reía de sus intentos “¿fuego bajo la lluvia? Jamás”. Pero sí, si fue, se encendió una inmensa fogata en el centro, mientras Manuel cantaba junto a nuestras voces Témpera. Luego vino él. Chinoy empezó de inmediato con esa voz tan única, exigida, casi punk, totalmente marca personal e intransferible. Y qué decir de las letras. No dejaba de sorprenderme la cantidad de gente, éramos pocos al principio pero fuimos creciendo, alrededor del fuego eran tres vueltas por lo menos, al menos 100, todos escuchando de primera mano todo.
Camila Moreno era quizá la más entusiasta, la que más cantó sin paraguas, encorvada sobre la guitarra sacándole notas y rasgueos increíbles al instrumento. Camila, Manuel, Chinoy, y al final una chica llamada Fabiola que tocó “un rap con guitarra”.
Manuel y Camila tocaron canciones nuevas, Manuel a capella, con nuestras palmas apoyándole, Camila con guitarra. Artistas sencillos de música nada de sencilla, con entrega inconmensurable al momento único que se formó entre los que asistimos.
Van a pasar los años y no lo olvidaré, jamás. No creo que ninguno de los que fuimos, incluyendo a los artistas, lo olvide. Yo estuve ahí, fue como estar viendo a la Violeta Parra, como viendo a Víctor en vivo y directo, como lo hicieron aquellos privilegiados en esos años mágicos en que Chile se soñaba con guitarra campesina y proletaria.
Luego la despedida, hora y media luego de empezar a empaparnos, fue con Víctor Jara, Amanda corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel…
Es tan lindo que me esfuerzo por explicarlo, y no me alcanza la palabra. Lo escribo porque no me cabe en el pecho, como casi todo lo que escribo. Cómo me hubiese gustado que hubieran estado ustedes ahí, conmigo y Etxe, mojándose del agua y mojándose del canto, Canto Nuevo-Nuevo, maravilloso, chileno, nuestro.
domingo, julio 26, 2009
el dulce nombre de mi hijo
Ella murió. La prima paralela de mi madre, murió. Mi madre me avisó que ya no había nada que hacer, que estaban simplemente esperando. Hace un mes o más, me avisó. Luego, llegando al norte, me dijo, “murió …” y pronunció su nombre- se llamaban igual, recuerden.
Así que ahora queda solo mi madre con ese nombre.
Así que ahora queda solo mi madre con ese nombre.
Nombre, nombres. Bauticé a mi hijo este año. Fue una decisión valiente, una bonita forma de echarme encima un caudal extra de estrés, de perderme de mí misma a ratos, de tener que coordinarse con los de allá y los de acá, de sentir que hablo pero no se me escucha (es justo decir que se me habla y yo no entiendo a su vez; o peor aún: escucho, pero no entiendo o entiendo al revés).
Fue ahí cuando vino mi madre y por primera vez, en muchos años fue una bendición tenerla conmigo, a pesar de los roces que tuvimos.
Hicimos dulces. Ese fue nuestro compromiso con la fiesta. Yo me embarqué en un torta mil hojas, la segunda de mi vida, que sin mi madre no hubiera jamás logrado sacar adelante y que me quedó maravillosa, además de monstruosamente gigante. Como cinco kilos, más menos, calculo, la cosa obesa, dulzona y espectacular, coronada por cinco palomitas de azúcar.
Además nos tiramos con la empresa de hacer repollitos, eclaires, o profiteroles. Les nombré todo el rato con esos tres nombres, aunque en estricto rigor, eran repollitos, no más, redonditos, crujientes, rellenos luego con manjar unos pocos y con crema pastelera los más. Y comprendí cómo mi madre nos llenó el alma de dulce en nuestra infancia. Cómo, para cada cumpleaños nuestro ella no sólo hacía la torta sino que además, un montón de otros dulces: roscas (fritas), cachitos rellenos con manjar, alfajores (de los que son como hojarasca), y los repollitos.
Mientras cocinábamos le iba preguntado cómo lo hacía para hacer tanta cosa. Recuerdo que ella se encerraba en la cocina, a cierta hora y ya no dejaba que entráramos, sobre todo a mi hermana que adoraba chupar la masa cruda del bizcocho, costumbre que traspasó (no sé si por aprendizaje o por carga genética) a sus dos hijos que ahora vienen a comerse la masa cruda de mis galletas y de todo aquello que de dulce se haga allá en su casa o en la mía.
Sin embargo, los famosos repollitos no los hacía siempre, según ella una vez cada tanto, o los hizo un par de veces. Yo recuerdo esos repollitos, sin embargo, y me sentí la más ruda de las rudas de la historia de la repostería cuando vi que los míos inflaban y se doraban en mi propio horno, y comprobé la maravilla de verlos cocidos y crujientes pero huecos por dentro. Es una cosa maravillosa, simplemente. Hacerlos es todo un procedimiento mágico, un proceder de cierta forma, con un respeto al cálculo y al proceso, no apto para gente impaciente o poco detallista.
Conversábamos con mi madre, antes, durante y después, lo de los repollitos. ¿A quién se le habrá ocurrido hacerlos por primera vez? ¿Qué chef o cocinero ocioso o goloso descubrió que la masa inflaba quedando hueca si se procedía de esa forma? ¿Quién fue el primero? ¿O habrá sido una serie de inventos, paralelos o concatenados?
Las recetas de mi madre están conmigo en una bolsa que trata de preservarlas, pero que ya está siendo insuficiente. Me he decidido a copiarlas y ojalá, hacerlas al menos una vez para saberle el detalle que no se dice en esos papeles desvaídos. En medio de las recetas, donde se mezclan las letras de mi madre, algunas tías, algunas amigas de mi madre, mi propia letra, encuentro la letra de mi padre. Sé que ese papel anda ahí, sé porqué mi madre lo conserva, sé que significa, y me dan ganas de enmarcarlo. Quiero traspasar todas las recetas para que mi madre pueda por fin recuperar esos papeles, junto con el papel de mi padre. Me encanta asistir a ese amor eterno, saber que ella aún lo ama, que aún le duele su ausencia a ratos, que ese papel habla por mi padre, diciéndole aún cómo la amó, y cómo aún la amaría de estar vivo.
De a poco lo voy haciendo, transcribirlas. Algunas hay que adivinarlas, como los tipos de CSI, buscando el rastro de una tinta que se desvaneció, imaginando lo que no se puede leer, suponiendo que son cucharadas y no cucharaditas de esto o lo otro. Es entretenido, pero es complicado. Me suena a lo que un amigo en otro país me dijo que hacía al recuperar unos documentos en castellano antiguo. Algo realmente poco útil, pero que en una de esas, sí es útil…
Yo acá recomienzo con mis galletas que se convierten en alfajores. Vendo algunas y algo de dinero hago. Son las galletas Pigú que envié hace algún tiempo a varios de quienes me leen, donde requeríase de un idiota enfurecido. Ahora he simplicado la receta, simplemente uso azúcar morena y al idiota, si está, le pido ayuda con otras cosas, o hago yo de idiota todo el rato mientras las hago cantando muy feliz. Es triste poder hacerlas ya sin idiota, es decir, sin chancaca (el idiota era para rallar la chancaca, pero resultó que era más simple e igual de caro comprar azúcar morena y olvidarse de todo). Pero business are business, así que siendo ricas (y en verdad, lo son), y sobre todo, vendiéndose, no hay problema.
Y emprenderé luego otras recetas, es decir, inventaré unas nuevas. Con avena, y el difícil camino sin azúcar. Hacer dulce sin azúcar, en cualquiera de sus versiones, o miel, es algo que me conflictúa, pero me exige.
Fue lindo lo del bautizo. Fue lindo tenerla a mi madre, cocinar codo a codo con ella, recuperar el nombre de mi hijo, consolidándolo en ese ritual para mí imprescindible, rodeado de esa cantidad de estrés, de un dulce y empalagoso estrés. Conservo una palomita de azúcar aún conmigo, las otras las regalé a los que ayudaron en la fiesta, a los padrinos que se sacaron los zapatos trabajando y poniendo dinero para la fiesta del nombre de mi hijo, mi madre, obvio, y otros amigos.
Acá les dejo, rodeada de recetas, creando otras nuevas, esperando que regrese el recientemente sacramentado de sus vacaciones de invierno con su padre, sumida en una saudade sin precedentes, esperando que con el crío regrese la calma de los días normales, abrigándome…
P.D. El papel de mi padre dice Cumpleaños Feliz y salen dibujadas unas notas musicales a los lados y arriba. Sobre ese papel le dejó, hace mucho, un reloj, en la madrugada de su cumpleaños, antes de partir a trabajar.
domingo, mayo 31, 2009
El hilo, la aguja, y el dedal.
Las historias de mis relatos, a veces, son mucho más entretenidas que los relatos en sí. Me pasa, desde que más o menos empecé a escribir relatos largos, cortos o muy cortos, que me encuentro con ellos en la cara. Escribí, por ejemplo, lo de Cuba (que en verdad podría haber sido cualquier otro país, pero se me dio Cuba no por joder, sino en homenaje a las múltiples noches escuchándoles la nostalgia a mis amigos cubanos).
Ahí puse eso de la abuela y el protagonista, y en general de toda la familia que lo trataba como si lo hubiesen dejado de ver apenas ayer, y no hace veinte años, de la natural comodidad casi instantánea. Eso ya lo conté en El factor Cuevas. Pero no conté que mi madre y su prima paralela no sólo llevan los nombres iguales (mismo nombre, mismo primer apellido), y se llevan por un año o dos, sino que ambas, en la juventud, se dedicaron a lo mismo: hacer costuras. Coser, con máquina, en el tiempo en que la gente no compraba mucha ropa hecha, sino más bien la mandaba a hacer según modelos de revistas, o según su propio diseño.
Mi madre dejó de coser cuando se casó. A veces cosía para nosotros, recuerdo que yo usé ropa hecha por ella. Recuerdo haber jugado con la máquina de coser, haberle cosido a mis muñecas o algo así. Recuerdo lo jodido que era enhebrar la aguja de la máquina. Recuerdo la máquina para hacer ojales, que me era prohibida, y por lo mismo, deseada hasta el extremo que igual la abría, y revisaba, para dejarlo todo en su lugar, sin que mi madre siquiera se enterara, pero nunca le encontré la gracia, hasta que pude ver a mi madre usándola. Recuerdo las huinchas de medir, los alfileres, la puntada atrás, el pespunte, la basta, el corte al bies, el comienzo y el remate sin nudo. Muchas de esas cosas las debí aprender en la enseñanza básica o media (primaria o secundaria). De hecho en enseñanza media debí de hacer a mano una camisita para un bebé. Creo que me quedó, lo que en sí es un milagro de paciencia y constancia, porque a pesar de la carga genética a favor de las agujas e hilos, yo no heredé de mi madre la prolijidad en la puntada ni la paciencia para pasar el hilo sin que se me anudara cada tres puntadas. Yo sé coser a mano, claro. O más bien “pego las cosas con hilo”, pero la estética no es parte del contrato. Le echo la culpa a los hilos, los de antes no se anudaban de cualquier nada, como los de ahora.
La prima paralela de mi madre, en cambio, no se casó, y siguió cosiendo. Ahora está grave en un hospital en Valparaíso, su sistema respiratorio está fallando. Mi madre dice que es por las fibras de las telas e hilos que fue absorbiendo en sus pulmones, de tantos años de coser. Yo me sorprendo y pienso que quizá tenga razón, y que menos mal que mis padres se casaron finalmente, luego de trece años de noviazgo.
Hace ya casi cinco años, la circunstancia que hizo que yo concibiera la historia de Becca, con Fernando incluido, partió por una conocida mía, madre de un compañero de curso de mi hijo, que trabajaba en su casa, y estaba muy ocupada a ratos, espantosamente ocupada. Ella cosía o cose. Entré a su casa y fue recordar de golpe: las tijeras, las huinchas de medir, los retazos, hilo, agujas. Ella sí que tenía gran demanda, usaba una máquina para coser poleras (camisetas, remeras), polerones, chaquetas, y pantalones deportivos, para los colegios de su sector. De vez en cuando, además, debía de hacer los trajes que le encargaban para las galas artísticas o de gimnasia, o las celebraciones propias de septiembre, donde cosía para un curso veinte pantalones blancos, veinte faldas negras con cintas verde, amarillo y rojo, veinte pañoletas, veinte chalecos, etc.
En medio de uno de los días de estrés de esta mujer, yo concebí el comienzo de Becca, por casualidad, por rebote, en mi mente ociosa. Ayudó el hecho de ser ella madre de un niño un poco mayor, el que dio origen a Fernando y la historia de Becca. Todo en Becca es ficción, cosa que a Antonio-Granada le costó enormidad asumir (sobre todo Becca, que no soy yo, aunque se me parece a ratos), excepto un personaje, Julius, que en verdad existe en mi vida, y al que adapté para que también fuese el psicoterapeuta de Becca.
Concebí lo de Becca (no sé porqué, aún resguardo ese nombre para mi novela, aún no me atrevo a decir en voz alta el nombre verdadero) durante el final de 2004, y desde el 8 de febrero de 2005 hasta más o menos, el 8 de febrero de 2007, la escribí. Eso no quiere decir que durante 2005 y 2007 no la haya concebido, pensado, pero la mayoría de lo que escribí lo “hamaqueé” antes. Escribir esa novela, que ya no me gusta, que no quiero arreglar (porque siento que no se puede, además), en un principio, fue algo hermoso en mi vida, sentirme embargada de inspiración, sentir que estaba atrapada por un tema, sentir que lo podía escribir… todo eso fue hermoso. Pero ese tiempo estuvo plagado de contratiempos materiales y espirituales, y sobre todo un gran quiebre en mi interior. Dejé de creer en mí, o dejé que otros dijeran, una vez más, de lo que soy capaz, y sobre todo, de lo que no soy capaz, y me adscribí a esa definición. Creo que pensar hoy en Becca me llevaba siempre al abismo de recordar ese quiebre.
Hasta que hace un par de semanas debí de buscar un dedal para arreglarle la chaqueta a mi hijo. Debía de coser velcro y no podía a mano, sin un dedal, es decir, podía pero a duras penas, con mi dedo dolorido y encallecido. Donde vivo, se supone que hay bazares donde se podía comprar un dedal, pero recorrí los más cercanos a mi casa y no, habían tenido pero ya no. Así me fui alejando cada vez más de mi casa, hasta que llegué a un bazar donde la conocí.
La señora Emilia es una especie de paralela de mi amiga costurera en cuya casa, y de rebote, empezó a gestarse Becca. Es paralela porque, obvio, también cose (me habló porque me vio tratando de comprar un dedal, y me ofreció generosamente el suyo, prestado). Es paralela porque también tiene dos hijos. Es paralela porque tampoco se casó con el hombre de su vida, padre de sus hijos. Mientras la escuchaba, e iba sacando la cuenta de la similitud en ambas historias, yo no cabía en mí de la impresión.
Me acordé de Becca. Pero no me acordé de la novela, ni me acordé de lo mal que lo pasé escribiéndola. Me acordé de cuando comencé a escribir esa historia que se me fue complicando en el camino. Me acordé del momento numinoso en que me dejé llevar por el impulso siempre frágil de creer en mí. Me acordé que escribo porque me gusta. Me acordé que un tiempo, escribí en peores circunstancias…
Me acordé que escribo para que me lean. Me acordé que tengo lectores, pocos, pero los tengo. Me acordé de Antonio, de la srta. actriz, de Etxe ex Nadie, del señor M., me acordé de Xavier. Me acordé de mi sobrina, que también tiene un blog.
El dedal es mío, la señora Emilia me lo regaló. No es cualquier dedal, es un dedal de los buenos, de los que ya no se hacen. Me lo regaló porque dijo que ella ya no cosía a mano, que siempre odió coser a mano. Ahora lo tengo conmigo, en casa, el dedal, y de a poco, iré cosiendo y zurciendo una serie de trabajos pendientes, en los tiempos muertos de mi vida. Me meteré a coser en la cama, mientras hilvano una serie nueva de historias, que desde hace mucho quería escribir. Iré cosiendo con mi puntada dispareja, mientras le doy en mi cabeza a esta nueva serie, que de hecho, pugna por salir de mí hace un buen tiempo.
Es bueno acordarse, de vez en cuando, de quién uno es, partiendo por acordarse qué es lo que más nos gusta hacer, qué es lo que nos apasiona.
Ahí puse eso de la abuela y el protagonista, y en general de toda la familia que lo trataba como si lo hubiesen dejado de ver apenas ayer, y no hace veinte años, de la natural comodidad casi instantánea. Eso ya lo conté en El factor Cuevas. Pero no conté que mi madre y su prima paralela no sólo llevan los nombres iguales (mismo nombre, mismo primer apellido), y se llevan por un año o dos, sino que ambas, en la juventud, se dedicaron a lo mismo: hacer costuras. Coser, con máquina, en el tiempo en que la gente no compraba mucha ropa hecha, sino más bien la mandaba a hacer según modelos de revistas, o según su propio diseño.
Mi madre dejó de coser cuando se casó. A veces cosía para nosotros, recuerdo que yo usé ropa hecha por ella. Recuerdo haber jugado con la máquina de coser, haberle cosido a mis muñecas o algo así. Recuerdo lo jodido que era enhebrar la aguja de la máquina. Recuerdo la máquina para hacer ojales, que me era prohibida, y por lo mismo, deseada hasta el extremo que igual la abría, y revisaba, para dejarlo todo en su lugar, sin que mi madre siquiera se enterara, pero nunca le encontré la gracia, hasta que pude ver a mi madre usándola. Recuerdo las huinchas de medir, los alfileres, la puntada atrás, el pespunte, la basta, el corte al bies, el comienzo y el remate sin nudo. Muchas de esas cosas las debí aprender en la enseñanza básica o media (primaria o secundaria). De hecho en enseñanza media debí de hacer a mano una camisita para un bebé. Creo que me quedó, lo que en sí es un milagro de paciencia y constancia, porque a pesar de la carga genética a favor de las agujas e hilos, yo no heredé de mi madre la prolijidad en la puntada ni la paciencia para pasar el hilo sin que se me anudara cada tres puntadas. Yo sé coser a mano, claro. O más bien “pego las cosas con hilo”, pero la estética no es parte del contrato. Le echo la culpa a los hilos, los de antes no se anudaban de cualquier nada, como los de ahora.
La prima paralela de mi madre, en cambio, no se casó, y siguió cosiendo. Ahora está grave en un hospital en Valparaíso, su sistema respiratorio está fallando. Mi madre dice que es por las fibras de las telas e hilos que fue absorbiendo en sus pulmones, de tantos años de coser. Yo me sorprendo y pienso que quizá tenga razón, y que menos mal que mis padres se casaron finalmente, luego de trece años de noviazgo.
Hace ya casi cinco años, la circunstancia que hizo que yo concibiera la historia de Becca, con Fernando incluido, partió por una conocida mía, madre de un compañero de curso de mi hijo, que trabajaba en su casa, y estaba muy ocupada a ratos, espantosamente ocupada. Ella cosía o cose. Entré a su casa y fue recordar de golpe: las tijeras, las huinchas de medir, los retazos, hilo, agujas. Ella sí que tenía gran demanda, usaba una máquina para coser poleras (camisetas, remeras), polerones, chaquetas, y pantalones deportivos, para los colegios de su sector. De vez en cuando, además, debía de hacer los trajes que le encargaban para las galas artísticas o de gimnasia, o las celebraciones propias de septiembre, donde cosía para un curso veinte pantalones blancos, veinte faldas negras con cintas verde, amarillo y rojo, veinte pañoletas, veinte chalecos, etc.
En medio de uno de los días de estrés de esta mujer, yo concebí el comienzo de Becca, por casualidad, por rebote, en mi mente ociosa. Ayudó el hecho de ser ella madre de un niño un poco mayor, el que dio origen a Fernando y la historia de Becca. Todo en Becca es ficción, cosa que a Antonio-Granada le costó enormidad asumir (sobre todo Becca, que no soy yo, aunque se me parece a ratos), excepto un personaje, Julius, que en verdad existe en mi vida, y al que adapté para que también fuese el psicoterapeuta de Becca.
Concebí lo de Becca (no sé porqué, aún resguardo ese nombre para mi novela, aún no me atrevo a decir en voz alta el nombre verdadero) durante el final de 2004, y desde el 8 de febrero de 2005 hasta más o menos, el 8 de febrero de 2007, la escribí. Eso no quiere decir que durante 2005 y 2007 no la haya concebido, pensado, pero la mayoría de lo que escribí lo “hamaqueé” antes. Escribir esa novela, que ya no me gusta, que no quiero arreglar (porque siento que no se puede, además), en un principio, fue algo hermoso en mi vida, sentirme embargada de inspiración, sentir que estaba atrapada por un tema, sentir que lo podía escribir… todo eso fue hermoso. Pero ese tiempo estuvo plagado de contratiempos materiales y espirituales, y sobre todo un gran quiebre en mi interior. Dejé de creer en mí, o dejé que otros dijeran, una vez más, de lo que soy capaz, y sobre todo, de lo que no soy capaz, y me adscribí a esa definición. Creo que pensar hoy en Becca me llevaba siempre al abismo de recordar ese quiebre.
Hasta que hace un par de semanas debí de buscar un dedal para arreglarle la chaqueta a mi hijo. Debía de coser velcro y no podía a mano, sin un dedal, es decir, podía pero a duras penas, con mi dedo dolorido y encallecido. Donde vivo, se supone que hay bazares donde se podía comprar un dedal, pero recorrí los más cercanos a mi casa y no, habían tenido pero ya no. Así me fui alejando cada vez más de mi casa, hasta que llegué a un bazar donde la conocí.
La señora Emilia es una especie de paralela de mi amiga costurera en cuya casa, y de rebote, empezó a gestarse Becca. Es paralela porque, obvio, también cose (me habló porque me vio tratando de comprar un dedal, y me ofreció generosamente el suyo, prestado). Es paralela porque también tiene dos hijos. Es paralela porque tampoco se casó con el hombre de su vida, padre de sus hijos. Mientras la escuchaba, e iba sacando la cuenta de la similitud en ambas historias, yo no cabía en mí de la impresión.
Me acordé de Becca. Pero no me acordé de la novela, ni me acordé de lo mal que lo pasé escribiéndola. Me acordé de cuando comencé a escribir esa historia que se me fue complicando en el camino. Me acordé del momento numinoso en que me dejé llevar por el impulso siempre frágil de creer en mí. Me acordé que escribo porque me gusta. Me acordé que un tiempo, escribí en peores circunstancias…
Me acordé que escribo para que me lean. Me acordé que tengo lectores, pocos, pero los tengo. Me acordé de Antonio, de la srta. actriz, de Etxe ex Nadie, del señor M., me acordé de Xavier. Me acordé de mi sobrina, que también tiene un blog.
El dedal es mío, la señora Emilia me lo regaló. No es cualquier dedal, es un dedal de los buenos, de los que ya no se hacen. Me lo regaló porque dijo que ella ya no cosía a mano, que siempre odió coser a mano. Ahora lo tengo conmigo, en casa, el dedal, y de a poco, iré cosiendo y zurciendo una serie de trabajos pendientes, en los tiempos muertos de mi vida. Me meteré a coser en la cama, mientras hilvano una serie nueva de historias, que desde hace mucho quería escribir. Iré cosiendo con mi puntada dispareja, mientras le doy en mi cabeza a esta nueva serie, que de hecho, pugna por salir de mí hace un buen tiempo.
Es bueno acordarse, de vez en cuando, de quién uno es, partiendo por acordarse qué es lo que más nos gusta hacer, qué es lo que nos apasiona.
lunes, marzo 02, 2009
volver
odio profundamente los virus, malditos bichos. los odio porque me infectan cada vez mi pc o el de mi crío. me impiden escribir el blog, porque lo hacía desde mi casa, en calma, jamás en línea. pero es tanta la cosa por escribir este pobre blog casi muerto de hambre, que hoy por vez primera lo hago pagando no sé cuánto la hora, en línea, mientras debiera de estar pensando en cocinar el almuerzo para recibir a mi hijo en su primer día de clases de este año.
lo hago además en contra de toda previsión ortográfica o de tipeo, así, a sangre pato, aunque mis malditos amigotes dicen que soy la R.A.E. en persona y supongo que es cierto, pero el tipeo, la falta de sueño, la pantalla, invitan a equivocarse a ratos.
imagino lo que le ha de pasar a los pobres parroquianos de este bloguito en cuanto les mande un mail avisando "hey, chicos, increíble pero hay una nueva entrada". seguro la señorita actriz ha de decir, "chucha, menos mal, ya casi te daba por muerta", el Anto en Granada no sé, no imagino qué dirá (me odia y me ama en cuanto a mi escritura, me alaba y luego despotrica, pero es igual, me sigue y me es imprescindible). Exte no va a decir nada, media novedad, Etxe NUNCA dice nada cuando me lee, amparado en el derecho a ser lento para captar las cosas, para leer, para no sé qué más. bueno, Etxe. da lo mismo, hace mucho que no espero de ti nada, tampoco, lo que no quita que me exaspere de ciertas cosas que no me las das a mí, luego de años de amistad, y sí se las das a otros, recién aparecidos en tu vida. cosas como la consideración por los malditos sentimientos del otro, cosa curiosa.
ya, dejémoslo ahí.
acabo de terminar El Caso Neruda de Ampuero y aparte de haberme quedado con una sensación de gusto a poco (cosa que me pasa cada vez más con Ampuero, pero ahora peor, porque le perdonaba todo en pos de mi amado Brulé) me sorprendió pillarle un renuncio, una falta, un condoro, una fisura, que es algo imperdonable en una novela negra.
esto me lleva a pensar en los grandes condoros, errores, fallas o fisuras de otros, otros grandes. la Nana Schnacke denuncia a Dostoiewski en Crimen y Castigo, con el olvido de un personaje (personaje que Raskolnikov además, también mata). ella usa esa imagen para hablar de lo olvidado, y no es una mala imagen: Dostó la deja literalemente "botada" a la personaje. la mata, la olvida, no importa un pepino más en la novela famosa.
yo encontré un "error de continuidad" en Niebla, de Unamuno. mi amigo, el Eo, me llevó a llamarlos así. son cortes en la lógica interna de un relato o novela. armas cargadas que no se piensan disparar, personajes que aparecen y se van por un lado, y retornan por un lugar imposible. el problema con estos errores, donde sea que me los pille, novela, cuento, cine, es que me sacan de la ficción en la que me hundo para distraerme.
quizá soy demasiado dura con Ampuero. quizá trabaja a plazo, presionado, y esa parte, ese condoro, no lo filtró hasta mucho después, cuando ya era irremontable.
yo soy demasiado jodida, parece. me gusta que esté todo en su sitio para poderme meter en la trama, sobre todo si es novela negra, insisto, más aún si indaga en la prehistoria de mi querido investigador de la corbata de guanaquitos verdes sobre fondo morado.
la Nana Schnacke, sus libros, el error de Dostó que ella consigna. todo se me junta. quizá porque abordo un tema que a ella le apasiona: los sueños. con la Maga. mi nueva amiga.
veo a mis vecinos nuevos y casi me presento y les digo que yo soy yo, que vivo al frente y que si me necesitan, ahí estoy, para lo que sea. me parto de pena de recordar que algo así fue cuando yo recién llegué al barrio, pero que esa vez fue mi vecina la que se presentó, yo apenas llegada al barrio, y que mi hijo se hizo amigo automáticamente de su hijo. ahora ambos miramos esa casa y a ambos nos da una pena espantosa.
con mi vecina no nos hicimos amigas inmediatamente, pero sí nos caímos bien de un principio. con la Pom fue caerse bien y hacerse amigas una sola cosa, y esa vez fui yo la que crucé el umbral, di los tres pasos de mi puerta a la suya y me presenté, diciendo que yo era su vecina, y que si necesitaba algo, justo cuando me aturdieron las palabras de Neruda con España en el Corazón y la sangre de los niños que corría simplemente, como sangre de niños. todo está condenadamente junto y mezclado: Ampuero, Neruda, los errores, Dostó, la Nana, los sueños y la Maga.
también a ella la amé desde el minuto mismo que nos conocimos, que no fue precisamente en persona, fue más bien por msn. ella me conocía más, yo me mostraba abierta y desparpajadamente en el taller "literario" que nos convocó. es decir, yo escribía, y yo leía lo mío. que yo sepa, ella escribe precioso, pero jamás le he visto una sola uña a una de sus palabras. sin embargo, fue por msn donde nos conocimos, o al menos, yo la conocí más. tratamos de juntarnos el año pasado, pero no se podía nunca, y de pronto supe que había pasado por la muerte así, de refilón, un cáncer la había asustado de manera vertiginosa y la había dejado en el mismo lugar de donde la sacó, pero el viajecito la remeció su poco. luego de eso, nos volvimos a ver, por primera vez luego de vernos en persona en el taller, y ya me es imprescndible, independiente que estemos planificando trabajar juntas, e independiente que eso funcione o no.
todo está mezclado. parece un recurso literario, pero yo creo que es más bien esta cosita junguiana de la sincronicidad, no más. y por lo mismo, lo dejo hasta acá, se me caba el tiempo, y quedó como quedó.
a sangre pato, y qué fué.
lo hago además en contra de toda previsión ortográfica o de tipeo, así, a sangre pato, aunque mis malditos amigotes dicen que soy la R.A.E. en persona y supongo que es cierto, pero el tipeo, la falta de sueño, la pantalla, invitan a equivocarse a ratos.
imagino lo que le ha de pasar a los pobres parroquianos de este bloguito en cuanto les mande un mail avisando "hey, chicos, increíble pero hay una nueva entrada". seguro la señorita actriz ha de decir, "chucha, menos mal, ya casi te daba por muerta", el Anto en Granada no sé, no imagino qué dirá (me odia y me ama en cuanto a mi escritura, me alaba y luego despotrica, pero es igual, me sigue y me es imprescindible). Exte no va a decir nada, media novedad, Etxe NUNCA dice nada cuando me lee, amparado en el derecho a ser lento para captar las cosas, para leer, para no sé qué más. bueno, Etxe. da lo mismo, hace mucho que no espero de ti nada, tampoco, lo que no quita que me exaspere de ciertas cosas que no me las das a mí, luego de años de amistad, y sí se las das a otros, recién aparecidos en tu vida. cosas como la consideración por los malditos sentimientos del otro, cosa curiosa.
ya, dejémoslo ahí.
acabo de terminar El Caso Neruda de Ampuero y aparte de haberme quedado con una sensación de gusto a poco (cosa que me pasa cada vez más con Ampuero, pero ahora peor, porque le perdonaba todo en pos de mi amado Brulé) me sorprendió pillarle un renuncio, una falta, un condoro, una fisura, que es algo imperdonable en una novela negra.
esto me lleva a pensar en los grandes condoros, errores, fallas o fisuras de otros, otros grandes. la Nana Schnacke denuncia a Dostoiewski en Crimen y Castigo, con el olvido de un personaje (personaje que Raskolnikov además, también mata). ella usa esa imagen para hablar de lo olvidado, y no es una mala imagen: Dostó la deja literalemente "botada" a la personaje. la mata, la olvida, no importa un pepino más en la novela famosa.
yo encontré un "error de continuidad" en Niebla, de Unamuno. mi amigo, el Eo, me llevó a llamarlos así. son cortes en la lógica interna de un relato o novela. armas cargadas que no se piensan disparar, personajes que aparecen y se van por un lado, y retornan por un lugar imposible. el problema con estos errores, donde sea que me los pille, novela, cuento, cine, es que me sacan de la ficción en la que me hundo para distraerme.
quizá soy demasiado dura con Ampuero. quizá trabaja a plazo, presionado, y esa parte, ese condoro, no lo filtró hasta mucho después, cuando ya era irremontable.
yo soy demasiado jodida, parece. me gusta que esté todo en su sitio para poderme meter en la trama, sobre todo si es novela negra, insisto, más aún si indaga en la prehistoria de mi querido investigador de la corbata de guanaquitos verdes sobre fondo morado.
la Nana Schnacke, sus libros, el error de Dostó que ella consigna. todo se me junta. quizá porque abordo un tema que a ella le apasiona: los sueños. con la Maga. mi nueva amiga.
veo a mis vecinos nuevos y casi me presento y les digo que yo soy yo, que vivo al frente y que si me necesitan, ahí estoy, para lo que sea. me parto de pena de recordar que algo así fue cuando yo recién llegué al barrio, pero que esa vez fue mi vecina la que se presentó, yo apenas llegada al barrio, y que mi hijo se hizo amigo automáticamente de su hijo. ahora ambos miramos esa casa y a ambos nos da una pena espantosa.
con mi vecina no nos hicimos amigas inmediatamente, pero sí nos caímos bien de un principio. con la Pom fue caerse bien y hacerse amigas una sola cosa, y esa vez fui yo la que crucé el umbral, di los tres pasos de mi puerta a la suya y me presenté, diciendo que yo era su vecina, y que si necesitaba algo, justo cuando me aturdieron las palabras de Neruda con España en el Corazón y la sangre de los niños que corría simplemente, como sangre de niños. todo está condenadamente junto y mezclado: Ampuero, Neruda, los errores, Dostó, la Nana, los sueños y la Maga.
también a ella la amé desde el minuto mismo que nos conocimos, que no fue precisamente en persona, fue más bien por msn. ella me conocía más, yo me mostraba abierta y desparpajadamente en el taller "literario" que nos convocó. es decir, yo escribía, y yo leía lo mío. que yo sepa, ella escribe precioso, pero jamás le he visto una sola uña a una de sus palabras. sin embargo, fue por msn donde nos conocimos, o al menos, yo la conocí más. tratamos de juntarnos el año pasado, pero no se podía nunca, y de pronto supe que había pasado por la muerte así, de refilón, un cáncer la había asustado de manera vertiginosa y la había dejado en el mismo lugar de donde la sacó, pero el viajecito la remeció su poco. luego de eso, nos volvimos a ver, por primera vez luego de vernos en persona en el taller, y ya me es imprescndible, independiente que estemos planificando trabajar juntas, e independiente que eso funcione o no.
todo está mezclado. parece un recurso literario, pero yo creo que es más bien esta cosita junguiana de la sincronicidad, no más. y por lo mismo, lo dejo hasta acá, se me caba el tiempo, y quedó como quedó.
a sangre pato, y qué fué.
lunes, marzo 10, 2008
el factor Cuevas
Es perfectamente sabido que en Chile para hablar "nos comemos" las eses finales, que hablamos como dicen ciertos diccionarios de español para gringos, con un deje andaluz, que entre otras cosas nos hace hablar así: "pelao", "comío", "gracia", por: pelado, comido, gracias. Son cosas de por acá y una trata de hablar con todos los fonemas consignados en letras en el papel porque aunque hablamos así, escribimos como si no habláramos así, al menos yo, la mayoría de las veces.
Pues bien, adopté de mi hermana (que creo que adoptó de una prima, cuyo primer apellido es el segundo mío), el que cada vez que alguien me pregunta mi segundo apellido (Cuevas), respondo, en clave de joda: "cuea". Bueno, no siempre lo hago, sólo a veces, dependiendo del contexto, obvio. Pero siempre logro carcajadas cuando digo en vez de Cuevas "cuea" porque la cueva o cuea está asociado a un montón de cosas, cosas todas que yo no poseo en demasía o no poseo en absoluto.
Partiendo por el poto, o trasero, para que no se me espanten en Bogotá o en Madrid, o donde sea que no sea Sub-América andina bien abajito. Es cierto, se usa poco para eso, por ejemplo, para decir "mansa cueva que tiene la mina" (por decir tremendas nalgas). Pero se usa, a veces.
Siguiendo por la suerte, porque eso sí que se usa y en cantidad, asociado a la cueva. "Mansa cueva", se dice por decir: tremenda, tamaña suerte. O, "por cueva", por decir: por suerte. Pongamos por ejemplo "alcancé a llegar a tiempo al examen de pura cueva", o "me salvé de cueva de quedar atrapado en el metro", en fin. Se entiende, supongo.
Con este hecho tengo algunas anécdotas universitarias. Ciertos compañeros de estudio (si se puede llamar estudio a lo que uno hace cuando se junta a cualquier cosa menos a eso en la universidad) llegado un momento de la noche o de la madrugada, cuando ya habían cachado que no se habían estudiado ni el diez por ciento de la materia que entraba en el certamen acudían a mí, los muy simpáticos, y frotaban mi cabeza, mi espalda o mis hombros con vehemencia, diciendo, los muy, pero que muy simpáticos "apelaremos al factor cueva". Había otros que ni habían "estudiado" conmigo y llegados a última hora al aula, me veían y se iban derechos sobre mí, a hacer el mismo ritual. Según ellos, yo, al tener el apellido, tenía también el factor, el factor cueva, es decir, el factor suerte y aplicaban la cábala del flojo, de frotarme pensando que yo les transmitiría la suerte que no creo poseer. Yo estudiaba, mejor, estudiaba poco, estudiaba al peo a veces, pero estudiaba algo, mejor, y no me frotaba a mí misma ninguna parte en especial, y si estaba urgida de suerte o de ayuda divina me ponía a rezar, la muy fresca, a un Dios que dejé abandonado por largos y penosos años, y al que recurría sólo en casos así, de extrema urgencia.
También se dice "estar cueva" (en realidad se dice "estar cuea") al hecho de estar muy borracho. "Estábamos todos los huevones enfermos de borrachos, pero ése huevón estaba cuea" es un buen ejemplo de ello.
Ninguno de los tres usos para mi segundo apellido me viene mucho. No tengo poto, no tengo suerte, y no suelo quedar cuea jamás, o en muy contadas ocasiones, una vez cada dos años, como mucho, pero ni eso, lo que hago es quedar borracha, pero nunca llego al estado de quedar cuea.
Así que mi segundo apellido era eso, no más. Mi padre tenía los mismos dos apellidos que yo y mis hermanos, su madre (por cueva) también se apellidaba Cuevas y era divertido para nosotros eso, extremadamente chistoso llamarnos con los mismos apellidos que él, y confundir a los profesores y demás empleados públicos cuando de llenar fichas se trataba. Apellido del padre. Tanto, decíamos. Apellido de la madre. Cuevas, decíamos. Nombres y segundo apellido del padre, y ahí venía lo divertido. No puede ser, me decían a veces, sobretodo cuando era muy pequeña (la gente grande siempre, históricamente, tiene la mala costumbre de no creerle mucho a la gente chica). Ya, decía yo, pero así es, mi abuelita equis (mi primer nombre) se apellida Cuevas, y así no más es, señor profesor.
Estaríamos con eso, decía yo. Mi madre es Cuevas, yo soy Cuevas de segundo apellido, y así no más es. Nunca me había detenido a pensar en ello, asumía que una es lo que es, que los apellidos no son nada más que eso, que la sangre y su llamado no es algo de mucho peso, que los Cuevas que yo conocí en mi ciudad natal maleva eran todos los Cuevas que tenía que conocer, y sanseacabó con respecto al temita.
Pero no. No se acabó. Mi abuelo Cuevas (al que no conocí jamás, ni siquiera mi hermano, ni mi hermana, la primera) tenía un hermano. Tenía varios hermanos, digamos. Pero uno de estos hermanos se vino al centro del país, muy cerca de Santiago-es-Chile. Eso fue hace muchos años. En el siglo pasado, los años treinta, por ahí. Durante veinte años no se vieron. En medio de eso, ambos se casaron y tuvieron hijos. Se habrán comunicado de algún modo, porque para cuando mi madre tenía trece o doce años, en más o menos mil novecientos cincuenta, mi abuelo agarró a sus tres hijos, entre ellos mi madre, y partió por tren (en un viaje de tres días) a visitar a su hermano por un mes. Ahí mi madre y su hermana se hicieron amigas de sus primas.
Es curiosísimo lo que voy a relatar, pero es cierto. Dos primas tenían los mismos nombres que mi madre y mi tía, y además eran de edades parecidas. Habían más primas, eso sí, menos mal, y más primos, también. Otro primo chico tenía el mismo nombre de mi tío, también chico pero de edad no tan parecida al primo paralelo. Es decir, durante veinte años estos hermanos no se vieron pero tuvieron hijos más o menos coincidentes en edad y en nombre. Loco de locura total. Loco de Cuevas, no más. O simplemente, pura cueva.
OK. Sigamos. Mi madre cuando niña y adolescente siguió yendo, de vez en cuando (siempre en tren, siempre en un viaje de tres días) a aquella ciudad, pero luego, entre otras cosas, se casó, y no fue más. Pasaron de nuevo casi veinte años, desde su última visita a sus primas. Hace algún tiempo recomenzó sus visitas a esa ciudad, a visitar a sus primas y primos, que más encima, viven casi todos juntos. Eso cuando vivía en Santiago. Ahora ya no vive en Santiago, pero viene de visita. Y se hace siempre un tiempo y los va a ver todos los años. Ya no a la misma casa, pero en la misma ciudad rural cercana a esta ciudad capital. Siempre me comentaba de ellos, de las primas tal y cual, del primo tal (creo que está de más decir que los nombres de mi familia Cuevas en mi ciudad natal maleva se repetían una y otra vez, aunque menos mal, no siempre, en las generaciones de pequeños Cuevas).
Yo escuchaba todo esto fascinada, prestaba atención a cada detalle, y me iba haciendo en mi mente imágenes-Cuevas cada vez más locas. Hasta este año. Hasta hace poco, muy poco. Febrero de dos mil ocho. Mi madre, de visita en Santiago, anuncia visita a la ciudad de sus primos. Yo le digo "me dan unas ganas tremendas de acompañarte". Mi madre responde encantada que vamos. Y voy.
No puedo explicar del todo lo que me pasó allá, pero se puede resumir en lo siguiente: el año pasado escribí Cuba, cuento que este año por fin pude retomar y afinar como nunca antes pude. Ahí pongo a alguien que de pronto llega a visitar a familiares que nunca ha visto y que sin embargo lo tratan como si nunca lo hubieran dejado de ver. Me dije: es cosa muy loca que esto pase en realidad, pero le viene de perillas a mi cuento. Bueno, a mí me pasó. Llegué allá y de inmediato me conocieron todos los que me saludaron. De inmediato me tiraron tallas, de inmediato me abrazaron, y de inmediato me sentí en casa. Así, automática, instantáneamente. Yo los miré y los reconocí de inmediato, también. Éramos todos Cuevas, simplemente, y no había que decir nada más, excepto pasárnosla muy bien y estar todos encantados de estar juntos. Es increíble, me dije. Esto no me puede estar pasando, que las primas de mi madre sean tan parecidas a mi madre o a mi tía (hay una que es un clon de mi tía), que las cejas de mi tío-primo sean las mismas de mi tío, que el guiño para la broma sea el mismo en los hijos de las primas que en mí misma. Ahora comprendo que yo soy muy, pero que muy Cuevas. Que todos los Cuevas somos chistosos y payasitos. Que todos los Cuevas somos ingeniosos para usar el lenguaje, y nos gastamos bromas a cada tanto que podemos con sus juegos ambiguos. De hecho, en algún minuto lo dije: "somos todos cuea" y se cagaron de la risa, como sólo los Cuevas parece que nos reímos.
Ellas me miraban tierna y detenidamente (las primas de mi madre) y se impresionaban de mis gestos lo mismo que yo me impresionaba de los suyos. Era como ver un espejo, era como verse a una misma, con otra edad, pero una misma. Me preguntaban por mi hijo y mi hermano con total familiaridad, como si ya los conocieran (lo que dadas las cosas es en parte verdad), pidiéndome que los llevara. A mi hermana le dije, oye, tienes que ir, te vas a morir de la impresión. Es como ver a mi tío y a mi tía, y a todos nuestros primos. Somos demasiado parecidos.
Así que ahora le hago cariñitos a mi segundo apellido, entendiendo por fin rasgos míos que siempre he tenido, entendiendo esta cosa mía, loca y delirante, de hablar como hablo, sintiendo por fin que tengo una tremenda cueva, la cueva de apellidarme Cuevas.
Mansa cueva.
jueves, febrero 07, 2008
Óscar Hahn
Lo primero que le leí, y hace un montón de años, fue La sábana de arriba. De ahí en más, le fui leyendo de a poco, cada vez que me caía algo de él en mis manos. Luego me encontré con la reseña de su Antología virtual[1], reeditada el 2004, en el diario del domingo. De vez en cuando, escuchaba comentarios sobre él, o derechamente, alguno de sus poemas en el programa de Warnkern[2]. La cosa es que me sentía profundamente en deuda con Hahn. Traté de comprarlo en librerías de viejo, pero los precios con que me lo vendían me parecían excesivos. “No es libro usado, es nuevo, de la Editorial”, alegaba mi librero. Yo no reclamaba el precio, jamás lo hago, para mí los libros tienen un valor difícil de poner en un precio. Reclamaba que no tenía ese dinero ahí frente al libro. Pasaba cada tanto, a ver si se conmovía y me lo rebajaba, pero no, el librero no cejó jamás.
Pero en la feria del libro del parque forestal lo encontré, lo volví a encontrar. Y a un precio ridículo. Menos de la mitad de lo que me cobraba el librero aquel. Justo lo que tenía en mis bolsillos. Ni siquiera lo pensé; lo compré y ahora lo tengo conmigo. Cada tanto lo tomo y le leo algunos poemas. Estuve con una amiga, a la que le leí La sábana de arriba, y también el Soneto manco, que alguien, alguna vez, me nombró en línea, en tiempos en que aún nos comunicábamos. No hubo caso. No logré entenderlo. Pero me perturbó lo mismo. A Etxe algo le leí, también. Esos mismos y otros pocos más, pero no en el momento adecuado, me parece a mí. A Hahn hay que leerlo en un estado no alterado de conciencia. Hay que leerlo lúcido y con el alma despejada.
Me encanta tener conmigo a Óscar Hahn, sentirlo conmigo, dispuesto a, en cualquier momento dejarme en éxtasis melancólico o en otros estados difíciles de definir, por ejemplo, lo que me pasa cuando leo ¿Porqué escribe usted? que de alguna manera me lleva al mismo lugar en que me deja Porque escribí de Lihn. Ambos poemas me dejan húmedos los ojos y el alma.
Casi me muero cuando leí la última parte, Flor de enamorados. Los que me conocen un poco más saben de mi debilidad por los romances antiguos, como los antologados por Dámaso Alonso en su Romancero Español, libro que descubriera con horror que mi madre quería regalar o derechamente botar a la basura. No me deshago de ese romancero bajo ningún motivo, ¿cómo, si no, he de suspirar y llenarme de un gozo simple y redondo? Serán romances antiguos pero no han perdido su frescura, alego mientras una vez más encolo su lomo para fijarlo al cuerpo del libro (lo hice mal, lo pegué de atrás para adelante, qué más da, es la tercera vez que lo encolo, y lo peor es que ahora sí que quedó fijado más o menos permanentemente). El libro de Alonso lo he visto en librerías de viejos (libros usados) a la mitad de un euro, un chiste. No importa que lo vendan a esa ridiculez, que nadie o casi nadie lo lea como yo, me da lo mismo. Óscar Hahn hizo un viaje parecido: “trascripciones y reescrituras a partir del cancionero anónimo medieval Flor de enamorados, publicado en Barcelona por la Casa Claudi Bornat en 1562”. Me sentí feliz. Era un plus, algo que no esperaba, conocía muy poco de Hahn, y lo poco que conocía no iba por ese lado.
Ahora lo tengo para siempre conmigo y no lo presto ni cagando. Feliz presto a Bolaño, me siento en deber moral de hacerlo incluso. Pero Hahn es de esos pocos, escasos libros, que tengo conmigo y que bajo ningún punto de vista soltaré de mi vida, jamás. Nunca pienso cansarme de él, nunca terminaré de extasiarme en su sabio bucear en la palabra.
Ni idea qué es la poesía, Etxe. No te lo puedo decir, no soy tan patuda como para definirla. Por ahora, puedo decir sin duda alguna que lo que hace Hahn es poesía, y es de la poesía que a mí más me gusta. Con eso es suficiente, más que suficiente, me parece a mí.
Pero en la feria del libro del parque forestal lo encontré, lo volví a encontrar. Y a un precio ridículo. Menos de la mitad de lo que me cobraba el librero aquel. Justo lo que tenía en mis bolsillos. Ni siquiera lo pensé; lo compré y ahora lo tengo conmigo. Cada tanto lo tomo y le leo algunos poemas. Estuve con una amiga, a la que le leí La sábana de arriba, y también el Soneto manco, que alguien, alguna vez, me nombró en línea, en tiempos en que aún nos comunicábamos. No hubo caso. No logré entenderlo. Pero me perturbó lo mismo. A Etxe algo le leí, también. Esos mismos y otros pocos más, pero no en el momento adecuado, me parece a mí. A Hahn hay que leerlo en un estado no alterado de conciencia. Hay que leerlo lúcido y con el alma despejada.
Me encanta tener conmigo a Óscar Hahn, sentirlo conmigo, dispuesto a, en cualquier momento dejarme en éxtasis melancólico o en otros estados difíciles de definir, por ejemplo, lo que me pasa cuando leo ¿Porqué escribe usted? que de alguna manera me lleva al mismo lugar en que me deja Porque escribí de Lihn. Ambos poemas me dejan húmedos los ojos y el alma.
Casi me muero cuando leí la última parte, Flor de enamorados. Los que me conocen un poco más saben de mi debilidad por los romances antiguos, como los antologados por Dámaso Alonso en su Romancero Español, libro que descubriera con horror que mi madre quería regalar o derechamente botar a la basura. No me deshago de ese romancero bajo ningún motivo, ¿cómo, si no, he de suspirar y llenarme de un gozo simple y redondo? Serán romances antiguos pero no han perdido su frescura, alego mientras una vez más encolo su lomo para fijarlo al cuerpo del libro (lo hice mal, lo pegué de atrás para adelante, qué más da, es la tercera vez que lo encolo, y lo peor es que ahora sí que quedó fijado más o menos permanentemente). El libro de Alonso lo he visto en librerías de viejos (libros usados) a la mitad de un euro, un chiste. No importa que lo vendan a esa ridiculez, que nadie o casi nadie lo lea como yo, me da lo mismo. Óscar Hahn hizo un viaje parecido: “trascripciones y reescrituras a partir del cancionero anónimo medieval Flor de enamorados, publicado en Barcelona por la Casa Claudi Bornat en 1562”. Me sentí feliz. Era un plus, algo que no esperaba, conocía muy poco de Hahn, y lo poco que conocía no iba por ese lado.
Ahora lo tengo para siempre conmigo y no lo presto ni cagando. Feliz presto a Bolaño, me siento en deber moral de hacerlo incluso. Pero Hahn es de esos pocos, escasos libros, que tengo conmigo y que bajo ningún punto de vista soltaré de mi vida, jamás. Nunca pienso cansarme de él, nunca terminaré de extasiarme en su sabio bucear en la palabra.
Ni idea qué es la poesía, Etxe. No te lo puedo decir, no soy tan patuda como para definirla. Por ahora, puedo decir sin duda alguna que lo que hace Hahn es poesía, y es de la poesía que a mí más me gusta. Con eso es suficiente, más que suficiente, me parece a mí.
[1] La Antología virtual fue editada por primera vez en 1996, y reeditada en 2004 en la colección Poetas Chilenos Tierra Firme, por el Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile. Dicha colección incluye, entre otros poetas, a Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, y Enrique Lihn.
[2] La belleza de pensar, de canal trece. Hace relativamente poco tiempo Warnkern pasó, con el formato del programa y todo, a TVN, con el nombre Una belleza nueva. Canal trece mantuvo el nombre del programa y el formato de Warnkern, pero con un equipo de entrevistadores que hacen valorar aún más al susodicho. Hay, al menos, un tío argentino gordísimo, que estaba poco menos que echado sobre la misma mesa de vidrio característica de ambos programas y que hablaba todo el rato como si le diera flojera pensar, interrumpía y hablaba más que el entrevistado, en fin, un duro contraste. Algunos programas de Warnkern me son especialmente valiosos, por ejemplo, donde entrevista a Francisco Varela (sólo le pude ver un pedacito) y el mítico (y a estas alturas, de culto) donde entrevista a Roberto Bolaño (que nunca he visto, aunque me lo han contado). Pero no sólo ha entrevistado a chilenos top, lo ha hecho con todo tipo de intelectuales, escritores y artistas del mundo. Lo pongo acá confiada en la posibilidad de la internet, a ver si ustedes, que tienen net a destajo, logran encontrar algo de lo que yo considero el mejor programa de la televisión abierta en Chile.
lunes, enero 14, 2008
To blog or not to blog, that’s the question
Bloguear o no bloguear, de eso se trata. Pobre William. Esa frasecilla de su Hamlet debe de ser la más citada (y cambiada a discreción) por gente que en su vida ha ido al teatro o que le ha leído una sola de sus obras. Yo le he leído, muy poco, la verdad, creo que los muy clásicos, incluyendo al príncipe aquel, que me dejó a su Ofelia para siempre metida en el alma, aparte del clásico to be or not to be.
Una vez vi una representación en inglés de Romeo y Julieta, en la facultad de Lenguas de mi alma máter. No entendí ni jota lo que hablaron, pero bueno, uno se sabe los textos en castellano y más o menos los iba encajando con letritas subtituladas en la mente. No sé en qué momento comencé a entender más y más el inglés, pero claramente en ese tiempo no lo entendía casi nada. Menos si se privilegiaba (o intentaba) el inglés británico. Era una cosa muy loca, porque Julieta era representada por una alumna gordita, simpática, que en nada se parecía a la imagen que uno se hace de la más famosa de las heroínas románticas. Romeo era, a su vez, demasiado alto y flaco, es decir era a todas luces una pareja dispareja. A todo el mundo le quedaba claro que los alumnos-actores habían sido repartidos según su nivel de inglés y/o de memorización de textos. Yo creo que más bien lo primero. Igual la vi hasta el final y aplaudí generosamente cuando terminó. Siempre aplaudo mucho cuando voy al teatro, creo que más que nada porque siempre voy a funciones gratis, y el aplauso es lo único que les puedo entregar a los actores, aunque pensándomelo bien, jamás he visto una obra que me haya desagradado. Las dos obras que le he visto a la señorita actriz me han gustado, creo que más la primera que la segunda, pero eso es sólo porque había más gente en escena, y porque Edipo es un clásico, y la puesta en escena fue muy buena. Me gusta mucho ver cómo mi amiga se transforma y pasa de ser una simple y común amiga en la madre y amante de Edipo, o como se transforma (sólo un poco) para reclamar al desaparecido… sólo un poco, lamentablemente, porque mi amiga sí que tiene un desaparecido por reclamar.
En fin, nada como tener la casa patas pa’rriba para que te bajen unas ganas locas por actualizar tu blog (todo con tal de no tomar la escoba, hacer camas, ni lavar loza). Este blog es un blog que pone a prueba la paciencia, la verdad. A pesar de mi distanciamiento (que fue como un trozo de iceberg interpuesto en mi alma) con Antonio, pienso que aún me lee. De hecho, le voy a avisar cada vez que escriba. El resto de la gente que me lee es la señorita actriz, y cuando tiene internet, Etxe. Le he dado mi blog a mucha más gente, pero que yo sepa, jamás me lo han leído, así que se pueden ir tranquilamente a la chucha, perdonen el chilenismo. No escribo el blog para ser leída masivamente, la verdad. Lo que es raro, dada la naturaleza del “rollo blog”, pero es cierto. Otra cosa es la gente que me ha descubierto, como Xavier, que creo que se ha retirado de blogger (no tengo certeza, la verdad, pero un par de comentarios de Mia, me lo ha dado a entender). De todas maneras, Xavier, espero que me leas, sigas o no blogueando. Cada cual sabe lo que hace, y si decidiste salirte, me parece respetable.
En fin, a los pocos que me leen, espero aparecerme un poco más seguido. Tengo pocas novedades, alguna que otra invitación, y el mismo alacrán verdoso apretándome el alma. Ah, y leí por fin (completo) Los detectives salvajes, y espero hacer lo propio con 2.666. Ambos habían sido leídos sólo hasta cierta parte, por razones muy difíciles de explicar sin un par de güisquis o una botella de ron en medio. Es impresionante, realmente. Insisto, si no le han leído, léanlo. No basta con leer acerca de él, sobre todo en España donde se habló mucho de él, antes, durante y después de su muerte. Eso va para Antonio, obvio.
Siento una nostalgia increíble: de nuevo verano, un par de días sola en casa; pero no estoy escribiendo ninguna novela (no sería mala idea, eh), no está mi vecina (supongo que son muy pocos los que no lo saben, entre ellos Antonio y la actriz, pero se fue de su casa, al parecer para siempre) y no hay que armar bolsitas-transantiago. De hecho, tengo frente a mí el mapita famoso, entero pegoteado con poemas, dibujos, la letra de No renunciaré, y la foto de Bolaño. Todo junto y mezclado, tal cual mi anterior verano. Saudade galopante.
lunes, noviembre 12, 2007
la paz en el alma, o Wan Chang huyendo del compromiso
Siempre hablo de lo mismo, quizá no puedo evitarlo. Mi amado amigo Etxe dale que dale con torbellinos que clavan espinas en su cabeza, siempre. Dice que yo lo he curado mucho. Puede ser. Recuerdo haber llorado muchas veces en su casa, algo insólito para mí. No necesariamente por él, quizá más bien a propósito de él. Bueno, un día, cansada del daño, de ese daño que Etxe no sólo lleva dentro sino que revive a cada rato en un ciclo morboso, pensé que era agotador estar demasiado cerca de quien trataba de esa manera, al mundo y a sí mismo, siendo que se muere más bien por dar amor. Me pregunté qué mierda me hace juntarme con él.
Aún no tengo respuesta, aparte de la odiosa respuesta de mi calidad de enfermera del alma. Lo he sido con amigas, lo he sido con parejas (al menos, con el padre de mi hijo lo fui, me reventé, conocí el abismo, resistí solo con aire, todo por ver que se curaba, que, a ratos, su herida disminuía, su alma resplandecía, permanecíamos, aún, vivos, sólo si estábamos juntos, juntos, conmigo asistiendo su eterna herida).
Con amigos y amigas, he sentido que ha sido mutuo. Etxe me cura, aunque él no lo sabe o no lo admite. Me cura saber que existe alguien con quien puedo juntarme a hacer literalmente nada sin el menor asomo de remordimiento, la menor pizca. No sé si me curan sus halagos, porque, la verdad, es raro, últimamente he recibido varios cumplidos y no me da nada. Ni siquiera los literarios. Quizá por fin me curé de la enfermedad del ego recalcitrante, qué sé yo. Quizá entré en una especie horrenda de anestesia (Ciudad Anestesia cumpliendo su cometido).
El caso es que pienso y pienso, y llego a la conclusión que tampoco me caería muy bien juntarme con quien represente una eterna paz en el alma. No lo sé, quizá sería lo que yo necesito, pero no me figuro, así, de mejor amiga de Wan Chang Cane (el protagonista de Kung Fu, para más señas). Mal ejemplo. Con Wan Chang sería súper. Porque él de verdad estaba en paz. Pero sería imposible, el tipo le tenía alergia al compromiso, jamás se quedaba en un lugar, siempre estaba huyendo o buscando, no permanecía y evitaba hacer lazos.
La cosa es que no le creo mucho a la gente que pretende estar en súper paz. Quizá los que conozco que andan así por la vida, no son tal. Eso exaspera mucho más que la abierta herida de mi Etxe. No soporto a los huevones que andan así, dándoselas de budistas zen, creyéndose en la última etapa de la evolución espiritual. Creo que por eso trago a duras penas a los esotéricos y cuantos más que se enjuagan la boca con frases muy (pero muy) bien hechitas, aprendidas de memoria y regurgitadas en el momento adecuado. No sé si todos son así, la mayoría de la gente no lo es. Así que disculpen ustedes. Tampoco la mayoría es como Etxe, poca gente soporta tal dolor constante para existir. La mayoría deambula a tientas en el difícil arte de vivir. A ratos más que difícil.
En fin, creo que me junto con Etxe porque sí. Excelente respuesta. Me encantan ciertos porque sí. Me junto con él porque me gusta estar con él, y punto. Me hace reír mucho con sus estupideces. Yo lo hago reír sin la menor intención. La cosa es que nos reímos montones. Por un rato, distraemos de nosotros ese enorme peso (el alacrán acechante en mi alma, sus espinas perpetuas atravesándole la mente). Basta una mirada, o una frase, y ya está. Alguien debiera hacer una película de nosotros, estoy segura. Saldría algo lindo, yo creo. Nuestros diálogos en persona son buenos (los en línea son francamente prescindibles), y no lo hacemos pretendiendo. Así no más es. Da lo mismo porqué me junto con él. Es mi amigo y punto. Además, se parece un poco a Wan Chang, a él también le incomoda enormemente el compromiso, vaya cómo. Y no responde directamente, da a entender que la evolución implica desapego, que la palabra dependencia es poco menos que una mancha. Y luego, por teléfono me cuenta de su corte en la mano derecha, y a pito de nada, dice "te he echado de menos".
viernes, agosto 03, 2007
vaga de día, el Naitún y el Caco, sobre todo el Caco
De día, dije, la cosa cambia. Me da por el barrio Brasil de manera obsesiva, de alguna manera ese barrio en hace sentir en casa, aunque nunca he vivido ahí, me da la sensación de que me contiene y lo contengo, que podemos ser amigos, que no sobro, no molesto, y eso lo agradezco paseando de ida y de vuelta por sus calles que ya me reconocen tanto como yo a ellas, y termino siempre o casi siempre sentada en el altillo del Naitún, recordando, como siempre, la última vez que lo vi con vida al Caco, la misma tarde pegoteada de febrero (era un ocho de febrero, cómo no olvidarlo), cuando me dijo que tenía el maldito virus en su sangre, el mismo que le mató en Ciudad de México apenas unas semanas después, y no sé porqué (no es por sufrir, creo), me ubico invariablemente en esa mesa, la misma, la que enfrenta la ventana enorme que devora Cumming, ahí mismito donde le toqué al Caco el brazo, y le dije que lo quería muchísimo, que por favor nunca lo olvidara, que me era muy querido, mientras aguantaba el enorme nudo en mi garganta para llorarlo recién llegando a mi casa, huyendo de las ganas de quemarme la piel con la brasa de mi cigarro.
El Naitún será para siempre el Caco, aunque ha sido para mí mucho más que eso, ha sido amigos, amores, amantes fugaces, intentos por celebrar la vida. Ha cambiado de formato y de escenografía muchas veces, los pilares cayeron, se redistribuyeron los espacios, se abrió y se cerró el espacio superior, y lo mismo el inferior. Pero permanece en lo esencial. Cumming, llegando a Catedral, me parece, a media cuadra del metro Cumming. Si lo conocen, saben de lo que hablo, y si no lo conocen, pues qué esperan, los viernes y sábado hay show en vivo con música latinoamericana por lo general muy buena. Y a veces, obras de teatro.
Saliendo del Naitún uno puede acercarse a la famosa plaza Brasil, que es la plaza más plaza de toda Ciudad Anestesia, con juegos infantiles que si yo fuera cabra chica celebraría entusiasta, con un ambiente de provincia extraño pero agradable, con mucha gente libre y otra queriendo ser libre, con libros, con café, con viejos (por supuesto), que se sientan a no hacer nada, con amores eternos y calenturas pasajeras, en fin, tanta vida, y a toda hora, y por sobre todo, niños, entre ellos el mío, gritándome que lo mire tirarse por el lomo del dinosaurio o aparecerse en la base de la nave espacial.
Es caminable el centro de Santiago, además. Uno se empina un poco y llega a la plaza (de Armas, esta vez), sin problemas, a los peruanos que sin pudor alguno se han tomado todo un pedazo de por allí, a la Catedral, a las librerías y a esos extraños seres que son los santiaguinos, siempre apurados, urgidos, enojados, y de pronto uno que otro diferente, sonriente, feliz, simple joya en medio de la locura. El centro me encanta, hay de todo para mirar, de todo donde indagar, galerías especializadas en cosas extrañísimas, otras en que se concentran en exclusiva especimenes de lo más estrambóticos, de vestimentas, gestos, y lenguajes crípticos, cerrados, ocultos. Uno puede estar todo el día en eso, en sólo observarle el ritmo al centro, hasta que la hora recomiende volverse al feudo, subirse a un bicho enorme articulado, bajarse en Maipú, y subirse a otro bicho menor verde (pero no agua), y llegar a la casa a contarle a las paredes lo que uno vio, y que por supuesto, se estuvo en el Naitún y que aún perdura por ahí la silueta del ilustre e insigne, del inolvidable Caco.
Dedicado a toda la manga de huevones que querían sinceramente a ese ser extraordinario que fue el famoso Caco, en especial a la Pito. Donde quieras que estés, Pito, un abrazo.
viernes, julio 27, 2007
I Love Ciudad Antestesia (and I hate it)
Graffiti, el lenguaje de la niebla, el culto al gris, la ciudad como fondo e inspiración, el grito desde lo profundo, el trabajo incesante, exigente, que parece no notarse al ver esos trazos sutiles.
Ni idea de arte, pero hay varios graffiti que me encantan, que son como puentes frágiles, que se sostienen de la misma viga, que comparten, por tanto, el alma, que se alimentan del mismo fruto, diría yo, un fruto difícil de digerir a veces, que intoxica para siempre de una sed, de una búsqueda.
Me encanta Ciudad Anestesia, es una contradicción, y no me importa, yo misma soy una contradicción, yo, que debía ser otro, y sin embargo soy yo. Me encanta, sobre todo vagar: la ciudad se me presenta enorme, agresiva, con buses que lo cambiaron todo de un plumazo, que hacen que todo apriete los dientes, que agregan aún más incertidumbre, más espera y más soledad. Acá, no saber para dónde va la micro es una expresión de incertidumbre existencial, de orfandad ontológica, comparable a la expresión perder el norte, y yo, que soy del norte, del norte del sur, si se entiende, comprendo perfecto que ahora, en Ciudad Anestesia todos estamos más o menos en lo mismo. No es que no sepamos para dónde va la micro (acá se les dice en femenino, aunque por supuesto debiera decirse el micro, el microbús, aunque de micro no tienen nada los enormes bicharracos articulados), a veces sabemos para dónde va. Lo que no sabemos nunca es si ha de pasar o no, y, lo más importante, si ha de detenerse y abrir sus fauces o sus agallas para filtrarnos, desesperados, en el inútil intento por llegar a algún lado. Tampoco sabemos si estamos o no en el paradero correcto y lo único que nos queda es observar o preguntar, y si preguntamos, pues inevitablemente nos vamos haciendo amigos, porque estamos, como dije, todos en lo mismo, apretando contra el estómago una estúpida tarjetita electrónica donde pagamos por adelantado, de manera disciplinada, el servicio humillante que nos brindan.
Con todo eso, la anestesia de Ciudad Anestesia está aseguradísima, ante tal perspectiva es complicado sonreír, pensar en poesías, o en frutos que nos intoxican de una sed de belleza y trascendencia.
Nada, estamos así, en pause, en stand by, esperando por, ateridos, porque justo ahora el clima se nos puso durísimo, con la temporada más fría en años y años, y entre el frío y la espera nos vamos anestesiando, nos vamos olvidando que llevamos luz adentro, que alguien nos necesita (aunque ese alguien seamos nosotros mismos) estamos así, congelados sintiendo poco o nada, lejos de todo, sobre todo de nosotros mismos.
Y de pronto, en este deambular de paradero en paradero en busca del bicharraco articulado que probablemente me deje en la plaza de Maipú, me tercio con estos graffiti y me dan ganas de llorar de pura belleza, de tomar yo misma los spray y dejarlo todo manchado del oscuro animal que me aprieta el alma, el alacrán verdoso que me atenaza, a ver si por un rato me suelta y él también toma un color (verde, por favor, pero no agua) y hace un garabato que quizá no sea tan garabato, pobre alacrán verdoso.
Todo de noche, por supuesto, que de día me asusto menos. En la próxima les cuento acerca de mis salidas de día, mucho más caminadas y menos dependientes de bichos articulados. Y quizá les muestre un graffiti hecho por mí, en honor a la ciudad anestesiada.
lunes, julio 23, 2007
ciudad anestesia
Lo que más cuesta es mostrarse. Por eso voy oculta en la niebla. Por eso amo el invierno, sobre todo en las noches y en las mañanas. Me levanto con la niebla, me oculto. Tiemblo de pensar en que alguien me llegue a tocar. Como la niebla, lo rozo todo, pero nada me toca, el calor me disipa. Así deambulo, con frío, con miedo. De pronto veo cuerpos y deseo, de verdad deseo, correr y chocar con ellos, pero me acuerdo, y entonces vuelvo a ser niebla, vuelvo a ser rincón, margen.
Cuando era joven, escribía sólo en los márgenes. Es cierto, en mis cuadernos ordenaba, de manera siempre difícil, las materias que en ese tiempo me enseñaban o aprendía, pero lo importante eran los márgenes. Escribía sin darme cuenta, como siempre, o como casi siempre, en los márgenes, oculta de mí misma, al fin refugiada. Ahí podía, el margen era el espacio perfecto para lo que yo no permitía ser. Más bien, en el margen yo me deslizaba sin drama, en el margen nada era áspero, digamos que podía fluir. Ahí el lenguaje tenía un sentido que antes no tuvo, que jamás tuvo y yo miraba al resto de la clase sabiendo algo que nadie más sabría, lo que tenía en los márgenes era mi mayor tesoro, mi mayor secreto, había allí un pacto que ellos no habían firmado con sangre, como yo, que desde que la vi, quedé prendada de ella, de la palabra, la muy puta.
Así que ahora voy oculta en la niebla. Eso es todo, aunque, por supuesto, es sólo el principio de todo, más bien.
Desde la niebla en la que he estado he buscado redimirme, reconciliarme, y he recibido bastantes bofetadas, y he tenido todo congelado adentro, y no he podido siquiera rozar los gritos en la cabeza, y ha sido todo (por supuesto) difícil, claro, difícil, y se me ha enredado el deseo con el dolor y con los muros contra los que choco, porque ahora la cosa es simple, animal, y sin embargo, es más difícil todavía, porque el cuerpo que yo quiero, me quiere a veces, y eso es casi peor a que no me quisiera nunca, y los otros, bueno, son simples otros, cuerpos de quienes he intentado amar por esos breves minutos, enternecida de lo feroz de su propia herida, porque yo de heridas sé suficiente como para llenar mucho más que las 240 páginas de mi novela. Y no sé si es mejor estar anestesiada, vivo en Ciudad Anestesia, donde todos van dormidos o muertos, donde los sueños apenas aparecen en unos hermosos graffiti incomprensibles para quien los mire desde la anestesia, y esos graffiti me dicen que, como yo, hay varios ocultos en la niebla, que, como yo, hay varios que seguro sufren, respiran y quiera Dios que amen, también.
Yo no amo, es decir, amo a mis amigos (Etxe, Pom, Veritas, a mi ex vecina que me abandonó, y los otros, no nombrados, a los que de seguro mandaré esto en un link). Me refiero a ese amor que antes me visitó dejándome descalabros no menores.
Sueño con Eo, que le entrevistan, un tipo muy joven, supuesta promesa del periodismo serio en pro de la literatura. Eo dice “todos los días temo morir”. Con esa frase titulan su entrevista. Dice cosas muy bellas, muy de Eo, honestas, desnudas, como suele ser él, el señor-lenguaje-correcto. Pero el título la caga. Lo llamo para decirle eso, que la entrevista muy bien, pero que el título, y él contesta que qué quiero, que es cierto, que no puede sacarse la muerte de la cabeza.
No sé porqué sueño tanto con Eo, creo que le quiero sinceramente, le tengo un cariño muy grande, me importa mucho saberlo feliz, pero no es tan cercano a mí, creo, como para merecerse tantos sueños de mi parte. He soñado con la señorita actriz, con el Etxe, incluso con Anto. Pero con Eo sueño muy seguido. No encuentro el menor sentido a ello, pero bueno, los sueños no suelen tener mucho sentido, por algo son sueños.
Quizá él represente en mí al lenguaje, mal que mal no he conocido a nadie en Chile que hable mejor, de manera más correcta (que haya nacido en Chile, digamos, porque los peruanos… en fin, ya he hablado de eso en otras partes). Quizá el lenguaje tema morir. Me da ataque de risa esa explicación, pero no es tan descabellada, después de todo. El pobre lenguaje, reducido a su condición humillante de ser mala copia de otros lenguajes (“hacer sentido”, “terapista”, “tributo a…”) o de sí mismo, con todo el malevo tratamiento de la ortografía, la flojera de demorarse en pensar, en ordenarse un poco, en hacer de él una fiesta.
Leo a Neruda. No tanto porque me guste, si no porque lo tengo conmigo. Y porque, ahora lo noto, me encanta esa cosa desparramada con que trata a la palabra, sin el menor respeto nos deja manchados para siempre de todo tipo de colores, olores, sabores. Nos cuenta el mundo desde sus ojos-Neruda y de inmediato el mundo cambia y nos queda para siempre así, nerudiano, cósmico, telúrico, y definitivamente, más entretenido. Parecido a lo que sucede cuando uno se topa de frente con unos de esos graffiti.
Dedicado a todos los que me han tocado, y a todos los artistas que, armados de colores, pintan Ciudad Anestesia.
lunes, julio 16, 2007
dieciséis de julio
No sabes cuánto se te extraña en la ciudad que despreciaste, en las calles de pronto tan frías, como si el frío fuese un castigo de tu ausencia, como si así se te extrañara menos, Vero, Veritas, las calles se sienten espantosas cerca de donde antes vivías, Ñuñoa ha perdido la mitad de la gracia, te la llevaste a la France, y te fuiste, sin el menor asomo de duda ni arrepentimiento, te fuiste tan entera, tan segura, así no más fue que te fuiste, y yo, la tonta, todavía de pronto armo viajes a verte, a tu casa, y antes de un segundo me acuerdo que te fuiste, que más encima te casaste (ahora eres una señora, joder), que ni sé parlotear francés, que apenas me desenredo en inglés, y me da risa enterarte que ahora y por tiempo indefinido tus cumpleaños han de ser feriados en honor a vos, aunque oficialmente se dice que es en honor de la virgen del Carmen, y que por eso, y de manera extraordinaria, hoy estoy en casa, a solas porque el crío se lo llevó el padre por unos días de vacaciones, y por eso, y repito, de manera extraordinaria, toco el teclado para tejerte unas palabras en espera que esto supla mi ausencia en tu cumpleaños que espero haya sido tremendamente lleno de amigos, de risas, de copete, mientras acá todo el día te he recordado supongo que junto a varios, claro que no se nos ocurrió juntarnos a echarte de menos, tan sólo lo hicimos por separado, y espero que la hora en Francia esté lo suficientemente corrida como para que esto te llegue como te llegaron hace un año las rosas del que ahora es tu marido, claro que estas son palabras, las palabras de la que las tiene todas en la punta de los dedos, es decir, yo, la que escribe, y que por eso esto está en tu correo y también en mi blog, a ver si alguien más se acuerda y dice “verdad que hoy está de cumpleaños la Verito” y te saluda, a la distancia, que no nos queda otra, y viva Chile, mierda, y saludos a Eric, y que sean muy felices.
sábado, junio 30, 2007
no soy imaginaria, pero casi
No quiero recurrir a frases de otros para explicarme a mí misma. Pero, anyway, no soy un invento de Larry Mejía (que quedaría mil veces mejor Laary, pero bueno).
Hace algún tiempo, el pajarraco renacentista, autodenominado poeta negacionista (¿o era tan sólo negacionista, nada de poeta?) Samael Menjura (que, de seguro no se llama así, pero al que he visto por cam, cuando hablamos en línea, incluso vi a su hija, que menos mal no se parece a su padre, así que existe, como sea que se llame) me dijo, tras intenso intercambio de mails, que yo era eso, un invento de ese señor, don Larry (insisto en que es mejor Laary).
Yo estaba con fiebre ese día, así que no pesqué mucho.
Pero, días después, me lo vuelve a plantear, desde la fría y alta Bogotá. Ahí me entró risa. Incluso me dijo, con un desparpajo impresionante “total, estoy seguro que eres un invento de mi amigo negacionista, Larry Mejía” o algo así. El muy patudo. Porque yo jamás lo había tuteado, me carga hacerlo por carta o mail, siempre trato de usted, y ustedes seguro lo saben.
Luego de eso, me quedé pensando si era un insulto o un cumplido. O una broma. El tipo lo dijo muy en serio, pero también ha dicho muy en serio que se ha tragado varias estrellas en descomposición, entre otras cosas de ese estilo. Eso es lo malo de conversar con gente que evita a toda costa pensar. Ha sido un intercambio bastante jugoso, pero el tema es que él persiste en lo de ser negacionista. Menos mal no ha insistido de nuevo en lo de mi origen imaginario.
Hace algún tiempo, el pajarraco renacentista, autodenominado poeta negacionista (¿o era tan sólo negacionista, nada de poeta?) Samael Menjura (que, de seguro no se llama así, pero al que he visto por cam, cuando hablamos en línea, incluso vi a su hija, que menos mal no se parece a su padre, así que existe, como sea que se llame) me dijo, tras intenso intercambio de mails, que yo era eso, un invento de ese señor, don Larry (insisto en que es mejor Laary).
Yo estaba con fiebre ese día, así que no pesqué mucho.
Pero, días después, me lo vuelve a plantear, desde la fría y alta Bogotá. Ahí me entró risa. Incluso me dijo, con un desparpajo impresionante “total, estoy seguro que eres un invento de mi amigo negacionista, Larry Mejía” o algo así. El muy patudo. Porque yo jamás lo había tuteado, me carga hacerlo por carta o mail, siempre trato de usted, y ustedes seguro lo saben.
Luego de eso, me quedé pensando si era un insulto o un cumplido. O una broma. El tipo lo dijo muy en serio, pero también ha dicho muy en serio que se ha tragado varias estrellas en descomposición, entre otras cosas de ese estilo. Eso es lo malo de conversar con gente que evita a toda costa pensar. Ha sido un intercambio bastante jugoso, pero el tema es que él persiste en lo de ser negacionista. Menos mal no ha insistido de nuevo en lo de mi origen imaginario.
De pronto me gustaría eso, ser imaginaria completamente, ser el producto de una bella broma entre este pajarraco y el otro (que asumo pajarraco igualmente negacionista). A veces casi lo soy, completamente imaginaria. Este blog, un blog imaginario, escrito por alguien que les hace creer a los lectores que soy una mujer chilena, que escribe, que pasa penurias, que se ilusiona, que escribe novelas, cuentos, etc. Me recuerdo uno de los poemas favoritos de don Nica, El hombre imaginario (qué buen poema, hay que decirlo). Bueno, no soy imaginaria, aunque a veces soy estrictamente virtual, a veces no existo más que en las palabras, a veces, incluso, tengo amigos virtuales, como este pajarraco bogotano, como el rockero del sur de Chile.
He estado un poco fuera de este ejercicio del blog. Hoy, sin embargo, me llegó un mail de otro negacionista (es muy raro, a veces me llegan mails de otros negacionistas bogotanos, pero jamás son personales, son simples explicaciones del retorcido e indescifrable camino negacionista). El mail me manda a leerles el blog negacionista, que no me sé en este minuto (ustedes recuerden que yo escribo todo en mi casa, lejos de la net, luego me conecto y copio y pego, y así ustedes me leen). Lo leo, un poco, apenitas. Porque no puedo leer algo tan largo, me quedaban tan sólo unos minutos de internet. Es un blog con “monitos”, entretenido. Bien escrito, parece, por lo poco que leí. Traté de dejarles un comentario, pero no pude. Ah, de pasada me entero ayer, que mi blog no permite comentarios anónimos. Extraño, muy extraño, eso yo no lo configuré así. Espero arreglarlo, me da lo mismo que me dejen comentarios como sea.
Así que le mando un mail, a este señor. Pablo, dice llamarse. Le he leído varios cuentos (Pablo escribe cuentos, parece, no sé si se aventura con la poesía, espero que no, tanto poeta, ¿para qué?). Me gustan mucho sus cuentos, aunque no se los he podido leer todos. Con un estilo distinto del mío, pero igual me gustan. Espero que pueda dejarles comentarios, que Pablo me conteste, que algún día yo pueda llegar a Bogotá a sacudirles las plumas a todos los pajarracos, sobre todo al que me creyó imaginaria, que pueda meterme en esas calles que parecen una matriz lógica y fría (por la cresta, no hay derecho a nombrar las calles así, con números y letras, olvidando las alamedas de las delicias, o la calle de la esperanza, o la de la inspiración, qué sé yo, acá las calles tienen nombre, como corresponde, y a nadie se le ocurriría mandarme a una dirección como “C34/G12”). Capaz que me guste Bogotá. Algo me dice que puede ser, total, allá yo seré totalmente imaginaria.
Ah, y la última, me enteré hace ya bastante, que me publicaron un “cuento” o más bien micro-cuento, en el libro que sacó Plagio con los mejores cien intentos de los dos últimos años por llevarse el millón del concurso Santiago en 100 palabras. No sé si el resto de los intentos son o no cuentos. Hay unas cosas que no me atrevo a llamar cuentos. El mío, sí, estoy segura de que es cuento, pero da lo mismo. Había perdido ya la esperanza de ser publicada, porque ya sabía con certeza que no había ganado. Así que me alegré mucho cuando me avisaron que había sido publicada. Santiago en 100 palabras es cada vez más importante, más visible, más un referente en la cultura de por acá. Es buena onda porque todos se sienten llamados a leerlos, a criticarlos, a escribirlos en busca del esquivo y puto millón de pesos. Es re poca plata, un millón de pesos, considerando que es un concurso que convoca tanto, la gente participa por el honor, parece, más que por el millón. O por ambos. Yo, por el millón, claramente, si me declaro escritora, la idea es poder ganarme unas lucas con este ejercicio. Además, fue muy entretenido participar, conseguí hasta un “método-cien-palabras”, ayudé a mi amigo Exte, fue de lo más guay.
Les dejo.
Saludos a Uruguay (mande el mail, yo le escribo), a Colombia (manden ron). Espero poder escribir con un poco más de constancia.
Dejo un montón de plumas volando en el aire y un saludo pajarraco a todo aquel que hable pajarraqués: ¡Cueeeegk!
miércoles, junio 27, 2007
no more virtual friends
No more virtual friends, I said. I said, I’m sorry, I can’t. I can not stand it again. It is so sad to me, to tell every one that I don’t believe anymore in the virtual friendship.
I had a few virtual friends, indeed. The first one was in Granada. He said that his name is Antonio, but now, I don’t know. He said a lot of things; I said a lot of things. The difference is that I said the truth. I can’t say the same about him. And, even, he continued telling me a lot of lying, dishonest stories, still the last conversation we had.
I am so sad, so confused, so tired… and a little paranoid.
The only one that remains to me like a virtual friend is my rock star, my southern friend. He and I can not have a conversation, since a month or more. So, I tell him: Hi, friend, you are the only virtual friend to me by now. But, I really hope to see you soon. Come to Santiago-is-Chile, or I will go to the south. I am a little hurt about the virtual friendship; I believed that I had a Spanish friend, but I was wrong.
Soon, folks, I will write in Spanish. By now, I am just taking revenge, because I need it so much. And over all, because this guy never understand the English. So, goodbye, "Antonio" or whatever was your name.
I had a few virtual friends, indeed. The first one was in Granada. He said that his name is Antonio, but now, I don’t know. He said a lot of things; I said a lot of things. The difference is that I said the truth. I can’t say the same about him. And, even, he continued telling me a lot of lying, dishonest stories, still the last conversation we had.
I am so sad, so confused, so tired… and a little paranoid.
The only one that remains to me like a virtual friend is my rock star, my southern friend. He and I can not have a conversation, since a month or more. So, I tell him: Hi, friend, you are the only virtual friend to me by now. But, I really hope to see you soon. Come to Santiago-is-Chile, or I will go to the south. I am a little hurt about the virtual friendship; I believed that I had a Spanish friend, but I was wrong.
Soon, folks, I will write in Spanish. By now, I am just taking revenge, because I need it so much. And over all, because this guy never understand the English. So, goodbye, "Antonio" or whatever was your name.
miércoles, mayo 02, 2007
no estaba muerta. (afírmense que he vuelto).
No exactamente de parranda. Pero no estaba muerta, menos mal. Me pregunto cuántos me habrán echado de menos en el blog. Hay algunos que incluso se “me” aburren y ya no abren la paginita en busca de una nueva entrada de la escritora. Ha habido otros, peores, que han presionado espantosamente, a ratos de manera insufrible. Ahora tan sólo la señorita actriz me lo ha reclamado. No sé si menos mal, no lo sé. Ella tiene una forma de pedirme las cosas que jamás me hace sentir abrumada. Creo que ella entiende perfecto, así, sin grandes necesidades de palabras ni de códigos, muchas cosas mías. Alguna vez escribí, por ahí, en una cosa muy bella, que ambas compartimos un cierto asunto intuitivo común. No sé si he hablado acá de Madame Lupita, me parece que no. No importa. Bueno, la señorita actriz no tiene a la Mme. Lupita consigo (como yo, que cargo con ella, prestándole el cuerpo y la voz cada tanto, a veces por paga y la mayoría de las veces de puro buena onda, no más). Pero la vida nunca te quita nada sin darte alguna cosita a cambio, y a ella le quitaron un tremendo pedazo, y a cambio le dieron una tremenda cabeza, que además tiene otra cabeza sabia, interior, antigua e intuitiva. Yo estoy convencida que es con esa otra cabeza con la que ella, esa bella actriz, me entiende sin necesidad de tanta parafernalia lingüística. No va sólo en ser mujer, porque tengo muchas otras amigas mujeres que me quieren y me aceptan, pero no siempre me entienden, así tan fácil. Debo explicarme y aún así, a veces, no me entienden. Ella no. Ella me entiende siempre. Por lo que, viniendo de ella el reclamo amoroso por mis letras en este espacio (que ella jamás llama blog, porque no hay caso, no se aprende que esta cosa es un blog, que este servidor se llama blogger, que, yo, al escribir acá me transformo en blogger, etc.) yo me lo tomo en serio y rompo el silencio. Por último para que vea que le tomo el reclamo, y que, viniendo de ella, no lo siento presión. Viniendo de ella, jamás es presión. Así como yo le digo “actúa”, “alimenta tu alma”, a pesar que conozco perfectamente las circunstancias estresantes en las que se desarrolla su vida actual, y sé que es muy probable que sea imposible que, al menos por ahora, ella logre pisar las tablas. Sé que ella entiende que, viniendo de mi parte, no es presión. Es aliento, o mejor dicho, es saberle leer lo profundo. Respetarla en lo que ella es. Porque muy luego (la vida pasa últimamente tan rápido, joder, mi hijo ya tiene diez años, mi pequeña sobrina que siempre fue mi niñita adorada ahora es una adolescente preciosa, y ya debo irme resignando a que va a crecer, va a madurar, se va a enamorar y etcétera) tendrá otra profesión, al parecer más rentable que la inestable ruta de las compañías de teatro, donde hay poca gente-gente y demasiado ego. Sí, muy luego ella va a ser profesional en otra cosa. Pero ella jamás dejará de ser lo que es. Me refiero a que siempre va a ser actriz, esa cosa estrambótica y excéntrica. “Cuática” digo yo. Esa gente cuática, le digo yo, cuando hablo de la gente del teatro. Esos huevones cuáticos que son exagerados, histriónicos, simpáticos, sensibles y que, menos mal, existen en este mundo tan condenadamente frío y aburrido. No sé si son todos iguales a ella, pero yo siento cosas parecidas a las que me provoca ella cuando conversamos, al ver muchas entrevistas a algunos actores buenos. Actores-actores, como dice ella, gente que tiene teatro, por estudios o por último por trayectoria real. No esa gente que es simplemente linda y que ponen a actuar para rellenar una teleserie. Sí, la señorita actriz seguirá actriz hasta su muerte, que espero sea en muchos, muchos años más. Y, como partí hablando de la intuición, agregaré que creo que así será, que en muchos años más será su despedida de este mundo y que seremos amigas siempre, y eso me alivia enormemente. No es malo tener amigos así. Más bien es bueno, en estos tiempos en que ser a veces duele, y ser con ella, menos mal, no sólo no duele, sino que además es dulce, es agradable, es tan lindo. Es simplemente ser. Así como me pasó con mis grandes amigos históricos, con el Checho, por ejemplo, en la ciudad de las almas pusilánimes (por la cresta, me cuesta quitarme el odio por esa ciudad infame).
Con el Checho recuerdo haber simplemente estado, horas de horas, sin hacer nada en particular, a veces incluso sin cruzar palabra. Echados en una cama enorme, ambos, mirando el techo, riéndonos de cualquier estupidez. Caminando en la noche, tan contentos de estar juntos, simplemente, juntos. Todavía recuerdo la mirada de perro guacho que puso cuando ya era un hecho que me vendría al Sur a estudiar. Yo huía del Norte, y me iba lo más al Sur que me permitía mi elección vocacional. No era chiste, eran varios kilómetros, yo no me iba como la mayoría, a lugares más bien cercanos, para estar cada tanto de vuelta. Yo me iba, y volvía con suerte en vacaciones de invierno, y si no, volvía en el verano. El Checho lo sabía todo, por supuesto, lo supo desde que nos hicimos amigos, un año y poco más antes. Sabía en todos sus huesos que yo me iría sin vuelta de esa ciudad, que era un hecho que me iría como me fue en la prueba de aptitud académica, y que iría muy poco de vuelta. Lo sabía todo, pero como que lo olvidó, hasta que faltó un día para que yo me subiera al bus. Ahí me dijo “y yo qué hago ahora sin la Pigú en esta ciudad de mierda”. Fue muy triste, tanto como dejar a la dulce Claudia, mi primera amiga verdadera, que me enseñó a querer incondicionalmente. Fue muy triste, lo siento. Aún así él sabía que lo correcto era eso, irme.
Luego, en mis visitas a esa ciudad (yo, en mi corazón, me fui ese día de marzo, con diecisiete años, el resto de las veces fueron visitas, a veces más largas, otras más cortas) nos reencontrábamos y la cosa volvía a su punto normal, como si nos hubiésemos dejado de ver apenas ayer. Con la única diferencia que ahora debíamos contarnos un par de cosas de nuestras vidas, yo le contaba de mis novios o amantes, de la universidad, de las nuevas amigas (nunca tuve otro amigo, creo). Él me contaba de sus asuntos. A veces, porque tampoco me contaba mucho. Eran tiempos muy duros, en su vida. No siempre me enteraba de lo que él hacía, la verdad. Una vez fue a verme, a mi casa, en el verano. Tal cual, me fue a ver. Golpeó la puerta, venía con su primo, creo que ni siquiera me habló. Se sentó en el sillón, frente a mí, mientras yo trataba de hablar con su primo, porque él no me habló en lo absoluto. Pasados unos minutos, se puso dificultosamente de pie (nunca supe si estaba sólo borracho o borracho y perdido de drogado, la verdad), y fue hacia la puerta, y se fue. Así como lo cuento. Y cuando, ya en la puerta, se me ocurre preguntarle “qué onda” me respondió (les juro que es verdad palabra por palabra, su respuesta) “quería verte”. Claro, ya me había visto. Ahora se iba. Y se fue.
Sé que el Checho no era el mejor partido amistoso para un hijo, menos para una hija. Sin embargo, por alguna extraña razón, mi madre no lo hostilizaba demasiado. Menos mal, ese día de su visita ella no estaba, parece. Creo que, de hecho, yo estaba sola. En verdad no recuerdo muy bien muchos detalles, pero sí que recuerdo perfecto esa visita del Checho. Recuerdo su mirada absolutamente perdida, sus pasos vacilantes, sus gestos lentos, y la forma en que se sentó en frente de mí y me miró, sobre todo recuerdo su mirada, que en esos minutos, en el sillón frente a mi sillón, no fue perdida.
Hay muchos, demasiados momentos-Checho que son dignos de contar, y de hecho, se los he contado a casi todos mis amigas, e incluso a algunos amigos (luego, en el tiempo en que sí tuve amigos, primero el Jorge, luego Etxe). Pero mi favorito, en el recuerdo, siempre, es el de la visita a la cárcel. Es así, muy triste, pero tiene una cuota de belleza difícilmente superable, al mismo tiempo. No lo voy a relatar con detalle, pero sucedió así: mi padre muere, y viajamos al funeral todos en la familia, mi madre, mi hermano, y mi hermana ya casada y embarazada, con casi sus nueve meses (mi sobrina adorada nació 18 días luego de la muerte de mi padre). Luego del funeral, estando aún en esa ciudad, me avisan que el Checho está en la cárcel. Yo lo voy a ver. Lo encuentro solo, en día de visita, porque ese día le darían permiso para asistir al funeral de su abuelo, que, nótese, era la persona a la que él más quería en esa casa. ¿Qué es lo lindo de esto? Se preguntarán ustedes. Lo lindo de todo esto es el abrazo que nos dimos, porque nos lo empezamos a dar desde lejos, en cuanto él me vio, a muchos metros de distancia abrió sus brazos y los mantuvo así hasta que yo me hundí ahí, me escondí ahí y lloré lo que aún me quedaba por llorar de mi padre. Lo lindo de todo esto es que ni él, ni yo, supimos de nuestros respectivos duelos hasta que nos encontramos adentro de esa cárcel. Lo lindo de esto es que a mí me importó un comino ir a verlo a la cárcel, y que muchos de sus supuestos amigos no lo habían ido a ver. No hablo del dolor de saberlo preso, porque eso duele siempre (los amigos jamás deberían estar en la cárcel ni en el hospital, me parece a mí). Me refiero a las circunstancias, a recién haber enterrado a mi padre y luego, casi de inmediato, ir a verlo al Checho a la cárcel. A mí me dio maní, no me hice el menor problema por eso, a pesar que no fue muy agradable el hecho de tener que ser revisada, por todos lados, por una gendarme, antes de pasar al patio de la cárcel.
En fin, el Checho y yo luego nos fuimos distanciando, pero extrañamente no fue un distanciamiento sin amor, sin interés. Simplemente ambos entramos en las ligas mayores de la vida, él se casó, se separó casi de inmediato y luego se volvió a juntar en pareja con otra mujer, y yo dejé de ir a esa ciudad por nada menos que once años. Y en medio de eso me embaracé de mi hijo. Volví llena de nostalgia y tenía sólo una cosa clara en la mente: debía verlo. Como fuera que fuera, pero debía verlo. A la Claudia también me costó ubicarla, dos días, luego de mi llegada, pero luego de eso, nos vimos todos los días, cada vez que yo podía. Pero al Checho, tan sólo lo vi dos veces. Fue una especie de odisea el poder verlo, y se confabularon a mi favor su hermana y su madre. Un asunto tremendamente triste para mí, porque era debido a su pareja, que según la hermana y la madre, era una especie de arpía manipuladora, hipercontroladora y posesiva. Me dio una pena atroz todo ello, inevitablemente reviví episodios violentos en mi cabeza, sólo que esta vez era otro el protagonista del chantaje por el terror o la manipulación. Me contaron tantas cosas, la verdad, de ella, y lamentablemente pude confirmar algunas. No sólo por la madre y la hermana, sino por mí misma. Su propia madre me lo llevó a mi casa. Sentí el timbre y supe de inmediato que era él, aún no cambiaba su forma de llamar a la puerta. Fue hermoso verlo, me lancé a sus brazos y lloré mucho, aún no sé muy bien el porqué, pero no podía contener las lágrimas. Fue un abrazo muy rico, además. Nuestras pieles nunca se llevaron mal, por otra parte. Recuerdo sesiones enteras en que él se dedicaba a sacarme las canas de mi cabeza, una por una me las detectaba y arrancaba. Ahora era él el canoso y yo, sorprendentemente, no parecía canosa. Creo que nunca tuve tantas canas como en mi adolescencia, y claro, ahora que miro las cosas hacia atrás, lo comprendo perfectamente. Es impresionante como el cuerpo habla a veces. A gritos. Fue muy divertido, porque él en un minuto lo notó, se rió y me dijo, “Oye, ahora no tienes canas, ¿Qué fue de tus canas?” y yo le respondí lo más lógico que se me ocurrió: “Es que tú me las sacaste todas”. Ahora, mirando hacia atrás, creo que dejé las canas en esa ciudad. Es increíble, sólo ahora, al escribirlo, me doy cuenta de ello.
Lo siento, ando muy demasiado nostálgica (de hecho, en mi msn sale “con saudade galopante”). Creo que tiene que ver con ciertas fechas ancla en mi vida, cierto aniversario o qué sé yo, asuntos nostalgiosos, repetitivos. Suele pasarme que escucho o leo de ciertas personas, más cercanas al presente, partes del discurso de este hombre, mi querido e ilustre Checho. Cuando fui a la ciudad infame, me conecté en línea con el Eo, y le dije, para poder resumir, que no había habido un día sin que yo llorara, por nostalgia, por recordar daño. Le dije “voy a necesitar escribir un libro para poder exorcizarlo”. Creo que algún día escribiré ese libro pero no sé si seré culo de mostrarlo. Es complicado ser autobiográfico, yo jamás lo soy. Digo, aparte de este blog. Sólo tomo prestado trozos de situaciones, por lo general no mías. Incluso cuando trato de ser autobiográfica, siempre me cuesta poner el límite entre lo que fue, lo que recuerdo con certeza, y el mito que en mi interior he ido tejiendo acerca de ciertos hechos. Escribir acerca de uno es siempre mentir, lo sé. Pero lo triste es que son mentiras muchísimo más blandas que lo que pudo ser el horror, al menos en mi caso. Estando ahí, en esa ciudad, de pronto recordaba sin querer cosas que de verdad tenía olvidadas. Una cantidad de ausencias, por sobre todo. Ausencia, eso resume muy bien. Ausencia de adolescencia, ausencia de fiestas, ausencia de pololos, ausencia de dignidad, de libertad, de paz, de calma. Hubo sólo miedo, a cada rato, no siempre presente pero siempre acechando. Y amigos, eso sí que sí. Estuvo el Checho, por supuesto, y estuvo mi Claudia. Con ellos me bastó para sobrevivir, para protegerme, para respirar. Ellos me fueron leales, incorruptibles, férreos. Recuerdo un par más de amigos pero claramente, no fueron leales. La prueba de honor está en cómo se refieren al infame en mi vida. Si pretenden hacerlo pasar por algo simpático y livianito, dudo de su lealtad. Bueno, hay un par más por ahí, también. Que me fueron leales, en el fondo, pero no me eran tan cercanos. El resto se sumó a la cobardía y la infamia del infame. Pero el Checho no, ni tampoco mi Claudia. Con esos dos me basta. Y no saben cuánto los extraño a ambos, ahora, justo ahora.
¿Querían blog? Bueno, ahí tienen. Y se viene la Welele, aviso. Ya se viene escribir de ella, la querida Welele. Afírmense, familia H-C.
jueves, febrero 22, 2007
with a little help from my friends
Esa cancioncilla se hizo mundialmente famosa, y hasta el día de hoy se ha asociado a Joe Cocker, no sé si en Woodstock, Monterrey o por ahí en esos festivales llenos de alucinógenos, amor libre y borrachos por doquier. El tiempo de Sexo, Drogas y Rock & Roll. No tengo la menor idea de cómo se escribe, “you cóquer” se pronuncia. Muy poca gente (que no sepa de rock) sabe que en verdad la canción pertenece a los Beatles. La versión de los Beatles es irreconocible para aquellos que hemos escuchado aquella versión aguardentosa y reventada de Cocker. A mí me parece que hacer una versión de una canción de los Beatles y hacerla de manera tal que en verdad parece una canción distinta es un gran mérito de Cocker, como sea que se escriba ese apellido.
Pero a mí me gusta el título y la letrita, que es igual para ambas versiones, o casi. Eso “de lo voy a lograr siempre y cuando mis amigos me peguen una ayudadita”. La traducción es libre, mía, chilena, pero se acerca bastante a la versión inglesa. Lo puedo lograr, lo voy a alcanzar, lo conseguiré, sí, con una pequeña ayuda de mis amigos. Qué bonito. Qué lindo que a Lennon o a McCartney se le haya ocurrido poner aquello en una canción. Aquello que es como obvio en verdad para nosotros, los latinos, que no hacemos nada sin el otro, sin el vecino paleteado, sin la amiga de la universidad, sin el compañero de furgón escolar. ¿Qué sería de nosotros sin los amigos? Los amigos sirven, aunque te de lata reconocerlo. Los amigos que no sirven no son amigos me parece a mí. No digo que uno vea al amigo como algo útil, pero los amigos sirven.
Es decir, y poniéndolo desde el otro punto de vista, si tú tienes un amigo y él tiene un problema, cualquiera sea (no puede poner la funda limpia de su plumón o edredón; o no sabe cómo calcular el Chi cuadrado; o se le están cayendo las cosas de la bolsa de supermercado; o su guagua llora a grito pelado mientras el amigo tiene que cocinar y ya está atrasado) y tú lo estás viendo, si eres su amigo, lo vas a ayudar, no vas a esperar que te pida ayuda, lo más probable. Ahí vas a ir tú y le ayudarás a meter el plumón adentro de la funda, tarea siempre titánica para quienes no saben la técnica del panqueque; le vas a decir cómo miéchica se calcula el bendito Chi cuadrado, que sabe Dios para qué sirve; te vas a agachar de inmediato a recogerle las cosas del suelo; vas a tomar a la guagua, la vas a mecer, le vas a cantar, o te vas a ir a la cocina si sabes cocinar…
Lógico, ¿No? Obvio de obviedad diáfana y absoluta. Tengo, sin embargo, una amiga que me agradece cada vez que yo la ayudo en su vida hiper-estresada de madre separada con dos pequeñuelos, un padre que escasamente ayuda, un trabajo absorbente y agotador. Las pocas veces que he estado en esa casa, la he ayudado la máximo, lo que más he podido, por último jugando con sus pequeños monstruitos a ordenar los juguetes, metiéndole comida de juguetes a la mochila que se trasforma en un monstruo devorador de juguetes. O lo que sea. Para los hijos de mis amigos, yo siempre tengo tiempo de jugar, de tirarme al suelo, de escucharles sus historias, de contarles las mías, de hacerles panqueques en la mañana si alojo en esa casa, etc. No me molesta, todo lo contrario. Me encanta llegar y que pequeños pasitos me reciban con cariño y felicidad. Los hijos de mis amigos nunca me molestan, son mis “sobrinos” y los adoro a todos por igual. A Iñaki, a Arantza, a la Cami, a la Isi, a la Anais, al Ariel. Para ellos toda mi paciencia en la medida que mi vida me lo permita. Puedo estar “tomando el té” por largos minutos con la Anais, manejando naves espaciales con Iñaki, matando bichos en el PlayStation con Ariel y mi propio hijo, lo que sea. Me encanta jugar, porque nunca he crecido del todo, gracias a Dios. Así que no es ninguna ayuda, más bien es un verdadero placer.
Los amigos sirven, quieras o no verlo, sirven. Lo hacen sin querer, lo hacen porque te quieren, lo hacen porque de verdad son amigos.
Hay amigos que a uno le sirven para otras cosas, para la cosa muy humana de desahogarse del mundo, de llorar cuando nada parece resultar, el amigo que simple y sencillamente te escucha o te lee un mail desgarrado y te acoge sin juicio alguno, sencillamente te pasa un pañuelo desechable o te avisa que te leyó el mail, y punto. Mis queridos amigos que con paciencia infinita secan mis lágrimas una y otra vez, que cruzan desde Peñalolén hasta mi feudo, un viaje de dos horas, sólo para abrazarte y que tú le mojes la camisa, de tanto llorar, y eso que llevan suéter y camisa. Amigos que te miran con dignidad, que te creen que vas a triunfar cuando parece que nada indica que así ha de ser, que te defienden del juicio de otros, que están siempre leyendo lo que tú les envías, para “criticarte” (cosa que en verdad jamás ocurre, porque o no saben criticarte, o de verdad no encuentran nada criticable en lo que les mandas).
Amigos que reciben al otro lado del mundo todos tus mails, los archivan, los guardan, sobre todo los archivos adjuntos, el trabajo de dos años enteros que han quedado ahí, resguardados en Granada, la bella, y que cada vez que entras en el territorio angustioso de la pérdida de archivos porque el disquete se fregó, el computador murió para siempre, el pendrive cogió un virus, lo que sea, aquello que a mí me pasa más seguido que lo normal parece, te los reenvían todo, sin mayor demora, sin mayor trámite, y que funcionan como secretarios particulares.
Hoy escribo esto en verdad para agradecer a estos dos amigos, estos dos seres, uno en Peñalolén y el otro en Granada, por todo lo que me ayudaron leyéndome a Becca, mi novela que no se llama así, por supuesto. Sólo ellos saben el nombre, por lo demás. Ellos, Antonio y Etxe, me la han ido leyendo por partes, y aunque su mirada de la novela es completamente disímil (Etxe no le cambia nada, o casi nada, en verdad, me dice o me decía que está muy buena, y Antonio no ha parado de achacarme con una dispersión que existe y que en este minuto trato de remediar, cosiendo partes, sacándole otras, en fin, lijando y lijando y lijando, sacándole punta a la palabra de una manera feroz y despiadada), ambos me han ayudado enormemente.
Ahora quizá los necesito a ambos más que nunca, pero no puedo mandarles la versión completa, sé que cansa leer lo mismo tres o cuatro veces. Se la voy a mandar por capítulos a la señorita actriz. No porque ella esté por sobre ustedes, no se me pongan celosos (joder, los hombres son tan posesivos). Ella tiene la ventaja de que no ha leído la historia de Becca, Gastón, Rafael, Amanda, y Fernando, no sabe nada de nada y por lo tanto es la mirada fresca que yo necesito. Ella dice que es un honor, pero no tiene idea en el medio cacho en que se mete al recibirme la novela. Es decir, si lo logro y le mando algo decente, va a ser un honor, pero si no, va a ser un verdadero cacho. La voy a tener como al pobre Anto entendiendo todo al revés, todo cortado, todo fragmentado. No sé si la novela debe ser tan lineal tampoco, acabo de decidir que puede ir un poco fragmentada y dispersa, qué tanto. Mientras estén todos los elementos, quizá no sería tan malo en una de esas hacer pensar un poco al lector, capaz que en una de esas, los lectores piensen. Así como la niña que tenía una vida y ahora no sólo no tiene una vida sino que además es nadie (mi sobrina preciosa), cuando lee, piensa, capaz que existan lectores que piensen, digo yo. Yo leo para entretenerme, la verdad. Me gusta leer novelas que no pretenden nada aparte de entretener, como la saga de la Rowling, del joven mago Potter. Bueno, me gustan otros, menos livianitos como Cortázar, Dostoiewski, Chéjov, Quiroga, Auster (que me van a perdonar, pero no es para nada livianito, La trilogía de Nueva York se mete en aguas bien profundas, sobre todo en Ciudad de Cristal, nada menos que el rollo del lenguaje y lo humano, nada menos que eso). Pero si me gustan es porque se dejan leer, también. Rayuela es una cosa gloriosa pero se deja leer. Los detectives Salvajes, una novela que trata de la nada misma, donde no pasa nada, y en verdad pasa de todo, se deja leer, excepto que a mí me da demasiada comezón el talento de Bolaño. Nunca jamás he podido leer a Joyce más allá de la página cincuenta que es hasta donde me obligo a leer cualquier libro que no me guste, para darle la oportunidad hasta el último minuto. Algunos libros son leídos hasta la última página para darles la oportunidad, o por último no me gustan nunca pero debo reconocer el talento de todas formas, como Deseo, de la Jelineck, por ejemplo.
Ver El Sacrificio de Tarkovskiy significó un verdadero sacrificio para mi persona. Las dos veces que me lo vi, un tremendo sacrificio. De hecho, para mí y mi amiga que fue la única que se quedó a mi lado para el segundo intento de verla, esa película es un guiño que nos hace mearnos de la risa. “El Sacrificio” decimos y nos reímos y reímos. Tarkovskiy digo yo, y más risa, más y más risa. Puede que sea un gran cineasta pero por Dios que es latero Tarkovskiy… Creo que igual voy a verlo, al menos Nostalgia y quizá de nuevo Stalker (que en verdad salva mucho más que El Sacrificio), pero es un latero de marca mayor el ruso aquel. Kafka es un latero. Sastre, hum, no sé a ratos es latero también. Y absolutamente todos o casi todos los filósofos son unos lateros, todos casi sin excepción.
A mí me gusta que lo que leo sea legible, partamos por eso. No le veo gracia alguna a la literatura que no se entiende por no entenderse, por ser chorifay, por ser “más literatura”. No me gusta, no hay caso. Borges, por ejemplo, no es latero y tiene todos los elementos para serlo. Era una enciclopedia con patas, el muy simpático, pero yo no encuentro que sea latero leerlo. Todo lo contrario, uno lo toma y sólo quiere saber en qué va a terminar el cuento, con qué giro genial nos va a embolinar, cómo es que nos va a dejar mirando para otro lado, llenos de preguntas que de a poco nos van cayendo, pasados unos minutos o unos días luego de terminado el cuento. El inmortal, por ejemplo, o La escritura del Dios, o el mismísimo El Aleph. No son cuentos, son naves intergalácticas que surcan el espacio sin mayor ruido ni mayor pretensión, y que de pronto uno encuentra así, a boca de jarro frente a uno y uno casi se hace pichí de la impresión. Por no decir otra expresión más adecuada y menos elegante.
Mi novela no pretende nada más que contar la historia de Becca y sus “hermanos” asociados a ella. Contar lo que no pasa, más bien que lo que pasa, además. Suena raro, pero así es. Mientras cuento lo que no pasa, cuento además otras cosas que sí pasan. Tal cual. Ésa es mi descripción de mi novela. Una novela que se centra en contar lo que no pasa, y punto.
Escribo esto para agradecer, entonces, a mis dos grandes ayudantes en estos dos años difíciles en que Becca fue el hilo conductor de tantas otras cosillas que escribí. A Etxe, muchas, muchas, infinitas gracias por acoger mi novela, por no-criticarla (más bien complejizarme la mirada de algo que yo encuentro de lo más simple y básico), por pelarme a los personajes, de status socioeconómico medio alto y no bajo como según él debiera de ser, por exigirme ser una Manuel Rojas versión dos punto cero, siendo que yo estoy más cerca, mucho más cerca de la simple y entretenida Rowling…
A Antonio, por decirme tantas cosas que me desorientaron y aún me desorientan pero que me entregaron un montón de luces… demasiadas, quizá. No sé si la cosa va a terminar como culebrón venezolano, Antonio, pero si es así, bueno qué tanto, soy latina, soy mucho más simple de lo que tanto vos como el chileno del Etxe pretenden.
Soy lo que soy y escribo lo que escribo, y hago lo que puedo con la palabra, no me da para más. La historia no la inventé yo, estaba en el aire, una musa inmisericorde me la dictó, en noches en que no me dejó dormir, en tardes en que estuve ausente para todos incluido mi hijo. La historia de Becca se me ocurrió que la escribía yo, pero en verdad me la dicta una musa gritona, chillona, impaciente, dictatorial.
Gracias, pase lo que pase, muchas gracias. Esta novela no sería, no habría visto jamás el momento en que ahora está (a punto de estar para la Editorial, a punto, literalmente), sin la ayudadita de ustedes dos. Bueno, parece que fue un poco más que una ayudadita. Gracias, amigos. Sin ustedes, yo, igual que Becca sin Rafael, sin Gastón, estaría perdida, total y completamente perdida. Yo, lo mismo que Becca, no soy nada sin ustedes, sin mis hermanos del alma. Gracias, a Peñalolén, miles de gracias. Y saludos a la familia.
Gracias, a Granada, muchas gracias. Y saludos a los críos adolescentes, y a la mujer fantástica.
Desde el fondo de mi corazón, muchas e infinitas gracias por todo lo que han hecho por mí, ambos. Los amo a ambos, no saben en verdad cuánto. Pase lo que pase, los voy a amar hasta que me muera.
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