domingo, septiembre 16, 2012

la que escribe cumple año y larry gana concurso de novela en españa


así no más es. la que escribe cumple año. digamos, de haber nacido, porque according to the chinese people, se cuentan desde que fui concebida en el vientre de mi madre. y aún así a veces no me cuadra, porque siento que soy más vieja que lo que soy; constantemente miro a mis hermanos y me convenzo que yo soy la mayor de al menos uno, mi hermano gemelo o mi hermano paralelo, mi amado hermano. y que con mi hermana, mi hermana-puente, mi hermana que es el regalo más grande que la vida o Dios ha puesto en mi camino, mi hermana-tesoro, tenemos la misma edad o nos llevamos por apenas dos meses.
sé que no tiene sentido. sé quién nació primero, quién es el del medio y quién soy yo ahí: la última, la del medio a ratos, pero en el fondo la última, porque entre mi hermano "gemelo" o paralelo y yo, no pasaron segundos o minutos, sino un año y una semana, entonces soy la menor de tres, aunque una y otra vez la gente se enrede para dicha de mi hermana, o para hinchar el ego mío, o para deprimirme cuando me dicen que parezco la mayor.
ya estoy vieja, lo sé.
mi sabrina adorada, mi amada brocola, seguro va a decir No tío, tú te ves más joven que un montón de viejas de tu edad. lo va a decir de corazón porque como dice el zorro al principito, solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos. y de cierta manera es cierto: cuando bajo de peso, y aunque me disfrace de profesional, me ponga ropa formal, digamos "pantalones de tela" como dice exte en nuestro blog (que luego fue solo mío y ahora quiere que sea suyo de nuevo, típico de exte)... cuando bajo de peso y los muchos estreses que me acosan desde distintas partes al mismo tiempo los tengo controlados, o disminuidos al mínimo, cuando, sobretodo,veo a mi hijo creciendo en paz, creciendo libre, creciendo y haciéndose hombre, un buen hombre, un hombre de bien...
cuando pasa todo eso, cuando logro que todo eso pase, yo, de verdad represento menos edad que la que tengo,y desde siempre ha sido así. 
no como larissa, que representaba como 21 a los 30,  pero yo durante años representé 18 en la u, incluso hasta quinto de la carrera (y yo congelé dos años, o tres semestres). recuerdo perfecto que me trataron de "mechonear", institución del tipo inducción-barbarie militar en que los nuevos (ahí llamados "mechones") eran tomados por fuerza y literalmente mechoneados (es decir, cortados el pelo a la fuerza, con una tijera, a tijeretazos), quedando con un bello e inspirador corte punk de alta pasarela que claro en esos tiempos nadie valoraba ni apreciaba culturalmente, y en estos, tampoco.
recuerdo que en medio de mi estupor, porque, yo, pollo de psicología -donde no hacían ese ritual barbárico sino una maravillosa bienvenida llena de símbolos con música de vangelis, con la u a oscuras, con un camino de antorchas esperándonos, algo llamado "bautizo"- jamás me había topado con  esa agresiva "bienvenida" y ya me estaban tomando para llevarme ante el grito de "mechona-mechona-mechona", yo aterrada porque sabía que además se aprovechaban de tocarlas, de emborracharlas incluso, o bueno lo que fuera, yo amaba mi pelito enredado y con visos naturales del castaño oscuro al castaño claro casi rubio de ese tiempo...
y pollo como era, a pesar de tener como 24 años, se me ocurrió decirles lo mismo que hago siempre en situaciones que me estresan al máximo, es decir: la verdad.
y no me creyeron, y creo que en serio no me creyeron. y ya no eran dos, eran más gritando el grito de mierda. me rodeaban y yo decía que no, que iba en 4° o algo así, y el líder me dijo, no te creo (que también es algo que suele sucederme cuando digo la verdad, porque parece que mis verdades suelen ser increíbles).
y en el colmo de mi angustia buscaba a alguien que fuera de mi carrera, un profesor, un compañero de curso, alguien y no, justo a esa hora no pasaba nadie por ahí, no había nadie para defenderme, y de pronto se me iluminó la ampolleta como decimos acá, y le dije al líder:
ok, te demuestro que no soy mechona, y si es así yo te corto el pelo a vos ¿vale?
el líder no se esperaba tal muestra de insolencia de parte de  un simple pollo. y además era un pobre pendejo de segundo (que son los que mechonean, de hecho, era menor que yo por por lo menos 4 años). así que pobrecito de él, aceptó el desafío. 
y yo abrí mi mochila, busqué dentro de ella, y encontré mi carné de la biblioteca central, con mi foto de cuando tenía 17 años, y el año de ingreso a la universidad, y se lo estampé en la cara, diciéndole
- pásame las tijeras.
el grupo ya no decía mechona-mechona-mechona.
el grupo de prehistóricos antecesores de lo que somos ahora, mágicamente volvió a ser h. sapiens (no sé si sapiens sapiens). se produjo un silencio incómodo y nadie me pasaba las tijeras.
entonces el lider, entre medio de ahora otro grito, otro murmullo que sonaba algo así a 
te cagó la mina, por hueón...
me las pasó, las tijeras, yo las tomé, me las puse en la mano, y le pregunté cómo quería el corte.
y todo era en silencio a estas alturas.
y el lider murmuró algo como, no importa, que no se note mucho.
y yo tomé las tijeras y me acerqué a su cabeza e hice un corte en el aire, por sobre todo su cabello, no toqué ni un pelo.
y se las devolví.
y me fui.
pero antes escuché algo parecido a disculpa, es que no pareces tener tu edad, pareces una niña.



pero esos tiempos han pasado. aunque todavía en ciertas circunstancias aún me dicen "niña", o "chiquilla", hace mucho que me dicen señora en todas partes, y agradezco que así sea.

estoy vieja, o como dijo la perdita, ya no soy joven. ya no somos,digamos.

y no me hago dramas por ello.

es mi edad, y es lo que soy, y no pienso desesperarme más pensando en lo que no logré a los 30, o a los 40, o lo que debo apurarme para lograr antes de los 50.

soy vieja, soy vieja, o es decir, ya no soy joven.

i'm getting older, and it's ok.


i'm not afraid about wrinkles, about the pains, about the death.

i just want to see my boy growing up in peace.

and i will do whatever i have to do for that future.

sorry my bad english.

i can't write in spanish without tears.

so, happy birthday to me...

y gracias por leerme, sabrina adorada, y si quieres corregirme el inglés, hazlo.

y disculpen aquellos que sólo le pegan al castellano, al español chileno, o a cualquiera de las variantes del español de donde venga que venga, es mi lengua, pero la palabra es mía, no importa si viene de Castilla con delibes, de los paisas con garcía marquez, de los rolos con larry mejía y lo que quedó del negacionismo, no importa si viene de argentina, de uruguay...
no importa que venga de las islas británicas,  o de la barbarie americana,  de donde venga mi palabra mestiza o gringa, es siempre lo mismo, es siempre un lugar seguro, donde huyo, donde me refugio de mi lugar oscuro, de mi laberinto espantoso, en que me rescato a mí misma huyendo, huyendo como dice chinoy:

nada era mío
mucho tomé
si hacía frío
no me abrigué
sabiendo, sabiendo
al viento puse fe
fe  fe   fe

un saludo a todos quienes me quieren, a todos quienes no me comprenden pero igual me quieren, un saludo enorme a todos mis compañeros escritores

y una felicitación sincera a 

don larry mejía
que se ganó un concurso de novela en españa
por su Caracaos

un enorme abrazo /que no sé si quiere aplausos, pero si los quiere entonces que desde acá bato mis plumas de pajarraca renacentista, y si no le mandan el ejemplar, veremos lo que se puede hacer para que alguien de españa vaya y reclame uno para mí y otro para él. tiene mi email, solo debe mandarme uno con anticipación de un mes al menos.

los dejo que debo batir huevos para hacer una torta, no para mí sino para nosotros, mi hermano gemelo-paralelo, mi amado hermano menor-mayor. 

así que espero que me salga rica, así ha de ser, porque la haré con un montón de amor, que es el ingrediente principal de todo lo bueno que sale de mis manos, de mis dedos, de mi boca.

un abrazo, y disculpas a quienes no comprenden que me pierdo por meses o años. y que hacerlo no es por olvidar promesas o compromisos.
es porque yo me pierdo en laberintos oscuros, donde me logro rescatar sola, o con ayuda química, con trámites humillantes, en el peor servicio de salud primaria al que justo me tocó en gracia "pertenecer". y también me rescata la palabra, y también me rescatan mis amigos, y también me rescata Dios.


gracias por leerme.

comenten, por favor.  yo los modero. no problem.  yo los protejo.

jueves, septiembre 13, 2012

para larissa

larissa no solo me gusta escribir, y me gusta leerme. me gusta este blog, que no tiene seguidores.
me gusta que los tenga. como vos, como antonio, como mi sabrina brocoli.
me gusta que ustedes no tengan su propio blog o que si lo tienen, no me tengan en ninguna cosa de link.
me gusta que sea un lugar donde escribo como quiero o como puedo y la mayor parte del tiempo como puedo, dentro del como quiero.
yo no busqué a la palabra, ella me buscó a mí.
acudió a mi, y me llenó de certezas.
luego me dejó sola, sin ella.
y en ataque de afasia, en un afán por sobrevivir, he debido escribir de nuevo, porque no entiendo instrucciones, porque soy taxativa como dice el jose, y si es congelado entonces creo que es congelado, y no sólo frío de refrigerador.
soy absolutamente autista, y me apego a la RAE en busca de certezas, de un lugar común.
y digo epistolar y asumo que todos entienden que mi relación con el cubano, al principio, fue sólo por cartas, que ahora se llaman e-mails, pero que bueno, era la misma cosa solo que en vez de caminar al correo, usabas el "bicho" que llamas tú, y que ahora uso yo para poder superar mi afasia, inmensa soledad de palabras, sin RAE, sin mouse, sin nada, solo yo y las ganas de volver a encontrarla, o que ella me encuentre a mí.
y la gente se exaspera de mi afasia y no entienden que yo lo que quiero es comunicarme, no más, nada más.
y que claro, no soy actriz como vos, no puedo usar las manos y el cuerpo para encontrar mi maleta en frankfurt o como se escriba la ciudad donde heidi se encontró con que ya no era heidi sino adelaida, para gran llanto de todos nosotros que la vimos en esos años que para vos no fueron felices, o no tanto, y para mí fueron una gran burbuja protectora.
yo no tengo esa habilidad en la cara, en las manos, en el cuerpo. yo no sé cómo te agenciaste un marido francés si ni hablas francés (o no lo hablabas). esos son misterios de la vida para mí.
yo solo tengo a la palabra, y la palabra me abandona, me deja sola, me deja en un lugar frío, oscuro, donde solo me rescata la voz de julius, tu hermosa voz, tus ojos, tus brazos que me abrazarán muy pronto espero, esperamos ambas.
me rescatan muchas cosas más larissa.
me rescata este mismo blog, donde desde siempre pensé en escribir en paz, sobre todo de mí misma y mi maldita obsesión por lo perfecto. porque la gramática y delibes y todo eso que sé que hay que hacer, y no lo puedo relajar, porque delibes escribió y si lo lees lo encuentras fome, aburrido, denso, latero, pero si lo lees, oh Dios, si lo lees en serio notarás hasta el olor del polvo de Castilla y dirás oh, necesito toser que no puedo respirar con este calor.
y no solo es delibes, mi amado muerto miguel delibes, que está más vivo que muchos en sus muchos libros (lee Las ratas, larissa, lee Las ratas, julius, lean Las ratas, por favor). es don nica(nor), es su hermana la violeta, es silvio, es chico buarque, es benedetti como dije ayer.
es william faulkner, es por supuesto, paul auster, es dostó, el viejo y nunca pasado de moda dostó(iewskii) y sus hermanos karamasovii, bratia karamasovii, y de ahí encendemos el samovar y entonces que pase el maestro chejov, que murió como a mi edad, pobre de él, y que era tan humilde, por Dios Santo, tan humilde y escribió cuentos que son catedrales, y a propósito de esta frase, está nuestro roberto bolaño, y en fin son tantos larissa...
tantos a quienes yo ni siquiera les llego a la uña.
tantos a quienes de solo leerlos me paralizo y me digo, jamás alcanzaré tal cumbre, jamás.
y no importa,
no escribo para ser escritora.
escribo porque soy escritora, no puedo dejar de serlo.
me paguen o no por ello,
me aplaudan  o no por ello,
me lo reconozcan  o no,
no puedo,
no puedo, del verbo no-poder
no puedo no-escribir.

martes, septiembre 11, 2012

oscar hahn de nuevo

no tengo mucho tiempo. me van a cortar la internet hoy o quizá mañana.  en general no tengo mucho tiempo ni para leer ni para escribir.
han pasado cosas, es cierto. la vida es más difícil pero al mismo tiempo, no sé, más abordable. aprendo lentamente a fluir, a confiar. no sé si en la vida, pero a confiar, a fluir sin tanto rollo mental.
y casi no escucho noticias, ni veo noticieros, ni leo periódicos, ni leo noticias en internet.
he vuelto a ser (o más bien siempre he sido) un pajarraco renacentista.
ando con un lente roto, pero puedo ver, el cristal está bien, es el marco el roto y es el scotch (la cinta adhesiva transparente, no un güisqui) el que hace la ilusión de que el lente está roto. en fin, no lo consigo arreglar por un asunto de dinero, y de rabia: los marcos de los lentes son nuevos, menos de un año o por ahí, y no pensé que fueran tan frágiles.
no tienen los mismos atados que los de metal, pero se rompieron demasiado fácil. atado es problema, desventaja.
me cortan la internet, debo dormir.
les dejo.
pero les escribo para decirles eso: soy un pajarraco renacentista, no veo noticias, no leo diarios, etc.
y un día, hace poco, recibí un regalo maravilloso: la radio decía que oscar hahn era el nuevo premio nacional de literatura. fue un regalo para mí, primero porque me encanta oscar hahn. segundo porque eso es confirmar que está vivo. tercero porque tengo consignado en este mismo blog, en el tiempo en que escribía, lo mucho que me gusta este señor así que no es por contingencia que lo escribo. y me da lo mismo si es o no contingente.
se murió benedetti, se murió miguel delibes (por acá en chile nadie lo lloró, yo tampoco, pero me dije "ha muerto algo importante en nuestro idioma, la palabra ha perdido fuerza, es verdad, se regenera casi sin que lo notemos, pero ha muerto delibes, silencio, silencio al menos por un día", también me dije "ha muerto delibes, y ha muerto rodeado de amor, ha muerto realizado, ha sido una vida plena, hermosa").
de benedetti dije cosas parecidas, pero no sé, benedetti es pueblo, al menos acá, y lo amamos y sentimos nuestro y claro, partió, digamos, murió, pero por alguna razón extraña lo siento eterno, no perfecto, no "genial", simplemente, no sé, nuestro.
y hahn es premio nacional, si no me equivoco. y yo estoy feliz por eso.
y no sé si presté ese libro, o me lo robaron (más probable lo último), pero no lo tengo, y no importa mucho.
es como lihn, es como tellier, está, estuvo, escribió, escribe, y qué bueno, que alegría para mí, ese libro puede ser conseguido de nuevo, o leído de biblioteca, da lo mismo.
nunca jamás he entendido la poesía, Dios me libre de entenderla. nunca he podido criticar literatura, ojala nunca entienda de ello.
sé lo que me gusta leer.
y me gusta que estén muriendo de viejos aquellos que lo dieron todo, que dejaron todo, todo lo que yo necesito leerles.
y me alegro que hahn no sea viejo o al menos "no tan viejo", y que ni idea de su salud, pero que siga escribiendo y que ojalá hacerlo lo haga tan feliz como a mí leerlo.
no es feliz precisamente la palabra, pero no tengo tiempo, me van a cortar la internet.

lunes, mayo 09, 2011

volver (de nuevo)

tuve internet en casa. tuve calma, un tiempo tuve calma. pero no escribí acá por una razón de lo más tecnológica: los comentarios. me empezaron a llegar avisos de comentarios que eran pura y simple tontera. links de no sé qué cosa, supongo que spam o talvez hasta virus, qué va a saber una.

eso me deprimió, o más bien me frustró. traté de solucionarlo, pero no se me ocurría cómo. finalmente puse un filtro, pero pensé que al igual que los comentarios, me iban a avisar a mi correo electrónico. hoy entré a mi blog a leer entradas antiguas y no sé cómo me pillé con "comentarios" y una lista de comentarios por aprobar. es decir: vuelvo. puedo aprobar y rechazar comentarios, así que rechazaré los spam, y listo.

no sé si voy a escribir en la cantidad y/o calidad de antes (cantidad sí hubo, puedo certificar que hay entradas larguísimas como el factor cuevas, por ejemplo, calidad, no sé...). no sé si tengo tema. no sé siquiera si quiero tener tema.

por acá pasó un terremoto, llegó un presidente de derecha, la gente pobre (entre los que me incluyo) estamos cada vez más pobres, todo cuesta increíblemente más que antes (claro, siempre suben los precios pero ahora es una cosa agobiante), la locomoción ahora es un poco mejor (llegó el metro a mi feudo) pero aún así es estresante, Etxe va a ser padre (y su hijo se va a llamar Lucas, al menos hay una esperanza de ello), mi hijo no va al colegio y al parecer perdió este año, mi sobrina quedó en una carrera que le venía como anillo al dedo pero a mitad de año no quiso más, y ahora está estudiando otra cosa nada que ver, pero feliz, ahora en Ciudad Anestesia (o Santiago-es-Chile), en fin, un montón de novedades, y yo no tengo tema, creo. pero he vuelto, y me buscaré un tema, por último.

ahora escribo a trasmano, sin calma, sin tema, pero de alguna manera feliz porque ya sé que es cosa de buscarse la calma, es cosa de dar con las primeras dos o tres palabras, y ya, la que escribe vuelve a escribir.

miércoles, diciembre 30, 2009

la risa, el ser, Baldur, y se nos fue el año.

Me acaba de decir mi futuro ex jefe que nunca había trabajado con alguien que se riera como yo con esa risa viciosa, engañadora, multiplicadora e incontenible. Yo con mi sobrina me río hasta que me duelen los músculos abdominales, es mi único ejercicio en que los pongo en práctica, creo, bueno, quizá cuando hago el amor los use para algo, pero no me duele el cuerpo como cuando me pego esas maratones de risa endorfínica. Reírse es como una droga, te ríes y te ríes y te emborrachas de tu propia risa, embriagas al resto de las personas que contigo están, te ríes y el mundo entero ríe por un momento. Con mis mejores amigas me río, con mis amigos, con mi hijo, me río hasta que quedamos exhaustos, lo mismo con mi madre. Me río mientras escribo esto de acordarme de los motivos de la risa con mi hijo y madre: en general, de nada, de cualquier cosa nos podemos enganchar en el maravilloso y misterioso país de la risa.

Ese país es eterno en mí, conozco sus estaciones y sus puertos, sus casas y habitantes. Me he llegado a mear de la risa. Con mis amigas más intelectuales uso el humor así, elevado e intelectual, profundo y sabio. Con el resto de la gente uso el humor a secas, reírse de un nombre de calle, de un truco con las palabras, de lo que sea, de lo que venga, de mí misma, sobre todo me río de mí misma. Creo que la gente que no sabe reírse de mí misma es gente definitivamente obtusa. Gente que no aprende o aprende puras estupideces prácticas, económicas, políticas. Imbecilidades. Yo en cambio, me río de mi falta de dignidad en el amor, de mi definitiva falta de concentración (en la oficina me retan porque hago sonar la alarma a cada tanto, yo no le veo nada, nada de aporte a la alarma pero ellos, tan serios, se juntan y me dicen que debo concentrarme más, que no puedo ser tan dispersa). Yo soy dispersa, gordita, apasionada, y de todo eso me río. Me río de mi poca paciencia con mi hijo, de lo mala que soy con él a veces, de lo floja de mi sobrina (pasará todo el verano en piyama excepto cuando salga, que es cuando se baña, perfuma y viste como adolescente normal). Me río de muchas cosas, la mayoría de las cuales yo misma genero, como los “apú” con mi hijo que no sé porqué, nos dan ataques de risa a ambos, y a nadie más.

Me río con Baldur, ah, con Baldur sí que me río, pero esa debiera de ser una entrada nueva en este blog. Hablar de Baldur es hablar de otra cosa, de una dimensión distinta de mí, yo me junto con Julius, que es Bascur, hasta que le digo Baldur y empieza la maravilla. Baldur es la puerta a un montón de cosas. Por sobre todo a la liviandad del ser. El ser es liviano cuando se encumbra en la risa. La risa lo hace elevarse, le quita peso, el ser entra de lleno a la totalidad de la mano de unas buenas carcajadas.

Ya dije, de Baldur hablo otro día. Es un buen desafío intentarlo. Y del ser, también, otro día. Y del existencialismo de la risa, y de todas las pavadas que se me vengan en gana, pero eso será ya el próximo año. Por ahora entierro este año sin la menor de las penas, se fue el año, no más, y qué tanto, fue un año bueno para mí y mi hijo en muchas cosas, y malo para otras, fue el año en que me decidí a amar sin tantas vueltas, total, amar se me da natural, y da lo mismo para dónde se me va el deseo, me merezco amar y ser tocada hasta la médula.

Amigos, amigos. Les dejo. Hasta el próximo año. Hasta la próxima entrada. Hasta entonces, quedo siempre, siempre

Suya

La que escribe.


jueves, diciembre 24, 2009

Navidad

Llevo muchas navidades en el cuerpo, pero esta es la primera, desde que fui madre, que no estaré con mi hijo. Eso, y otras circunstancias especiales me ponen sensible y de cualquier nada me caen unas lágrimas.

Ayer llegué a mi iglesia con ganas de rezar, cantar y tener buena onda, pero no hice nada más que la primera cosa, pues me seleccionaron para la misa del domingo, así que hube de quedarme a una reunión larga y agotadora, donde leí mal, no sé, apurada, y me criticaron y dije, no se preocupen, he de leer bien cuando llegue el momento. Para peor, antes de entrar a la reunión me peleé con una hermana del movimiento, porque no paraba de decirme que estoy gorda (lo que es cierto). En Chile no se acostumbra a ser asertivo, así que por lo general una es considerada una pesada. Ya estaba demasiado agotada, la verdad.

Así que la primera lectura del domingo la hago yo. Es extraño, fui a buscar energía y sentí que la energía la entregaba yo a esta futura misa. Y sin embargo, por disciplina o por lo que sea, me cuesta decir que no, sobre todo si me piden eso, participar de una misa, al Señor no le puedo decir que no, no puedo no más, justo ahí donde antes no había más que confusión y cero energía surgió la energía suficiente como para armar el panorama de lo que haremos el domingo junto con la gente.

Ya en casa, agotada, extrañando a mi hijo, me puse a pensar en los arbolitos de Navidad que he armado y desarmado, en las navidades pasadas, de cuando era niña, me invadió la nostalgia, pero es una nostalgia buena, difícil de explicar. Siento que esas navidades pasadas cuando niña las llevo adentro de mi corazón, guardadas envueltas en un paño húmedo (húmedo de lágrimas frescas, las que he vertido últimamente al añorar la cabecita pelucona de mi chicoco sobre mi pecho, suspirando y diciéndome con su voz especial “mita, mita”). Recupero esos recuerdos húmedos y la maravilla vivida vuelve a sentirse.

Recuerdo el arbolito de Navidad, el primero que tuvimos. Era de un material extraño, tieso, envueltas las ramas en una especie de follaje verde imitación pino, y la verdad ya no recuerdo más, porque pronto fue reemplazado por otro, plástico, canadiense, que tenía una estructura de plástico más densa y sobre ella se montaban una a una, unas hojitas verdes, como de coníferas. Recuerdo haber estado horas en el pasillo frente de mi dormitorio enchufando esas hojitas en esas ramas, una tras otra, hojita tras hojita, enchufa que te enchufa, hasta que me cansé y ya era hora del té (a las 5 exactas).

Luego las ramas se armaban en el armazón, y se ponía el árbol en el lugar asignado, un lugar de honor, y se procedía a adornarlo. Esto era lo más mágico, lo que aceleraba mi corazón a mil, lo que hasta el día de hoy quisiera reeditar pero no logro encontrar los adornos justos. Eran de esos de vidrio soplado ¿los recuerdan? Eran de vidrio soplado, coloreados con colores metálicos, un cisne rosa, estrellas doradas, incluso había uno trasparente, y eran una verdadera pieza de arte. Todos los años se rompía uno. Se hacía añicos en el piso, dejando un polvo brillante y algunas lágrimas mías sembradas alrededor.

Mis hermanos y yo éramos felices y libres, esperando la noche mágica. La cena era una cosa aparte, mi madre ponía el mantel blanco, blanco perla, y copas que sólo se usaban esa noche y la del año nuevo. Carne mechada, a la cacerola, ensalada de papas, arroz, bebidas. Y luego pan de pascua, uno exquisito que hacía mi madre, como casi todo lo dulce que yo comí en mi infancia, receta que he rescatado y de la que sólo recuerdo que llevaba dos cucharadas de vinagre blanco, que ni idea para qué aportaba.

Yo no hago pan de pascua, no al menos esta Navidad. Hice galletas, la receta es mía, es decir, es inventada por mí, a partir de una tarde de invierno en que se me ocurrió hacerlas y glasearlas.
Lo mejor de esos recuerdos de Navidad es que mi padre está ahí, eternamente feliz, sonrosado comiendo, riéndose, abrazándonos, junto al árbol, junto a mí con mi corazón chirriante de felicidad. Mi padre será siempre Navidad para mí.
Que la luz de la estrella de Belén les ilumine, amigos amados.
Desde Chile les abrazo con mucho amor. Gracias por leerme.

lunes, diciembre 21, 2009

he vuelto, creo.

Chicos, tengo internet en casa, qué maravilla ¿no? Y puedo dedicarlo un tiempo más largo a escribir mi blog, aparte de ver series gay en youtube, por ejemplo El cor de la ciutat, que aparte incrementa mis niveles de catalán, lengua que por demás, se parece al castellano tanto como el portugués, es decir, no se entiende un carajo.


Me encanta esa serie, me gusta cómo se entrecruza la vida, cómo se complican, pero sobre todo me gusta cómo muestran el amor entre hombres bien hombres, esos besos contenidos o desatados, el amor gay siempre me ha llamado la atención, ya lo saben, y me es escaso de ver como me gusta a mí.


Bueno, he estado haciendo mis famosas galletas Pigú (yo me llamo, entre muchos otros nombres, Pigú, y no tiene nada que ver con los cerdos en inglés). Las corto con diseño navideño, las pinto con glasé, las vendo, las como, y veo cómo las come mi hijo. Mi pequeño ha crecido, es largo, y aún quiere dormir conmigo, se me abraza en las mañanas, pega su cabeza a mi pecho y ese gesto revienta en mí un millón de burbujas de ternura. Mi hijo crece, ya es adolescente o casi, ya no quiere que lo vea desnudo, se cubre con pudor, pero aun quiere que entre al baño cuando se ducha para que conversemos.


Todo eso pasa, y yo sin saber de Antonio ni de Xavier, sin ver a mi amor, o viéndola muy poco, el día pasa, los días pasan sobre mí y sólo puedo decir: he hecho galletas, y leí 2666 de Bolaño y lloré, y me horroricé, y quedé manchada de sangre femenina, de huesos hioides fracturados (principal causa de esas muertes en Santa Teresa), de pezones arrancados, de pechos cercenados, de todo el horror que Roberto le puso a esas páginas y que aún me atenazan de terror. También quedé atravesada del gigante alemán que no era nada y de pronto escribió (porque escribí porque escribí estoy vivo) y fue como volver a caminar sobre el fondo del mar (ah, el fondo del mar, los peces del abismo, algún día yo escribiré esa novela). El gigante alemán que tuvo que empuñar un arma, esconderse en buhardillas que se caían a pedazos, el que amó a una loca que lo amó primero, el que vivió un diario que no escribió, pero que fue el principio de su escribir, de su eterno deambular por libros que inflamaron a los cuatro amigos con quienes parte y de alguna manera termina el libro. Y quién iba a pensar que a las finales eran parientes. Lo son, y es una metáfora de cómo estamos relacionados todos, somos producto de una misma mezcla, una cosa maravillosa, humana, asesina y angelical al mismo tiempo, todo lo que somos está emparentado como un sobrino y su tío que nunca se conocieron y sin embargo se intuyen en los gestos propios, en el porte de gigante, las manos enormes quitándole la vida a la única muerta que dejó lo suficiente para inculparlo.


Salgo con Etxe y me encuentro a alguien que difícilmente reconozco, con argumentos cagones, sangrones, con una forma de amar que me da pena, prefiero ser infiel, o ser libre en el amor, a estar pensando que tengo seguro el amor de alguien, yo no tengo a nadie seguro, yo sí, yo soy de una, de una sola, aunque me toquen otros, soy de una, y la extraño mucho y me duele no disponer de mi tiempo a mis anchas para correr adonde sea que ella esté, por fin abrazarla.
¿Qué más? Ya dije, no he sabido nada de Xavier. Nada, ni sé si está vivo, qué macabro pensárselo así, pero si muere allá en Uruguay (que para Antonio me queda cerca, casi al lado, un subirse y bajarse del avión, pero para mí es lejos, muy lejos) no tengo cómo saberlo.


De Antonio, nada tampoco, pero con Anto me es más normal, y al mismo tiempo más doloroso, seguro que resurge diciendo, he estado ocupadísimo nena, bonita, pero acá estoy, y felices fiestas. Felices fiestas, seguro, amigo, bonito, pero por fa escríbele a la chilena, que se muere de saber de ti y tus hijos enormes, ya unos hombres, ya lejos, y muy pronto más cerca que nunca, Anto, bonito aparécete de una buena y condenada vez.

PD. me enamoré de dos o tres cosas, las fotografías de olas por dentro de Clark Little, el show de Juanelo (grande, Can), y las Dosis diarias de Alberto Montt. estos dos últimos son monos chilenos y me parto de la risa.

lunes, octubre 26, 2009

gente

la gente es rara, estamos claros en este punto. de partida, la gente habla de la gente y nunca se reconoce en ella. si hablamos de algún defecto de los chilenos, decimos: es que son muy sucios, la calle está llena de basura, la tiran por cualquier parte.

y ¿quienes son los que tiran basura por todas partes? pues, la gente. pero uno nunca dice "echamos la basura por cualquier lado", no, señores, uno jamás ha botado basura al suelo, jamás, en una carretera, menos que menos en un bus de transporte público. bueno, yo en serio no lo hago, tengo en mi mochila un bolsillo especial para la basura, le he enseñado a mi hijo que no tire basura, de hecho, él mismo la guarda en tal bolsillo.

ya.

la gente en los estadios es loca, desenfrenada, incluso delincuente. es cosa de mirar las imágenes que captan los noticieros, son verdaderas hordas paleolíticas tratando de imponerse frente al clan enemigo. bueno, yo no voy al estadio, justo por eso, o quizá porque es caro, y el fútbol en Chilito no es que digamos, brillante ni de alto vuelo.

a ver a la selección, iría quizá, pero ahí sí que sale caro, y en fin el trabajo, el hijo, los amantes, queda poco tiempo para ver fútbol en vivo, que me gustaría, pero es complicado.

la gente... tiene cosas muy malas, es cierto, pero es divertida, no sé, al menos en Chile, la gente es muy buena para la talla a flor de piel. talla es como un lance, no sé cómo describirlo, es un Think Fast, una respuesta verbal, al voleo, a una situación divertida o inusual. es una tentación demasiado grande no responder, no decirle algo a alguien, algo que nos hermana.

yo venía subiendo al metro, muy cansada, de la casa de Etxe, y me iba a sentar entre dos señores, les pedía permiso y uno nunca se corría para yo sentarme, bueno, me siento lo mismo, y justo el metro inicia su viaje, abruptamente quedo sentada sobre el señor que sí me estaba dando espacio para sentarme (el otro dormitaba sin enterarse de nada). sentada en sus piernas me vino un ataque de risa, pronto me recupero y me siento a su lado, pidiendo disculpas y riéndonos ambos del incidente. y ahí el caballero me dice "en todo caso, me han caído cosas peores encima".

la gente es divertida, buena para la talla, violenta, sucia, xenófona, etc. la gente es toda, entera, humana, y por tanto echamos sobre su concepto todo aquello que nos disgusta de la naturaleza humana, y así nos quedamos, como si nosotros mismos no fuésemos gente.

ah, pero la gente implica otro giro, otra semántica. la gente es lo correcto. sí, tal cual, lo correcto.
tráeme un sándwich como la gente. vístete como la gente. el concierto sonó como la gente.

cuando hablamos del estándar "como la gente" implica el mínimo de aprobación. si algo no es como la gente, es malo, mediocre, reprobable.

si es como la gente es, al menos, pasable, mínimamente aprobable.

incluso más, lo que es como la gente es bueno, correcto, adecuado. un clima como la gente, un escritor como la gente, una página web como la gente.

ah, y está también el concepto de "ser gente". que es como decir, decente. si alguien no es gente, pucha, es marginal, flaite (otro día me explayo en lo flaite que resulta ser como un cáncer en Chile a estas alturas), maleducado, inculto o grosero. ser gente implica saber comportarse como la gente (y aquí ambos conceptos hermanan). si alguien no es gente, simplemente no tiene valor como persona, como gente.

entonces la gente es lo peor, y sin embargo es lo correcto e incluso lo esperado socialmente. claro que ambos significados no se juntan jamás, quizá solo es estas reflexiones sin alcohol de mañana un día lunes lento, aunque como la gente, hay que decirlo.

y ustedes ¿son como la gente? ¿son gente?

¿o consideran que la gente es lo peor?

lunes, septiembre 28, 2009

amarillo

Escribo Amarillo, que es sobre los días amarillos, los días del Caco y yo, juntos, amándonos con tanto miedo, con tanto riesgo.

Escribo: los días eran amarillos porque eran tiempos de luz granular, que se partía en miles de granos que a su vez, se volvían a partir, y así, la luz era inmensa, amarilla, costaba dormir luego que el sol se levantaba lanzando sus granitos sobre nosotros.

Y escribí: nos separamos, más bien yo lo dejé, lo dejé, pero él no me dejó, nos encontramos siendo amantes sin sábanas; por falta de oportunidad o por falta de coraje, o quizá por un dejo de decencia no me volví a acostar con él, además, él se emparejó con ella, la Pito, y se puso serio, y hasta se enamoró, y diría que fue feliz, pero sin embargo, cuando nos encontrábamos a solas aún salían chispas de las chispas del sol, la luz granular y los días volvían a ser amarillos.

Y así, muchos años, muchos, él hablando maravillas de mí, yo haciendo un culto de él, mis amigas celebrando mi celebridad (andar con él era como andar con el Ché, o el subcomandante Marcos), la vida seguía y nosotros, desde orillas distintas, nos saludábamos, eventualmente, a veces compartíamos un cigarrillo (tabaco o mariguana o ambos), un café, un desayuno, un trago de cerveza.

Y de pronto estoy desnuda, él en mi cama, me duele, me duele lo que él me hizo o me hace, no recuerdo ni sé muy bien cómo es que llegamos a estar desnudos en mi cama, pero estamos, y él enciende un cigarro, fumamos, y me relata una historia que le pasó en el baño del Di Memo, un tío que le hizo sexo oral luego de mirarle el miembro descaradamente, un pobre mariconcito que le hizo lo primero que le hizo un hombre, porque luego, mucho después, se lanzó a la vida loca, cuando se descubrió homosexual, pero esa es otra historia, la que lo mató por borracho y caliente, o quizá lo mató la vida, porque era demasiado para esta vida, este Caco.

Y de eso escribo, y me desespero de pensar que quiero poner todo esto en mi blog, pero no tengo cómo sacarlo del computador infectado de virus, y no cualquier virus, es el más pérfido, el más tenaz, el más mortal, así que le escribo a ella, le digo, escribí, escribí, y quiero ponerlo en el blog, y termino re-escribiéndolo, lo que es decir, escribirlo de nuevo, de cero, con pequeños atisbos de los días amarillos, recordando la luz granular que se parte en más.

martes, septiembre 22, 2009

la patria-palabra

Ah, qué difícil escribir luego de leerle el blog a Larry Mejía, con su viaje de regreso a Colombia, aún allá en Caracas sufriendo lo indecible, no sólo saudade (nosotros sufrimos saudade crónica), sino una constante desadaptación a costumbres, falta de dinero, falta de agua, Larry, hermano, ¿cómo ayudarte?

Es difícil escribir, cuando uno se lo toma así el escribir, no como antes, que era en libertad, en completa identidad, ahora miro la palabra como es, desnuda y amenazante, fragante a herida recién hecha, sangrante, abierta. La palabra es nuestra patria, nuestra única patria, dijo Larry, dije yo, dijeron tantos, es cierto, vivimos en la palabra, somos palabra y casi nada más, la palabra es nuestro puerto y nuestro naufragio, nuestro alimento, nuestra sal, nuestra miel, nuestro norte, sur, centro. El lugar del que jamás salimos, la palabra.

Y es bello hablarlo con Larry desde Venezuela (¿qué coño haces allá, man?), en nuestro español mestizo, nacido de la espada y del maíz, de la cruz y del zapallo, la palabra acá es morena, tiene ojos enormes que miran con recelo, cuando no con resentimiento, es morena la palabra, aunque nosotros seamos blancos y desabridos, llevamos la piel morena por dentro, y con “se me van los pies”, no sólo se nos van los pies sino la cintura, la cadera, y los hombros, también, todo se nos va en ese ritmo desde Perú, con Mama África enlazada desde siempre en sus morenos labios.

Larry desde Venezuela sin agua (traté de mandarle una par de nubes, pero no se pudo, las nubes se me llovieron antes de salir de Santiago conmovidas por la capa de smog que nos asfixia ahogando los juegos de nuestros párvulos y dando una mala agonía a nuestros abuelos). Yo desde Santiago, con amor a raudales, deseada, deseando, amando con un poco más de relajo que antes, en una burbuja de paz en la cervecería nuestra con Etxe, paseando por la Moneda con Los Jaivas cantando Sube a nacer conmigo hermano, en mi barrio, en mi casa, mi cama, un bus rural, un tren, un paisaje en Paine, la soledad del campo acogiendo nuestros besos.

Y Larry, siempre ahí para mí contestando mis mails de inmediato y acogiendo mi ansiedad, haciéndome sentir menos bicha rara con sus comentarios, qué bueno que existes, Larry, hermano, qué bueno que eres generoso, y qué mal que estés en esas condiciones, pero bueno, algo bueno sale de todo esto, tu blog florece en primavera, se llena de cogollos, de brotes, de frutos tempraneros, yo acá saco banderas para celebrar que se fue el invierno y su muerte, y sus cinco grados bajo cero (y yo sin ella, sin tener cómo abrazar su fría piel sedienta de mi calor), el invierno y sus interminables días de lluvia, lluvia helada, encima, porque podría ser como en el sur, que llueve tibio (¿o es que hace tanto frío que por contraste uno siente las gotas tibias?). Se fue el invierno, menos mal, llega la primavera:
«…Levántate, amada mía,
hermosa mía, y vente.
porque, mira, ha pasado ya el invierno,
han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra,
el tiempo de las canciones es llegado,
se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra…”

Llega la primavera, y no es maldita esta vez, los gatos se aman a desgarradores maullidos sobre mi techo, rodando enervantes sobre mi descanso y mi amor, todo huele a septiembre, el aire se llena de volantines, y mi alma se eleva por el continente y una punta toca Larry, donde sea que se encuentre, y espera que le haga el favor de comentarme el blog (me lo debe, man).

Y por acá comienzan los festejos por nuestro bicentenario (qué nación más joven somos, apenitas doscientos años, qué vergüenza frente a los europeos, que arrastran consigo miles de años de cultura), y el festejo es popular, en la casa de gobierno, con artistas que sentimos de todos, con canto, con baile, con vino, con payas, con el alma limpia y fresca.

En un instante, más actualización a este blog.

Gracias por leerme.

Quedo suya, hasta siempre.

La que escribe.

lunes, septiembre 07, 2009

Chinoy.


La convocatoria era de Manuel García, y otros, Camila Moreno incluida. La idea era reunirse en torno a lo mapuche: protestar por el trato hacia los dirigentes mapuche, juntar dinero y alimentos para los niños mapuche.
Yo sólo sabía que iba a cantar Chinoy, y que desde hace meses que lo quería ver en compañía de mi Etxe, ojalá con Verita también, para que se conocieran entre ellos y tener a mis dos amores reunidos por fin.
Llegamos con Etxe de los primeros, consultamos al guardia del cerro que nos dijo que subiéramos. Subimos pero no llegamos a nada, es decir llegamos pero no había nada, ni llegaba nadie más. Luego fueron llegando, a pie la mayoría, otros en auto, las chicas todas naturales, pelos lacios o ensortijados, con lanas, bototos, los hombres de negro, abrigados todos, en torno a los paraguas exigidos más que nunca.
Ya era la hora, y no se sabía nada, se asumía que no iba a hacerse, que seguro la lluvia lo echó abajo. Empezamos a conversar con los demás, todos estábamos en lo mismo, ninguno quería renunciar a la posibilidad de verlos, de escucharlos.
Entonces apareció. Una camioneta blanca, con tres tipos encima. Bajo la lluvia que en ese minuto caía con fuerza. Y eran ellos, los lindos. Venían bajo la lluvia, con sus guitarras, su cuatro, su bombo. Manuel García dijo: hay concierto, y antes se hará un ritual mapuche. Nos volvió el alma al cuerpo.
Yo ya estaba empapada, los pies me rezumaban, el viento me cortaba la cara, tiritaba a ratos pero no aflojaba en mi afán por escuchar, sobre todo a Chinoy. En persona, directamente, a un metro de mí, humilde y quitado de bulla, uno no se puede creer que ese menudo cuerpo contenga a tan feroz animal poético, al nuevo trovador chileno, es como imaginar que en un átomo quepa tanta energía, pero así es. Él es Chinoy, el que anda con la guitarra en ese estuche duro, el que anda con esa chaqueta fashion, y esos bluyines ajustados a sus piernas delgadas.
El ritual mapuche fue mágico, lo que es ser redundante, para mí todo lo mapuche lo es, partiendo por el mapuduzún. El agua caía con más fuerza cuando el machi decía ciertas palabras, la naturaleza entendía su lenguaje ancestral, y nosotros íbamos girando a la izquierda saludando los cuatro puntos cardinales.
Luego pasamos al concierto, a plena lluvia, plena, plena lluvia. Empezó Manuel. Mientras, unos pocos se afanaban en prender una fogata, Etxe se reía de sus intentos “¿fuego bajo la lluvia? Jamás”. Pero sí, si fue, se encendió una inmensa fogata en el centro, mientras Manuel cantaba junto a nuestras voces Témpera. Luego vino él. Chinoy empezó de inmediato con esa voz tan única, exigida, casi punk, totalmente marca personal e intransferible. Y qué decir de las letras. No dejaba de sorprenderme la cantidad de gente, éramos pocos al principio pero fuimos creciendo, alrededor del fuego eran tres vueltas por lo menos, al menos 100, todos escuchando de primera mano todo.
Camila Moreno era quizá la más entusiasta, la que más cantó sin paraguas, encorvada sobre la guitarra sacándole notas y rasgueos increíbles al instrumento. Camila, Manuel, Chinoy, y al final una chica llamada Fabiola que tocó “un rap con guitarra”.
Manuel y Camila tocaron canciones nuevas, Manuel a capella, con nuestras palmas apoyándole, Camila con guitarra. Artistas sencillos de música nada de sencilla, con entrega inconmensurable al momento único que se formó entre los que asistimos.
Van a pasar los años y no lo olvidaré, jamás. No creo que ninguno de los que fuimos, incluyendo a los artistas, lo olvide. Yo estuve ahí, fue como estar viendo a la Violeta Parra, como viendo a Víctor en vivo y directo, como lo hicieron aquellos privilegiados en esos años mágicos en que Chile se soñaba con guitarra campesina y proletaria.
Luego la despedida, hora y media luego de empezar a empaparnos, fue con Víctor Jara, Amanda corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel…
Es tan lindo que me esfuerzo por explicarlo, y no me alcanza la palabra. Lo escribo porque no me cabe en el pecho, como casi todo lo que escribo. Cómo me hubiese gustado que hubieran estado ustedes ahí, conmigo y Etxe, mojándose del agua y mojándose del canto, Canto Nuevo-Nuevo, maravilloso, chileno, nuestro.

domingo, julio 26, 2009

el dulce nombre de mi hijo

Ella murió. La prima paralela de mi madre, murió. Mi madre me avisó que ya no había nada que hacer, que estaban simplemente esperando. Hace un mes o más, me avisó. Luego, llegando al norte, me dijo, “murió …” y pronunció su nombre- se llamaban igual, recuerden.
Así que ahora queda solo mi madre con ese nombre.

Nombre, nombres. Bauticé a mi hijo este año. Fue una decisión valiente, una bonita forma de echarme encima un caudal extra de estrés, de perderme de mí misma a ratos, de tener que coordinarse con los de allá y los de acá, de sentir que hablo pero no se me escucha (es justo decir que se me habla y yo no entiendo a su vez; o peor aún: escucho, pero no entiendo o entiendo al revés).
Fue ahí cuando vino mi madre y por primera vez, en muchos años fue una bendición tenerla conmigo, a pesar de los roces que tuvimos.

Hicimos dulces. Ese fue nuestro compromiso con la fiesta. Yo me embarqué en un torta mil hojas, la segunda de mi vida, que sin mi madre no hubiera jamás logrado sacar adelante y que me quedó maravillosa, además de monstruosamente gigante. Como cinco kilos, más menos, calculo, la cosa obesa, dulzona y espectacular, coronada por cinco palomitas de azúcar.

Además nos tiramos con la empresa de hacer repollitos, eclaires, o profiteroles. Les nombré todo el rato con esos tres nombres, aunque en estricto rigor, eran repollitos, no más, redonditos, crujientes, rellenos luego con manjar unos pocos y con crema pastelera los más. Y comprendí cómo mi madre nos llenó el alma de dulce en nuestra infancia. Cómo, para cada cumpleaños nuestro ella no sólo hacía la torta sino que además, un montón de otros dulces: roscas (fritas), cachitos rellenos con manjar, alfajores (de los que son como hojarasca), y los repollitos.

Mientras cocinábamos le iba preguntado cómo lo hacía para hacer tanta cosa. Recuerdo que ella se encerraba en la cocina, a cierta hora y ya no dejaba que entráramos, sobre todo a mi hermana que adoraba chupar la masa cruda del bizcocho, costumbre que traspasó (no sé si por aprendizaje o por carga genética) a sus dos hijos que ahora vienen a comerse la masa cruda de mis galletas y de todo aquello que de dulce se haga allá en su casa o en la mía.

Sin embargo, los famosos repollitos no los hacía siempre, según ella una vez cada tanto, o los hizo un par de veces. Yo recuerdo esos repollitos, sin embargo, y me sentí la más ruda de las rudas de la historia de la repostería cuando vi que los míos inflaban y se doraban en mi propio horno, y comprobé la maravilla de verlos cocidos y crujientes pero huecos por dentro. Es una cosa maravillosa, simplemente. Hacerlos es todo un procedimiento mágico, un proceder de cierta forma, con un respeto al cálculo y al proceso, no apto para gente impaciente o poco detallista.

Conversábamos con mi madre, antes, durante y después, lo de los repollitos. ¿A quién se le habrá ocurrido hacerlos por primera vez? ¿Qué chef o cocinero ocioso o goloso descubrió que la masa inflaba quedando hueca si se procedía de esa forma? ¿Quién fue el primero? ¿O habrá sido una serie de inventos, paralelos o concatenados?

Las recetas de mi madre están conmigo en una bolsa que trata de preservarlas, pero que ya está siendo insuficiente. Me he decidido a copiarlas y ojalá, hacerlas al menos una vez para saberle el detalle que no se dice en esos papeles desvaídos. En medio de las recetas, donde se mezclan las letras de mi madre, algunas tías, algunas amigas de mi madre, mi propia letra, encuentro la letra de mi padre. Sé que ese papel anda ahí, sé porqué mi madre lo conserva, sé que significa, y me dan ganas de enmarcarlo. Quiero traspasar todas las recetas para que mi madre pueda por fin recuperar esos papeles, junto con el papel de mi padre. Me encanta asistir a ese amor eterno, saber que ella aún lo ama, que aún le duele su ausencia a ratos, que ese papel habla por mi padre, diciéndole aún cómo la amó, y cómo aún la amaría de estar vivo.

De a poco lo voy haciendo, transcribirlas. Algunas hay que adivinarlas, como los tipos de CSI, buscando el rastro de una tinta que se desvaneció, imaginando lo que no se puede leer, suponiendo que son cucharadas y no cucharaditas de esto o lo otro. Es entretenido, pero es complicado. Me suena a lo que un amigo en otro país me dijo que hacía al recuperar unos documentos en castellano antiguo. Algo realmente poco útil, pero que en una de esas, sí es útil…

Yo acá recomienzo con mis galletas que se convierten en alfajores. Vendo algunas y algo de dinero hago. Son las galletas Pigú que envié hace algún tiempo a varios de quienes me leen, donde requeríase de un idiota enfurecido. Ahora he simplicado la receta, simplemente uso azúcar morena y al idiota, si está, le pido ayuda con otras cosas, o hago yo de idiota todo el rato mientras las hago cantando muy feliz. Es triste poder hacerlas ya sin idiota, es decir, sin chancaca (el idiota era para rallar la chancaca, pero resultó que era más simple e igual de caro comprar azúcar morena y olvidarse de todo). Pero business are business, así que siendo ricas (y en verdad, lo son), y sobre todo, vendiéndose, no hay problema.

Y emprenderé luego otras recetas, es decir, inventaré unas nuevas. Con avena, y el difícil camino sin azúcar. Hacer dulce sin azúcar, en cualquiera de sus versiones, o miel, es algo que me conflictúa, pero me exige.

Fue lindo lo del bautizo. Fue lindo tenerla a mi madre, cocinar codo a codo con ella, recuperar el nombre de mi hijo, consolidándolo en ese ritual para mí imprescindible, rodeado de esa cantidad de estrés, de un dulce y empalagoso estrés. Conservo una palomita de azúcar aún conmigo, las otras las regalé a los que ayudaron en la fiesta, a los padrinos que se sacaron los zapatos trabajando y poniendo dinero para la fiesta del nombre de mi hijo, mi madre, obvio, y otros amigos.

Acá les dejo, rodeada de recetas, creando otras nuevas, esperando que regrese el recientemente sacramentado de sus vacaciones de invierno con su padre, sumida en una saudade sin precedentes, esperando que con el crío regrese la calma de los días normales, abrigándome…
P.D. El papel de mi padre dice Cumpleaños Feliz y salen dibujadas unas notas musicales a los lados y arriba. Sobre ese papel le dejó, hace mucho, un reloj, en la madrugada de su cumpleaños, antes de partir a trabajar.

domingo, mayo 31, 2009

El hilo, la aguja, y el dedal.

Las historias de mis relatos, a veces, son mucho más entretenidas que los relatos en sí. Me pasa, desde que más o menos empecé a escribir relatos largos, cortos o muy cortos, que me encuentro con ellos en la cara. Escribí, por ejemplo, lo de Cuba (que en verdad podría haber sido cualquier otro país, pero se me dio Cuba no por joder, sino en homenaje a las múltiples noches escuchándoles la nostalgia a mis amigos cubanos).
Ahí puse eso de la abuela y el protagonista, y en general de toda la familia que lo trataba como si lo hubiesen dejado de ver apenas ayer, y no hace veinte años, de la natural comodidad casi instantánea. Eso ya lo conté en El factor Cuevas. Pero no conté que mi madre y su prima paralela no sólo llevan los nombres iguales (mismo nombre, mismo primer apellido), y se llevan por un año o dos, sino que ambas, en la juventud, se dedicaron a lo mismo: hacer costuras. Coser, con máquina, en el tiempo en que la gente no compraba mucha ropa hecha, sino más bien la mandaba a hacer según modelos de revistas, o según su propio diseño.
Mi madre dejó de coser cuando se casó. A veces cosía para nosotros, recuerdo que yo usé ropa hecha por ella. Recuerdo haber jugado con la máquina de coser, haberle cosido a mis muñecas o algo así. Recuerdo lo jodido que era enhebrar la aguja de la máquina. Recuerdo la máquina para hacer ojales, que me era prohibida, y por lo mismo, deseada hasta el extremo que igual la abría, y revisaba, para dejarlo todo en su lugar, sin que mi madre siquiera se enterara, pero nunca le encontré la gracia, hasta que pude ver a mi madre usándola. Recuerdo las huinchas de medir, los alfileres, la puntada atrás, el pespunte, la basta, el corte al bies, el comienzo y el remate sin nudo. Muchas de esas cosas las debí aprender en la enseñanza básica o media (primaria o secundaria). De hecho en enseñanza media debí de hacer a mano una camisita para un bebé. Creo que me quedó, lo que en sí es un milagro de paciencia y constancia, porque a pesar de la carga genética a favor de las agujas e hilos, yo no heredé de mi madre la prolijidad en la puntada ni la paciencia para pasar el hilo sin que se me anudara cada tres puntadas. Yo sé coser a mano, claro. O más bien “pego las cosas con hilo”, pero la estética no es parte del contrato. Le echo la culpa a los hilos, los de antes no se anudaban de cualquier nada, como los de ahora.
La prima paralela de mi madre, en cambio, no se casó, y siguió cosiendo. Ahora está grave en un hospital en Valparaíso, su sistema respiratorio está fallando. Mi madre dice que es por las fibras de las telas e hilos que fue absorbiendo en sus pulmones, de tantos años de coser. Yo me sorprendo y pienso que quizá tenga razón, y que menos mal que mis padres se casaron finalmente, luego de trece años de noviazgo.
Hace ya casi cinco años, la circunstancia que hizo que yo concibiera la historia de Becca, con Fernando incluido, partió por una conocida mía, madre de un compañero de curso de mi hijo, que trabajaba en su casa, y estaba muy ocupada a ratos, espantosamente ocupada. Ella cosía o cose. Entré a su casa y fue recordar de golpe: las tijeras, las huinchas de medir, los retazos, hilo, agujas. Ella sí que tenía gran demanda, usaba una máquina para coser poleras (camisetas, remeras), polerones, chaquetas, y pantalones deportivos, para los colegios de su sector. De vez en cuando, además, debía de hacer los trajes que le encargaban para las galas artísticas o de gimnasia, o las celebraciones propias de septiembre, donde cosía para un curso veinte pantalones blancos, veinte faldas negras con cintas verde, amarillo y rojo, veinte pañoletas, veinte chalecos, etc.
En medio de uno de los días de estrés de esta mujer, yo concebí el comienzo de Becca, por casualidad, por rebote, en mi mente ociosa. Ayudó el hecho de ser ella madre de un niño un poco mayor, el que dio origen a Fernando y la historia de Becca. Todo en Becca es ficción, cosa que a Antonio-Granada le costó enormidad asumir (sobre todo Becca, que no soy yo, aunque se me parece a ratos), excepto un personaje, Julius, que en verdad existe en mi vida, y al que adapté para que también fuese el psicoterapeuta de Becca.
Concebí lo de Becca (no sé porqué, aún resguardo ese nombre para mi novela, aún no me atrevo a decir en voz alta el nombre verdadero) durante el final de 2004, y desde el 8 de febrero de 2005 hasta más o menos, el 8 de febrero de 2007, la escribí. Eso no quiere decir que durante 2005 y 2007 no la haya concebido, pensado, pero la mayoría de lo que escribí lo “hamaqueé” antes. Escribir esa novela, que ya no me gusta, que no quiero arreglar (porque siento que no se puede, además), en un principio, fue algo hermoso en mi vida, sentirme embargada de inspiración, sentir que estaba atrapada por un tema, sentir que lo podía escribir… todo eso fue hermoso. Pero ese tiempo estuvo plagado de contratiempos materiales y espirituales, y sobre todo un gran quiebre en mi interior. Dejé de creer en mí, o dejé que otros dijeran, una vez más, de lo que soy capaz, y sobre todo, de lo que no soy capaz, y me adscribí a esa definición. Creo que pensar hoy en Becca me llevaba siempre al abismo de recordar ese quiebre.
Hasta que hace un par de semanas debí de buscar un dedal para arreglarle la chaqueta a mi hijo. Debía de coser velcro y no podía a mano, sin un dedal, es decir, podía pero a duras penas, con mi dedo dolorido y encallecido. Donde vivo, se supone que hay bazares donde se podía comprar un dedal, pero recorrí los más cercanos a mi casa y no, habían tenido pero ya no. Así me fui alejando cada vez más de mi casa, hasta que llegué a un bazar donde la conocí.
La señora Emilia es una especie de paralela de mi amiga costurera en cuya casa, y de rebote, empezó a gestarse Becca. Es paralela porque, obvio, también cose (me habló porque me vio tratando de comprar un dedal, y me ofreció generosamente el suyo, prestado). Es paralela porque también tiene dos hijos. Es paralela porque tampoco se casó con el hombre de su vida, padre de sus hijos. Mientras la escuchaba, e iba sacando la cuenta de la similitud en ambas historias, yo no cabía en mí de la impresión.
Me acordé de Becca. Pero no me acordé de la novela, ni me acordé de lo mal que lo pasé escribiéndola. Me acordé de cuando comencé a escribir esa historia que se me fue complicando en el camino. Me acordé del momento numinoso en que me dejé llevar por el impulso siempre frágil de creer en mí. Me acordé que escribo porque me gusta. Me acordé que un tiempo, escribí en peores circunstancias…
Me acordé que escribo para que me lean. Me acordé que tengo lectores, pocos, pero los tengo. Me acordé de Antonio, de la srta. actriz, de Etxe ex Nadie, del señor M., me acordé de Xavier. Me acordé de mi sobrina, que también tiene un blog.
El dedal es mío, la señora Emilia me lo regaló. No es cualquier dedal, es un dedal de los buenos, de los que ya no se hacen. Me lo regaló porque dijo que ella ya no cosía a mano, que siempre odió coser a mano. Ahora lo tengo conmigo, en casa, el dedal, y de a poco, iré cosiendo y zurciendo una serie de trabajos pendientes, en los tiempos muertos de mi vida. Me meteré a coser en la cama, mientras hilvano una serie nueva de historias, que desde hace mucho quería escribir. Iré cosiendo con mi puntada dispareja, mientras le doy en mi cabeza a esta nueva serie, que de hecho, pugna por salir de mí hace un buen tiempo.
Es bueno acordarse, de vez en cuando, de quién uno es, partiendo por acordarse qué es lo que más nos gusta hacer, qué es lo que nos apasiona.

lunes, marzo 02, 2009

volver

odio profundamente los virus, malditos bichos. los odio porque me infectan cada vez mi pc o el de mi crío. me impiden escribir el blog, porque lo hacía desde mi casa, en calma, jamás en línea. pero es tanta la cosa por escribir este pobre blog casi muerto de hambre, que hoy por vez primera lo hago pagando no sé cuánto la hora, en línea, mientras debiera de estar pensando en cocinar el almuerzo para recibir a mi hijo en su primer día de clases de este año.
lo hago además en contra de toda previsión ortográfica o de tipeo, así, a sangre pato, aunque mis malditos amigotes dicen que soy la R.A.E. en persona y supongo que es cierto, pero el tipeo, la falta de sueño, la pantalla, invitan a equivocarse a ratos.
imagino lo que le ha de pasar a los pobres parroquianos de este bloguito en cuanto les mande un mail avisando "hey, chicos, increíble pero hay una nueva entrada". seguro la señorita actriz ha de decir, "chucha, menos mal, ya casi te daba por muerta", el Anto en Granada no sé, no imagino qué dirá (me odia y me ama en cuanto a mi escritura, me alaba y luego despotrica, pero es igual, me sigue y me es imprescindible). Exte no va a decir nada, media novedad, Etxe NUNCA dice nada cuando me lee, amparado en el derecho a ser lento para captar las cosas, para leer, para no sé qué más. bueno, Etxe. da lo mismo, hace mucho que no espero de ti nada, tampoco, lo que no quita que me exaspere de ciertas cosas que no me las das a mí, luego de años de amistad, y sí se las das a otros, recién aparecidos en tu vida. cosas como la consideración por los malditos sentimientos del otro, cosa curiosa.
ya, dejémoslo ahí.
acabo de terminar El Caso Neruda de Ampuero y aparte de haberme quedado con una sensación de gusto a poco (cosa que me pasa cada vez más con Ampuero, pero ahora peor, porque le perdonaba todo en pos de mi amado Brulé) me sorprendió pillarle un renuncio, una falta, un condoro, una fisura, que es algo imperdonable en una novela negra.
esto me lleva a pensar en los grandes condoros, errores, fallas o fisuras de otros, otros grandes. la Nana Schnacke denuncia a Dostoiewski en Crimen y Castigo, con el olvido de un personaje (personaje que Raskolnikov además, también mata). ella usa esa imagen para hablar de lo olvidado, y no es una mala imagen: Dostó la deja literalemente "botada" a la personaje. la mata, la olvida, no importa un pepino más en la novela famosa.
yo encontré un "error de continuidad" en Niebla, de Unamuno. mi amigo, el Eo, me llevó a llamarlos así. son cortes en la lógica interna de un relato o novela. armas cargadas que no se piensan disparar, personajes que aparecen y se van por un lado, y retornan por un lugar imposible. el problema con estos errores, donde sea que me los pille, novela, cuento, cine, es que me sacan de la ficción en la que me hundo para distraerme.
quizá soy demasiado dura con Ampuero. quizá trabaja a plazo, presionado, y esa parte, ese condoro, no lo filtró hasta mucho después, cuando ya era irremontable.
yo soy demasiado jodida, parece. me gusta que esté todo en su sitio para poderme meter en la trama, sobre todo si es novela negra, insisto, más aún si indaga en la prehistoria de mi querido investigador de la corbata de guanaquitos verdes sobre fondo morado.

la Nana Schnacke, sus libros, el error de Dostó que ella consigna. todo se me junta. quizá porque abordo un tema que a ella le apasiona: los sueños. con la Maga. mi nueva amiga.

veo a mis vecinos nuevos y casi me presento y les digo que yo soy yo, que vivo al frente y que si me necesitan, ahí estoy, para lo que sea. me parto de pena de recordar que algo así fue cuando yo recién llegué al barrio, pero que esa vez fue mi vecina la que se presentó, yo apenas llegada al barrio, y que mi hijo se hizo amigo automáticamente de su hijo. ahora ambos miramos esa casa y a ambos nos da una pena espantosa.
con mi vecina no nos hicimos amigas inmediatamente, pero sí nos caímos bien de un principio. con la Pom fue caerse bien y hacerse amigas una sola cosa, y esa vez fui yo la que crucé el umbral, di los tres pasos de mi puerta a la suya y me presenté, diciendo que yo era su vecina, y que si necesitaba algo, justo cuando me aturdieron las palabras de Neruda con España en el Corazón y la sangre de los niños que corría simplemente, como sangre de niños. todo está condenadamente junto y mezclado: Ampuero, Neruda, los errores, Dostó, la Nana, los sueños y la Maga.
también a ella la amé desde el minuto mismo que nos conocimos, que no fue precisamente en persona, fue más bien por msn. ella me conocía más, yo me mostraba abierta y desparpajadamente en el taller "literario" que nos convocó. es decir, yo escribía, y yo leía lo mío. que yo sepa, ella escribe precioso, pero jamás le he visto una sola uña a una de sus palabras. sin embargo, fue por msn donde nos conocimos, o al menos, yo la conocí más. tratamos de juntarnos el año pasado, pero no se podía nunca, y de pronto supe que había pasado por la muerte así, de refilón, un cáncer la había asustado de manera vertiginosa y la había dejado en el mismo lugar de donde la sacó, pero el viajecito la remeció su poco. luego de eso, nos volvimos a ver, por primera vez luego de vernos en persona en el taller, y ya me es imprescndible, independiente que estemos planificando trabajar juntas, e independiente que eso funcione o no.

todo está mezclado. parece un recurso literario, pero yo creo que es más bien esta cosita junguiana de la sincronicidad, no más. y por lo mismo, lo dejo hasta acá, se me caba el tiempo, y quedó como quedó.

a sangre pato, y qué fué.

lunes, marzo 10, 2008

el factor Cuevas


Es perfectamente sabido que en Chile para hablar "nos comemos" las eses finales, que hablamos como dicen ciertos diccionarios de español para gringos, con un deje andaluz, que entre otras cosas nos hace hablar así: "pelao", "comío", "gracia", por: pelado, comido, gracias. Son cosas de por acá y una trata de hablar con todos los fonemas consignados en letras en el papel porque aunque hablamos así, escribimos como si no habláramos así, al menos yo, la mayoría de las veces.

Pues bien, adopté de mi hermana (que creo que adoptó de una prima, cuyo primer apellido es el segundo mío), el que cada vez que alguien me pregunta mi segundo apellido (Cuevas), respondo, en clave de joda: "cuea". Bueno, no siempre lo hago, sólo a veces, dependiendo del contexto, obvio. Pero siempre logro carcajadas cuando digo en vez de Cuevas "cuea" porque la cueva o cuea está asociado a un montón de cosas, cosas todas que yo no poseo en demasía o no poseo en absoluto.

Partiendo por el poto, o trasero, para que no se me espanten en Bogotá o en Madrid, o donde sea que no sea Sub-América andina bien abajito. Es cierto, se usa poco para eso, por ejemplo, para decir "mansa cueva que tiene la mina" (por decir tremendas nalgas). Pero se usa, a veces.

Siguiendo por la suerte, porque eso sí que se usa y en cantidad, asociado a la cueva. "Mansa cueva", se dice por decir: tremenda, tamaña suerte. O, "por cueva", por decir: por suerte. Pongamos por ejemplo "alcancé a llegar a tiempo al examen de pura cueva", o "me salvé de cueva de quedar atrapado en el metro", en fin. Se entiende, supongo.

Con este hecho tengo algunas anécdotas universitarias. Ciertos compañeros de estudio (si se puede llamar estudio a lo que uno hace cuando se junta a cualquier cosa menos a eso en la universidad) llegado un momento de la noche o de la madrugada, cuando ya habían cachado que no se habían estudiado ni el diez por ciento de la materia que entraba en el certamen acudían a mí, los muy simpáticos, y frotaban mi cabeza, mi espalda o mis hombros con vehemencia, diciendo, los muy, pero que muy simpáticos "apelaremos al factor cueva". Había otros que ni habían "estudiado" conmigo y llegados a última hora al aula, me veían y se iban derechos sobre mí, a hacer el mismo ritual. Según ellos, yo, al tener el apellido, tenía también el factor, el factor cueva, es decir, el factor suerte y aplicaban la cábala del flojo, de frotarme pensando que yo les transmitiría la suerte que no creo poseer. Yo estudiaba, mejor, estudiaba poco, estudiaba al peo a veces, pero estudiaba algo, mejor, y no me frotaba a mí misma ninguna parte en especial, y si estaba urgida de suerte o de ayuda divina me ponía a rezar, la muy fresca, a un Dios que dejé abandonado por largos y penosos años, y al que recurría sólo en casos así, de extrema urgencia.

También se dice "estar cueva" (en realidad se dice "estar cuea") al hecho de estar muy borracho. "Estábamos todos los huevones enfermos de borrachos, pero ése huevón estaba cuea" es un buen ejemplo de ello.

Ninguno de los tres usos para mi segundo apellido me viene mucho. No tengo poto, no tengo suerte, y no suelo quedar cuea jamás, o en muy contadas ocasiones, una vez cada dos años, como mucho, pero ni eso, lo que hago es quedar borracha, pero nunca llego al estado de quedar cuea.

Así que mi segundo apellido era eso, no más. Mi padre tenía los mismos dos apellidos que yo y mis hermanos, su madre (por cueva) también se apellidaba Cuevas y era divertido para nosotros eso, extremadamente chistoso llamarnos con los mismos apellidos que él, y confundir a los profesores y demás empleados públicos cuando de llenar fichas se trataba. Apellido del padre. Tanto, decíamos. Apellido de la madre. Cuevas, decíamos. Nombres y segundo apellido del padre, y ahí venía lo divertido. No puede ser, me decían a veces, sobretodo cuando era muy pequeña (la gente grande siempre, históricamente, tiene la mala costumbre de no creerle mucho a la gente chica). Ya, decía yo, pero así es, mi abuelita equis (mi primer nombre) se apellida Cuevas, y así no más es, señor profesor.

Estaríamos con eso, decía yo. Mi madre es Cuevas, yo soy Cuevas de segundo apellido, y así no más es. Nunca me había detenido a pensar en ello, asumía que una es lo que es, que los apellidos no son nada más que eso, que la sangre y su llamado no es algo de mucho peso, que los Cuevas que yo conocí en mi ciudad natal maleva eran todos los Cuevas que tenía que conocer, y sanseacabó con respecto al temita.

Pero no. No se acabó. Mi abuelo Cuevas (al que no conocí jamás, ni siquiera mi hermano, ni mi hermana, la primera) tenía un hermano. Tenía varios hermanos, digamos. Pero uno de estos hermanos se vino al centro del país, muy cerca de Santiago-es-Chile. Eso fue hace muchos años. En el siglo pasado, los años treinta, por ahí. Durante veinte años no se vieron. En medio de eso, ambos se casaron y tuvieron hijos. Se habrán comunicado de algún modo, porque para cuando mi madre tenía trece o doce años, en más o menos mil novecientos cincuenta, mi abuelo agarró a sus tres hijos, entre ellos mi madre, y partió por tren (en un viaje de tres días) a visitar a su hermano por un mes. Ahí mi madre y su hermana se hicieron amigas de sus primas.

Es curiosísimo lo que voy a relatar, pero es cierto. Dos primas tenían los mismos nombres que mi madre y mi tía, y además eran de edades parecidas. Habían más primas, eso sí, menos mal, y más primos, también. Otro primo chico tenía el mismo nombre de mi tío, también chico pero de edad no tan parecida al primo paralelo. Es decir, durante veinte años estos hermanos no se vieron pero tuvieron hijos más o menos coincidentes en edad y en nombre. Loco de locura total. Loco de Cuevas, no más. O simplemente, pura cueva.

OK. Sigamos. Mi madre cuando niña y adolescente siguió yendo, de vez en cuando (siempre en tren, siempre en un viaje de tres días) a aquella ciudad, pero luego, entre otras cosas, se casó, y no fue más. Pasaron de nuevo casi veinte años, desde su última visita a sus primas. Hace algún tiempo recomenzó sus visitas a esa ciudad, a visitar a sus primas y primos, que más encima, viven casi todos juntos. Eso cuando vivía en Santiago. Ahora ya no vive en Santiago, pero viene de visita. Y se hace siempre un tiempo y los va a ver todos los años. Ya no a la misma casa, pero en la misma ciudad rural cercana a esta ciudad capital. Siempre me comentaba de ellos, de las primas tal y cual, del primo tal (creo que está de más decir que los nombres de mi familia Cuevas en mi ciudad natal maleva se repetían una y otra vez, aunque menos mal, no siempre, en las generaciones de pequeños Cuevas).

Yo escuchaba todo esto fascinada, prestaba atención a cada detalle, y me iba haciendo en mi mente imágenes-Cuevas cada vez más locas. Hasta este año. Hasta hace poco, muy poco. Febrero de dos mil ocho. Mi madre, de visita en Santiago, anuncia visita a la ciudad de sus primos. Yo le digo "me dan unas ganas tremendas de acompañarte". Mi madre responde encantada que vamos. Y voy.

No puedo explicar del todo lo que me pasó allá, pero se puede resumir en lo siguiente: el año pasado escribí Cuba, cuento que este año por fin pude retomar y afinar como nunca antes pude. Ahí pongo a alguien que de pronto llega a visitar a familiares que nunca ha visto y que sin embargo lo tratan como si nunca lo hubieran dejado de ver. Me dije: es cosa muy loca que esto pase en realidad, pero le viene de perillas a mi cuento. Bueno, a mí me pasó. Llegué allá y de inmediato me conocieron todos los que me saludaron. De inmediato me tiraron tallas, de inmediato me abrazaron, y de inmediato me sentí en casa. Así, automática, instantáneamente. Yo los miré y los reconocí de inmediato, también. Éramos todos Cuevas, simplemente, y no había que decir nada más, excepto pasárnosla muy bien y estar todos encantados de estar juntos. Es increíble, me dije. Esto no me puede estar pasando, que las primas de mi madre sean tan parecidas a mi madre o a mi tía (hay una que es un clon de mi tía), que las cejas de mi tío-primo sean las mismas de mi tío, que el guiño para la broma sea el mismo en los hijos de las primas que en mí misma. Ahora comprendo que yo soy muy, pero que muy Cuevas. Que todos los Cuevas somos chistosos y payasitos. Que todos los Cuevas somos ingeniosos para usar el lenguaje, y nos gastamos bromas a cada tanto que podemos con sus juegos ambiguos. De hecho, en algún minuto lo dije: "somos todos cuea" y se cagaron de la risa, como sólo los Cuevas parece que nos reímos.

Ellas me miraban tierna y detenidamente (las primas de mi madre) y se impresionaban de mis gestos lo mismo que yo me impresionaba de los suyos. Era como ver un espejo, era como verse a una misma, con otra edad, pero una misma. Me preguntaban por mi hijo y mi hermano con total familiaridad, como si ya los conocieran (lo que dadas las cosas es en parte verdad), pidiéndome que los llevara. A mi hermana le dije, oye, tienes que ir, te vas a morir de la impresión. Es como ver a mi tío y a mi tía, y a todos nuestros primos. Somos demasiado parecidos.

Así que ahora le hago cariñitos a mi segundo apellido, entendiendo por fin rasgos míos que siempre he tenido, entendiendo esta cosa mía, loca y delirante, de hablar como hablo, sintiendo por fin que tengo una tremenda cueva, la cueva de apellidarme Cuevas.

Mansa cueva.

jueves, febrero 07, 2008

Óscar Hahn

Lo primero que le leí, y hace un montón de años, fue La sábana de arriba. De ahí en más, le fui leyendo de a poco, cada vez que me caía algo de él en mis manos. Luego me encontré con la reseña de su Antología virtual[1], reeditada el 2004, en el diario del domingo. De vez en cuando, escuchaba comentarios sobre él, o derechamente, alguno de sus poemas en el programa de Warnkern[2]. La cosa es que me sentía profundamente en deuda con Hahn. Traté de comprarlo en librerías de viejo, pero los precios con que me lo vendían me parecían excesivos. “No es libro usado, es nuevo, de la Editorial”, alegaba mi librero. Yo no reclamaba el precio, jamás lo hago, para mí los libros tienen un valor difícil de poner en un precio. Reclamaba que no tenía ese dinero ahí frente al libro. Pasaba cada tanto, a ver si se conmovía y me lo rebajaba, pero no, el librero no cejó jamás.
Pero en la feria del libro del parque forestal lo encontré, lo volví a encontrar. Y a un precio ridículo. Menos de la mitad de lo que me cobraba el librero aquel. Justo lo que tenía en mis bolsillos. Ni siquiera lo pensé; lo compré y ahora lo tengo conmigo. Cada tanto lo tomo y le leo algunos poemas. Estuve con una amiga, a la que le leí La sábana de arriba, y también el Soneto manco, que alguien, alguna vez, me nombró en línea, en tiempos en que aún nos comunicábamos. No hubo caso. No logré entenderlo. Pero me perturbó lo mismo. A Etxe algo le leí, también. Esos mismos y otros pocos más, pero no en el momento adecuado, me parece a mí. A Hahn hay que leerlo en un estado no alterado de conciencia. Hay que leerlo lúcido y con el alma despejada.
Me encanta tener conmigo a Óscar Hahn, sentirlo conmigo, dispuesto a, en cualquier momento dejarme en éxtasis melancólico o en otros estados difíciles de definir, por ejemplo, lo que me pasa cuando leo ¿Porqué escribe usted? que de alguna manera me lleva al mismo lugar en que me deja Porque escribí de Lihn. Ambos poemas me dejan húmedos los ojos y el alma.
Casi me muero cuando leí la última parte, Flor de enamorados. Los que me conocen un poco más saben de mi debilidad por los romances antiguos, como los antologados por Dámaso Alonso en su Romancero Español, libro que descubriera con horror que mi madre quería regalar o derechamente botar a la basura. No me deshago de ese romancero bajo ningún motivo, ¿cómo, si no, he de suspirar y llenarme de un gozo simple y redondo? Serán romances antiguos pero no han perdido su frescura, alego mientras una vez más encolo su lomo para fijarlo al cuerpo del libro (lo hice mal, lo pegué de atrás para adelante, qué más da, es la tercera vez que lo encolo, y lo peor es que ahora sí que quedó fijado más o menos permanentemente). El libro de Alonso lo he visto en librerías de viejos (libros usados) a la mitad de un euro, un chiste. No importa que lo vendan a esa ridiculez, que nadie o casi nadie lo lea como yo, me da lo mismo. Óscar Hahn hizo un viaje parecido: “trascripciones y reescrituras a partir del cancionero anónimo medieval Flor de enamorados, publicado en Barcelona por la Casa Claudi Bornat en 1562”. Me sentí feliz. Era un plus, algo que no esperaba, conocía muy poco de Hahn, y lo poco que conocía no iba por ese lado.
Ahora lo tengo para siempre conmigo y no lo presto ni cagando. Feliz presto a Bolaño, me siento en deber moral de hacerlo incluso. Pero Hahn es de esos pocos, escasos libros, que tengo conmigo y que bajo ningún punto de vista soltaré de mi vida, jamás. Nunca pienso cansarme de él, nunca terminaré de extasiarme en su sabio bucear en la palabra.
Ni idea qué es la poesía, Etxe. No te lo puedo decir, no soy tan patuda como para definirla. Por ahora, puedo decir sin duda alguna que lo que hace Hahn es poesía, y es de la poesía que a mí más me gusta. Con eso es suficiente, más que suficiente, me parece a mí.

[1] La Antología virtual fue editada por primera vez en 1996, y reeditada en 2004 en la colección Poetas Chilenos Tierra Firme, por el Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile. Dicha colección incluye, entre otros poetas, a Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, y Enrique Lihn.

[2] La belleza de pensar, de canal trece. Hace relativamente poco tiempo Warnkern pasó, con el formato del programa y todo, a TVN, con el nombre Una belleza nueva. Canal trece mantuvo el nombre del programa y el formato de Warnkern, pero con un equipo de entrevistadores que hacen valorar aún más al susodicho. Hay, al menos, un tío argentino gordísimo, que estaba poco menos que echado sobre la misma mesa de vidrio característica de ambos programas y que hablaba todo el rato como si le diera flojera pensar, interrumpía y hablaba más que el entrevistado, en fin, un duro contraste. Algunos programas de Warnkern me son especialmente valiosos, por ejemplo, donde entrevista a Francisco Varela (sólo le pude ver un pedacito) y el mítico (y a estas alturas, de culto) donde entrevista a Roberto Bolaño (que nunca he visto, aunque me lo han contado). Pero no sólo ha entrevistado a chilenos top, lo ha hecho con todo tipo de intelectuales, escritores y artistas del mundo. Lo pongo acá confiada en la posibilidad de la internet, a ver si ustedes, que tienen net a destajo, logran encontrar algo de lo que yo considero el mejor programa de la televisión abierta en Chile.

lunes, enero 14, 2008

To blog or not to blog, that’s the question

Bloguear o no bloguear, de eso se trata. Pobre William. Esa frasecilla de su Hamlet debe de ser la más citada (y cambiada a discreción) por gente que en su vida ha ido al teatro o que le ha leído una sola de sus obras. Yo le he leído, muy poco, la verdad, creo que los muy clásicos, incluyendo al príncipe aquel, que me dejó a su Ofelia para siempre metida en el alma, aparte del clásico to be or not to be.

Una vez vi una representación en inglés de Romeo y Julieta, en la facultad de Lenguas de mi alma máter. No entendí ni jota lo que hablaron, pero bueno, uno se sabe los textos en castellano y más o menos los iba encajando con letritas subtituladas en la mente. No sé en qué momento comencé a entender más y más el inglés, pero claramente en ese tiempo no lo entendía casi nada. Menos si se privilegiaba (o intentaba) el inglés británico. Era una cosa muy loca, porque Julieta era representada por una alumna gordita, simpática, que en nada se parecía a la imagen que uno se hace de la más famosa de las heroínas románticas. Romeo era, a su vez, demasiado alto y flaco, es decir era a todas luces una pareja dispareja. A todo el mundo le quedaba claro que los alumnos-actores habían sido repartidos según su nivel de inglés y/o de memorización de textos. Yo creo que más bien lo primero. Igual la vi hasta el final y aplaudí generosamente cuando terminó. Siempre aplaudo mucho cuando voy al teatro, creo que más que nada porque siempre voy a funciones gratis, y el aplauso es lo único que les puedo entregar a los actores, aunque pensándomelo bien, jamás he visto una obra que me haya desagradado. Las dos obras que le he visto a la señorita actriz me han gustado, creo que más la primera que la segunda, pero eso es sólo porque había más gente en escena, y porque Edipo es un clásico, y la puesta en escena fue muy buena. Me gusta mucho ver cómo mi amiga se transforma y pasa de ser una simple y común amiga en la madre y amante de Edipo, o como se transforma (sólo un poco) para reclamar al desaparecido… sólo un poco, lamentablemente, porque mi amiga sí que tiene un desaparecido por reclamar.

En fin, nada como tener la casa patas pa’rriba para que te bajen unas ganas locas por actualizar tu blog (todo con tal de no tomar la escoba, hacer camas, ni lavar loza). Este blog es un blog que pone a prueba la paciencia, la verdad. A pesar de mi distanciamiento (que fue como un trozo de iceberg interpuesto en mi alma) con Antonio, pienso que aún me lee. De hecho, le voy a avisar cada vez que escriba. El resto de la gente que me lee es la señorita actriz, y cuando tiene internet, Etxe. Le he dado mi blog a mucha más gente, pero que yo sepa, jamás me lo han leído, así que se pueden ir tranquilamente a la chucha, perdonen el chilenismo. No escribo el blog para ser leída masivamente, la verdad. Lo que es raro, dada la naturaleza del “rollo blog”, pero es cierto. Otra cosa es la gente que me ha descubierto, como Xavier, que creo que se ha retirado de blogger (no tengo certeza, la verdad, pero un par de comentarios de Mia, me lo ha dado a entender). De todas maneras, Xavier, espero que me leas, sigas o no blogueando. Cada cual sabe lo que hace, y si decidiste salirte, me parece respetable.

En fin, a los pocos que me leen, espero aparecerme un poco más seguido. Tengo pocas novedades, alguna que otra invitación, y el mismo alacrán verdoso apretándome el alma. Ah, y leí por fin (completo) Los detectives salvajes, y espero hacer lo propio con 2.666. Ambos habían sido leídos sólo hasta cierta parte, por razones muy difíciles de explicar sin un par de güisquis o una botella de ron en medio. Es impresionante, realmente. Insisto, si no le han leído, léanlo. No basta con leer acerca de él, sobre todo en España donde se habló mucho de él, antes, durante y después de su muerte. Eso va para Antonio, obvio.

Siento una nostalgia increíble: de nuevo verano, un par de días sola en casa; pero no estoy escribiendo ninguna novela (no sería mala idea, eh), no está mi vecina (supongo que son muy pocos los que no lo saben, entre ellos Antonio y la actriz, pero se fue de su casa, al parecer para siempre) y no hay que armar bolsitas-transantiago. De hecho, tengo frente a mí el mapita famoso, entero pegoteado con poemas, dibujos, la letra de No renunciaré, y la foto de Bolaño. Todo junto y mezclado, tal cual mi anterior verano. Saudade galopante.

lunes, noviembre 12, 2007

la paz en el alma, o Wan Chang huyendo del compromiso

Siempre hablo de lo mismo, quizá no puedo evitarlo. Mi amado amigo Etxe dale que dale con torbellinos que clavan espinas en su cabeza, siempre. Dice que yo lo he curado mucho. Puede ser. Recuerdo haber llorado muchas veces en su casa, algo insólito para mí. No necesariamente por él, quizá más bien a propósito de él. Bueno, un día, cansada del daño, de ese daño que Etxe no sólo lleva dentro sino que revive a cada rato en un ciclo morboso, pensé que era agotador estar demasiado cerca de quien trataba de esa manera, al mundo y a sí mismo, siendo que se muere más bien por dar amor. Me pregunté qué mierda me hace juntarme con él.

Aún no tengo respuesta, aparte de la odiosa respuesta de mi calidad de enfermera del alma. Lo he sido con amigas, lo he sido con parejas (al menos, con el padre de mi hijo lo fui, me reventé, conocí el abismo, resistí solo con aire, todo por ver que se curaba, que, a ratos, su herida disminuía, su alma resplandecía, permanecíamos, aún, vivos, sólo si estábamos juntos, juntos, conmigo asistiendo su eterna herida).

Con amigos y amigas, he sentido que ha sido mutuo. Etxe me cura, aunque él no lo sabe o no lo admite. Me cura saber que existe alguien con quien puedo juntarme a hacer literalmente nada sin el menor asomo de remordimiento, la menor pizca. No sé si me curan sus halagos, porque, la verdad, es raro, últimamente he recibido varios cumplidos y no me da nada. Ni siquiera los literarios. Quizá por fin me curé de la enfermedad del ego recalcitrante, qué sé yo. Quizá entré en una especie horrenda de anestesia (Ciudad Anestesia cumpliendo su cometido).

El caso es que pienso y pienso, y llego a la conclusión que tampoco me caería muy bien juntarme con quien represente una eterna paz en el alma. No lo sé, quizá sería lo que yo necesito, pero no me figuro, así, de mejor amiga de Wan Chang Cane (el protagonista de Kung Fu, para más señas). Mal ejemplo. Con Wan Chang sería súper. Porque él de verdad estaba en paz. Pero sería imposible, el tipo le tenía alergia al compromiso, jamás se quedaba en un lugar, siempre estaba huyendo o buscando, no permanecía y evitaba hacer lazos.
La cosa es que no le creo mucho a la gente que pretende estar en súper paz. Quizá los que conozco que andan así por la vida, no son tal. Eso exaspera mucho más que la abierta herida de mi Etxe. No soporto a los huevones que andan así, dándoselas de budistas zen, creyéndose en la última etapa de la evolución espiritual. Creo que por eso trago a duras penas a los esotéricos y cuantos más que se enjuagan la boca con frases muy (pero muy) bien hechitas, aprendidas de memoria y regurgitadas en el momento adecuado. No sé si todos son así, la mayoría de la gente no lo es. Así que disculpen ustedes. Tampoco la mayoría es como Etxe, poca gente soporta tal dolor constante para existir. La mayoría deambula a tientas en el difícil arte de vivir. A ratos más que difícil.

En fin, creo que me junto con Etxe porque sí. Excelente respuesta. Me encantan ciertos porque sí. Me junto con él porque me gusta estar con él, y punto. Me hace reír mucho con sus estupideces. Yo lo hago reír sin la menor intención. La cosa es que nos reímos montones. Por un rato, distraemos de nosotros ese enorme peso (el alacrán acechante en mi alma, sus espinas perpetuas atravesándole la mente). Basta una mirada, o una frase, y ya está. Alguien debiera hacer una película de nosotros, estoy segura. Saldría algo lindo, yo creo. Nuestros diálogos en persona son buenos (los en línea son francamente prescindibles), y no lo hacemos pretendiendo. Así no más es. Da lo mismo porqué me junto con él. Es mi amigo y punto. Además, se parece un poco a Wan Chang, a él también le incomoda enormemente el compromiso, vaya cómo. Y no responde directamente, da a entender que la evolución implica desapego, que la palabra dependencia es poco menos que una mancha. Y luego, por teléfono me cuenta de su corte en la mano derecha, y a pito de nada, dice "te he echado de menos".